¿Será cierto?, un relato de Raúl Álvarez

El Taller de literatura que se desarrolla en Corpico todos los miércoles entrega una nueva página de literatura pampeana, en este caso con el relato social “¿Será cierto?”, del piquense Raúl Álvarez.

¿Será cierto?

Golpearon la puerta. Probablemente antes había sonado el timbre y no fue escuchado. No sin fastidio me acerqué hasta la cancela de la calle, con la prevención de observar por el mirador antes de acceder a la petición de quien estuviera del otro lado.

En el televisor, con la ridiculez del “zapping” de por medio, había quedado medianamente interesado en dos programas. Allí estaban varios sesudos opinantes, brindando un magistral entrega de respecto: a) de lo bien que se avizora el futuro atacando puntualmente las nuevas ofertas económicas, siempre y cuando… y, b) enancados en algunas de aquellas propuestas –entre ironías- se denunciaban los aspavientos para creer el implante de metodología “limpias” con mucho de cinismo.

Mientras, el silente papel de consumidor sin derechos me tenía capturado, me daba la oportunidad de aceptarme víctima de la tecnología, televidente “clip” por la fugacidad de imágenes y a la vez burgués indolente. O mejor no: al menos mascullante, a fuerza de escuchar tanta frase hecha.

Una de las cosas más destacadas, atando cabos entre emisiones, era que “… partimos de una situación de desigualdad manifiesta, porque las raíces de tal desequilibrio, hay que hallarlas en el proceso de desinversión ocurrida a partir de…, que conllevó al diseño de políticas que luego…, por lo tanto y como corolario natural el resultado…, pero revertible, a poco que…”

Debo reconocer que el escepticismo puede ser tan alto respecto de esas diatribas inconsistentes que todas las elucubraciones que escuchaba me movieron a risa. La locura del diario vivir tiene esas cosas pensé. No era para menos, porque para ser la cosa más retórica y fundada, nada mejor que apoyarla en cuadros y gráficos bien prolijos y elocuentes. Mimetizamos a los congéneres en la severidad de los datos compilados, les quitamos nombre y apellido, los padres y los hijos, y así la argamasa es más fácil de trabajar, o por lo menos no ofrece resistencia, con la gran ventaja que “…esos valores proyectados, inexorablemente conducen a un equilibrio, siempre y cuando…”.

Por un momento dejé volar la imaginación y me permití aceptar que de no mediar tal o cual cosa, la realidad sería edificante. Esto, en términos simples y llanos, y arrancando desde abajo: comida, remedio y escuela para todos, pasando luego por alternativas laborales, que finalmente desemboquen en una vejez digna. Lo que se dice un ciclo como para ser vivido, una generación superadora. A lo mejor tan lejos no está de alcanzarse la meta, porque todo depende que “… nosotros, porque en realidad los medios y las riquezas están…’’

En la dispersión del control remoto algo se decía respecto de la alegría de vivir de un cantante con una fortuna que mejor era medirla en potencial, aunque ya nada disfrutable por violenta y temprana muerte. En otro rincón algunos tiros que se cobraron un inocente que quedó en el medio de las dos fuerzas (los buenos y los malos) y poco más. De modo tal que la preocupación por aquellos números que apuntan a un mundo mejor aparecían como creíbles. Debían ser creíbles.

Al fin de cuentas los expulsados del sistema no han de ser tantos, la recuperación entonces no tan dificultosa. Si hasta ayer nomás la trinchera de los que zafábamos era bastante nutrida, no habrá cambiado en pocos años. ¡Eso sí que es para lamentarse!, aquí dentro de todo, todavía tiramos…

Encendí la luz que da a la calle a los efectos de saber quien requería algo a esa hora, cercana a media noche. Desde mi altura y por la limitación del visor, no llegué a distinguir, por lo que a pesar de los resguardos sugeridos, abrí la puerta para mejorar el ángulo. El frío fue un azote que de un soplido recordó la inclemencia de un invierno como hacía mucho no se daba. Allí desde la cortedad de no más de seis años, una pequeña de carita curtida apenas cubierta por pelos sucios y desordenados, en un lenguaje dificultoso, con el blanquecino de los mocos como decorado, por enésima vez en el día y con la derrota en la pregunta insinuó el resentido, hiriente, vergonzante: “…no tien’ algo pa’ comé…”

Por Raúl Álvarez

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