Senac presenta su nuevo libro en Realicó

Esta noche en Realicó (Mundos Librería, Francia esquina Italia) el escritor pampeano Eduardo Senac presentará su nuevo libro, El viento que pasa. Diez años transcurrieron de su última aparición con Satori. Antes había publicado Instrucciones para ser un Quijote, El vals del duende, La precisión de la fiebre, entre otros.

Dicha presentación se celebrará a partir de las 21 hs. y contará con la presencia del periodista y escritor local Luis González.

Eduardo Senac

El viento que pasa fue escrito en momentos en que el autor se mudara a vivir a la localidad serrana de Los Reartes a propósito de producir este libro. Luego de tres años de correcciones finalmente los borradores fueron encuadernados y están a punto de salir a escena tras un largo silencio por parte del escritor trenelense, quien se desempeña asimismo en la esfera del periodismo cultural.

Luego de haber incursionado en relatos cortos, teatro y fragmentos, finalmente Senac llega con El viento que pasa a un género diferente: los prólogos. En este libro el autor hace una suerte de selección de los mejores libros que leyó y construye un prólogo para cada uno de ellos. Puede leerse indudablemente como un ensayo de lo que efectuara Borges con Biblioteca personal, donde el gran autor argentino reseña las lecturas que mayor impresión crearon en su vida.

Senac elige para prologar imaginariamente a Bukowski, Kinski, Melville, Stapledon, Rilke, Akutagawa, Hesse, Pessoa, Camus, Faulkner, etc. Y en esa suerte de referencia reseña aspectos particulares de sus biografías y de sus libros, siempre desde la visión propia y desde el sentido poético.

Nada mejor que una parte del libro para comprender mejor a este nuevo libro que rompe con diez años de silencio por parte de Senac. En este caso publicamos el prólogo a Pascal.

Blas Pascal: Pensamientos

Voltaire notó que los muchos monumentos, capitolios, ídolos y diferentes iconografías que se propagan por la superficie de la tierra aluden a las diversas gradaciones de la divinidad; a la Virgen María, a Jesús, a los varios santos, pero ninguno de ellos se refiere a Dios. La solución de Voltaire fue erigirle un homenaje de mármol en cuya inscripción se leía: “De Potencia a Potencia”.

Siglos antes Shih Huang Ti, rey de Tsin y primer emperador de China, construyó la muralla para detener la muerte, para detenerla menos de los mongoles de la que trae el tiempo. Quien pronunciara tal palabra era decapitado, y los libros fueron quemados para que la historia comenzara con él. A resultas de esas piras el libro del Tao estuvo cerca de perderse.

De Voltaire puede inferirse la ironía, de Shih Huang Ti, el miedo. Los une sin embargo una estatura similar, un procedimiento gigantesco en sus procederes cuando la mayoría de los hombres se conforman con un trabajo de oficina. Podrá pensarse: de nada sirven las alturas si son empleadas en la esgrima verbal y en la muerte. Puede ser.

En el caso de Pascal (19 de junio de 1623, Clermont-Ferrand – 19 de agosto de 1662, París) sus pasos también fueron largos. Él supo que existían los detalles, las calles, las personas que se pasean por ellas, los cordones de los zapatos, los bares, el opio, las medicinas científicas, las luces, las vacaciones, la moda, la fama, las canciones, los caminos, los viajes; pero creyó en todo momento que por los detalles no se puede filtrar la hendidura y su tema exclusivo fue el de Dios. Como las de Voltaire y
Shih Huang Ti, las intenciones de Blas Pascal fueron monumentales y contradictorias.

Dicen que Pascal conoció a Dios, pero también la soledad; se lee que Pascal quiso por sobre todas las cosas pensar y proyectar una doctrina en sus inolvidables fragmentos, y sin embargo fue un hombre sensible y de imprecisas ensoñaciones. Miraba la noche y se mareaba, una especie de vértigo al revés. Fue en realidad un poeta perdido entre el raciocinio y la lógica, un hombre que sintió lo indefinible y lo hizo correr sangre abajo.

Allí precisamente radica su interés. Poco importan los filósofos ordenados que piensan metódicamente para los demás y que al cabo de sus vidas no dejan más que dogmas y sistemas. Se elevan sobre ellos los espíritus errantes y taciturnos que nos hacen pensar naturalmente. Sus libros proyectan sobre nosotros visiones incompletas y fuertes de sus viajes por las estrellas; y hablan, quisieran acallar a los incrédulos. Sin embargo no ignoran que todas las incertidumbres son lícitas y fundamentales, y que es imposible saber cómo funciona un mundo creado por Dios tanto como otro sin padre ni destino.

Cuando se piensa que somos un ruido entre dos grandes silencios, se piensa en algún modo en Pascal, con aquello de que la suma del mal disminuiría considerablemente si los hombres se quedaran sentados en sus habitaciones.

Sin embargo, las palabras tácitas de este libro nos empujan al sol, por más que seamos un pobre espectáculo navegando entre la bruma evanescente.

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