Sed de aire, por Javier Carra

Sed de aire


El chabón se llama Javier, esa noche después de unos vinos, fue a lavarse los dientes y releyó lo que tenía escrito en el espejo que decía ¡podrías haberlo tenido todo, hasta que te cuestionaste qué era todo!
Entró a su habitación y manoteó un libro, el primero de los muchos que tenía, prendió la radio, tendió la cama y se acostó. Ojeó el libro, y decía que el dolor no era dolor sino la felicidad no explorada. Ya estaba cómodo, y justo un puto libro de autoayuda tenía que agarrar, lo revoleó a los pies de la cama, rezó como todas las noches. Fuck the system concha su madre y se durmió.
El tipo nació libre y así se mantuvo hasta los cuarenta y tantos, y varias resurrecciones. Se consiguió un oficio, era tatuador, y su cuerpo tenía toda la historia de su vida relatada en su piel. Con eso crió a sus hijos, y mantuvo su libertad. Y sobre todo su libre pensamiento, aunque a veces pagaba un alto precio por ello. No tenía puntos que defender porque decía: ¡lo que creemos altera lo que percibimos! Tenía más vicios que virtudes, y más de loco que de poeta.
No había nacido con mucha suerte, siempre aseguraba que ese dolor crónico que padecía era porque cuando lo parieron lo habían arrancado de los huevos desde adentro de su madre.
Ni el amor ni el desamor fueron las causas. Tal vez la edad lo había endurecido un poco, no mucho, pero sí que tenía Fe, “mierda”. Un luchador.
Se había aislado ya hace muchos años, porque no le complacía, ni iba a ser parte del mundo como se desarrollaba. Pero esa misma noche se despertó o creyó estarlo. Alguien en un lugar extraño que no conocía le decía: ¡despierte, despierte, amigo no sea boludo! ¿Pero qué onda? ¿Qué es este lugar? ¿Quién es usted? Yo soy Salos respondió y en este lugar es donde le damos a las utopías el grado necesario de esperanza, para que se realicen. Y se despertó. “Qué mierda, dijo, voy a tener que dejar de “chupar” o ese paraguayo que estoy fumando lo meó el diablo”. Pero quién era ese Salos que recordaba; se miró al espejo, leyó lo mismo de todos los días, se prendió un pucho, agarró la compu, puso Rage Against The Machine, y se puso a indagar de este Salos.
Este Salos pertenecía a los Santos locos o los Locos de Dios.
Javier venía esperando un mensaje de Dios desde pequeño, y ninguna religión le había cerrado y ahora en sueños justo se le apareció uno, y encima de un “loco” y uno de Dios. Antes de despertar recordó que le dijo ¡usted está despierto, y un corazón puro no necesita de leyes escritas! ¡Despierto está! ¿Qué quería decir? ¿Un nuevo estado de conciencia o qué carajo?
Indagando, estos Locos de Dios tenían algo de ermitaños urbanos en su época. Que vivían en las ciudades, pero chocaban con sus normas. Los Yurodivye reaccionaban violentamente contra la hipocresía de las instituciones de su tiempo. Vivían en las ciudades no en la soledad del campo, pero necesitaban de la soledad para su vida espiritual. Es así que fingían estar locos.
Nunca imaginó como sucedería o si estaba loco, o Dios se había olvidado de él o era medio boludo, pero algo en esa noche había cambiado. La idea de los Locos le cerró y se sintió sumamente identificado. Le pintó el anti héroe, ¿Pero por qué, y para qué? ¿Para que este mundo de mierda capitalista se vaya a la mierda? Fantaseó, ¡Un grupo de Locos contra el sistema, qué bueno sería!
No tenía tele y no la había visto desde hacía un tiempo. Pero algo adentro de él lo llevaba a ver qué pasaba en el mundo, y se dijo ¡si veía a más de dos motochorros o tres crímenes en vivo, la sacaba! Y buscó algún noticiero en internet porque era la forma que había elegido para meter contenidos que el mismo eligiera, en su cabeza.
Se prendió otro paraguayo, porque su cultivo aún no floraba, y oprimió play. No sin antes ojear otro libro que tenía a mano, que decía “Salmo 33.4” lo que Dios te ha prometido tus ojos lo verán. Le pegó otra seca y se tiró en el sillón.
¿Queeeeeé? Una pandemia azotaba a la humanidad. La máquina había parado, después de tantas guerras y calamidades, un enemigo invisible se llevaba a los mortales, una enfermedad respiratoria resultaba ser. Hasta los soretes de mierda estaban aislados por miedo. Hoy todo valía más que el dinero. ¿Distanciamiento social? Si eso ya sucedía con la diferencia de clases. ¡Puffff! Se paró, agarró su bicicleta, respiró 3 veces profundamente, llegó al umbral de su puerta, y no supo si era santo o héroe. Pero a pesar de las restricciones salió, sabiendo que todo sería diferente. Que todos estos Locos del mundo nuevo, despiertos de conciencia, jamás permitirían que el mundo siguiera siendo como fue. Y que una revolución transformadora pretendía un mundo mejor.
Respiró una vez más porque tenía mucha sed de aire.
¡Cuidado! Estos tipos despiertos habitan dentro de las tribus urbanas.

Por Javier Carra

* La voz del audiocuento pertenece a Carlos Mateu, la edición Taty Pereyra.

*Fotografía de Marina Cardoso.

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