Roger Waters, 25 años de rabia en un disco

No es aconsejable acumular la rabia. Es mejor ir soltándola poco a poco para desahogarse y no aguantar hasta la gota que colma el vaso, porque se puede perder el control y hasta la razón. Y si uno se contiene durante veinticinco años, como ha hecho Roger Waters (que no publica álbum desde «Amused to death», en 1992), corre el riesgo de que al dejarla salir se haya transformado en una bola de furia ininteligible.

Mucha, mucha medida y contención ha debido tener el ex Pink Floyd en su cuarto trabajo en solitario, un álbum conceptual titulado «Is this the life we really want?» que se publica el próximo 2 de junio y que, tras una sola escucha en condiciones no precisamente idóneas (en una sala atestada de periodistas en las oficinas de Sony en Madrid), resulta bastante más convincente, adictivo y equilibrado de lo que un fan escéptico esperaría ante un regreso tan cacareado, mastodóntico y potencialmente pretencioso.



Detalles de pistas

La lista oficial de canciones fue revelada el 20 de abril.

La injusticia social y el desbarajuste geopolítico, leitmotiv creativo y tema central de toda la discografía solista de Waters (de hecho abandonó Pink Floyd porque Gilmour se empeñó en vetar sus diatribas ideológicas en las letras), vuelve a ser protagonista esencial en esta obra iracunda, por momentos desafiante con el oyente, en la que música y letras se turnan en unas ocasiones y se asocian en otras para cumplir la tarea. En el disco hay pasajes de lo más pétreo, con algo de ese rock industrial que él mismo ayudó a edificar en los tiempos post-Barret menos contemplativos, como en la críptica pero durísima «Bird in Gale», donde aparece la figura de un niño ahogándose en el mar en clara alusión a la fosa común del Mediterráneo. Pero también hay deliciosos arreglos acústicos y orquestales acompañados por una voz natural, imperfecta y cercana, como en «The last refugee», un tema con cierto aroma al «Five Years» de Bowie, o en «Deja Vu», una de las que tiene mimbres de clásico, y que viene a ser como el «Imagine» -salvando las distancias- del bajista británico. Caben incluso guiños a Pink Floyd que ahora sí, a estas alturas, vienen muy a cuento (genial el detalle del sonido de reloj que une los primeros cortes), como en esa «Smell the Roses» que da en la diana en su enfoque autorreferencial y, por tanto, resulta matadora. Hubiese sido un single perfecto, si Waters pasara por el aro (que no lo hará) y tolerase un radio-edit para eliminar (o al menos acortar) el disruptivo interludio de sintetizadores y ladridos.

Waters siempre ha sido un obseso del control en el estudio de grabación, pero esta vez sabía que necesitaba delegar las tareas de producción en alguien que supiera darle a su nueva música una pátina de eso, de nueva. Y qué mejor que reírse del destino fichando al productor de la banda de la que una vez dijeron que «molaba más cuando grababa bajo el nombre de Pink Floyd». Hablamos de Nigel Godrich, la mente privilegiada que moldeó el penetrante y atmosférico sonido de casi todos los discos de Radiohead.

Y el fichaje ha sido inteligente, porque los 54 minutos de «Is this the life we really want?» son, deben ser en posteriores escuchas, un auténtico viaje. El bajo suena demoledor cuando procede, las guitarras acústicas salen cristalinas por los amplificadores, y las transiciones ambientales y los injertos radiofónicos que completan la narración musical desfilan perfectamente ensamblados en doce canciones que desprecian nuestra adicción a los iPhone («The last refugee»), que se ríen del engaño del sueño americano («Broken Bones»), señalan con el dedo a los que comercian con el ser humano y a los que le privan de sus derechos («Is this the life we really want?»), y nos recuerdan lo preocupante que es tener líderes sin cerebro («Picture That»).

Roger-Water-Is-This-The-Life-We-Really-Want
En lo que sería la cara B (de hecho lo será, pues el álbum tendrá una flamante edición especial en vinilo) hay una tonada casi dylaniana, «Wait for her», una bonita balada sobre promesas incumplidas que introduce sutilmente el tramo final del disco, un epílogo en dos partes. En la acústica «Oceans Apart», Waters parece firmar una declaración de amor: «She was always here in my heart, always the love of my life. We were strangers, oceans apart. But when i laid eyes on her, a part of me died». Y precisamante estas últimas palabras dan título a la canción de despedida, «Part of me died». Una despedida amarga, casi resignada, como la de un hastiado combatiente revolucionario que decide jubilarse: «Dead to the world, just watching the game».

Es más que probable que haya, no obstante, muchas interpretaciones posibles en los versos que Waters ha acumulado para esta obra a lo largo de veinticinco años. Un cuarto de siglo en el que se ha enfrentado al establishment musical o a gobiernos tan poderosos como el israelí -casi siempre desde el sofá de su mansión, eso sí-, en el que ha asistido a guerras injustas convertidas en puro espectáculo, a incomprensibles crisis humanitarias, en el que en definitiva se ha cargado de rabia («Si fuese Dios, creo que podría haberlo hecho mejor», canta en «Déjà Vu») y en el que finalmente ha encontrado a su némesis supremo, Donald Trump, el mal personificado, el Constructor del Muro, que como no podía ser de otra manera, protagoniza unos pocos pero perturbadores segundos en el disco. Quizá por eso Waters ha iniciado su gira mundial en tierras estadounidenses (en el vídeo de abajo puede verse uno de los conciertos, aún con poco material del nuevo trabajo en el repertorio), antes de que «Mr. America first» se escuche a sí mismo y le prohíba volver a entrar en la tierra prometida.

Nota Diario de cultura

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