Simbad y la otra aventura

Las mil y una noches

Simbad y la otra aventura

Leo Simbad el Marino en el colectivo y a mi recuerdo vuelve la isla de los diamantes y la aventura del ave-rock. Y es como si yo mismo las hubiera vivido y las hubiera olvidado para recuperarlas mientras pasan los campos por la ventanilla.

Y acaso al propio Simbad le pasó lo mismo, me digo. Porque cuando contó sus siete viajes al otro Simbad, un mendigo que se llamaba como él, su propia experiencia pasó a ser relato impersonal.

Tal vez fue Simbad el Mendigo (me digo otra vez) quien luego siguió contando la historia del Marino por las calles de Bagdad. Y muchos debieron pensar que el Mendigo inventó al Marino como un “alter ego”, para no hacerse cargo de un posible fracaso literario. Y así, la historia llegó a oídos (reales o imaginarios) de Sherezade y de ahí a la versión francesa de Galland en el siglo dieciocho para alcanzar a esta antología de “Salvat” de tapas naranjas publicada en España en 1970 que hoy, gracias a Dios (¡ensalzado sea!) leo en el colectivo.

Pero este “déjà-vu” mío nada tiene que ver con lo “ya vivido” sino con lo “ya leído”. Y hunde sus raíces en mi niñez, cuando mi tío Basilio me regaló para alguna navidad de la memoria una versión infantil de “Las mil y una noches”. Aquellos dibujos de Simbad deben haberme “contado” en colores lo que no tenía ganas de leer en letras. Lamentablemente no conservo aquel regalo precioso. Seguramente naufragó en un cajón de mi madre mientras la casa se caía, literalmente, desde el techo a los cimientos. Pero aquellas ilustraciones con cielos turquesa (me acuerdo) ponían un fabuloso telón cromático y auditivo a las lentas siestas del pueblo.

Sin embargo hoy leyendo las aventuras de Simbad en el colectivo recuperé algo de aquel turquesa, el áura de aquellas siestas, las risas de aquellas navidades olvidadas. Y sobre todo “entendí” que “Las mil y una noches” más que un conjunto de cuentos son una frecuencia que hacen vibrar de inexplicable “reconocimiento”. Ya sea porque vimos sus ilustraciones de chicos o escuchamos sus cuentos de grandes. Ya sea porque casi todas las historias de Oriente y Occidente son un comentario a Sherezade. Por eso es que leer Simbad es “sintonizar con el alma” los cuentos “que ya conoce el alma”. Casi una confirmación del “conocer es recordar” de Platón. Lo que quizás sea la mayor aventura que le es dado experimentar al hombre; esa “otra aventura” de la que hablaba Bioy Casares.

Pero lo más curioso que descubrí en el libro es un poema que nada tiene que ver con un “déjà-vu” sino que es tan nuevo como una lengua escuchada por primera vez. Y es el que recita Simbad antes de lanzarse con su balsa al océano para no morir de hambre en la isla.

“Parte del lugar en que sufres, abandona la casa/ y lamenta la muerte de quien la ha construido/ Encontrarás una tierra que sustituya a ésta,/ pero no hallarás un alma que reemplace a la tuya./ No temas los acontecimientos que traigan las noches,/ pues todas las desgracias se dirigen a su fin./ Quien está destinado a morir en un lugar,/ no morirá en otro./ No envíes a tu mensajero si se trata de un caso difícil:/ el alma no tiene más mensajero que ella misma”.

Me pregunto cómo nadie me enseñó esta plegaria para recitarla ante la adversidad. Porque un día de mi adolescencia yo hice algo parecido a esa balsa y partí de mi casa para siempre. Y aunque he vuelto al pueblo y a esta casa derruida, aún tengo la balsa amarrada al muelle y en la punta de la lengua algo parecido a esa plegaria. Por eso pienso que si “Las mil y una noches” son un “déjà-vu” este poema es una promesa. Lo confirmé anoche cuando, entre viejas cajas rescatadas de aquel naufragio, encontré una figurita de Simbad. Y entendí que aquel chico que fui en esas siestas del pueblo se la mandó a este hombre. Tal vez para decirle que seguimos siendo el mismo, que no hay asunto más difícil que la infancia y que el alma no tiene más mensajero que ella misma. Y todo gracias a ese poema. A esa plegaria que gracias a Dios (¡ensalzado sea!) conocí ayer y que nunca olvidaré; como no se olvidan los naufragios ni la otra aventura.

Por Iván Wielikosielek

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