Stella “Baby” Cárcano, la última “lady” de la pampa gringa

Fallecida la semana pasada a los 102 años, la nieta del ex gobernador tuvo la vida de una princesa de cuentos. Criada entre los salones de Europa y la Estancia Ana María, tras un “romance” con Kennedy se casó con el vizcondede Dudley, con quien tendría sus tres hijos. El 17 de marzo de 2016 había asistido por última vez a la misa del pueblo.

Cárcano, 17 de marzo de 2016

De pronto, el largo camino de tierra se llenó de autos, como una procesión en medio de la nada. Y una veintena de lustrosos coches bajó de la ruta 9 hasta el pueblo pasando por la estación abandonada y el salón derruido de la “Liga Contra el Aburrimiento”. Como un cortejo aristocrático entre una civilización en ruinas. Pero una vez ante la iglesia, la procesión quedó chiquita. Como una fila de hormigas frente al templo que los recibió con la majestad de una dinastía. Esa misma que lo mandó a construir, imponente, allá por 1917. Y al final, cuando los recién llegados se saludaban entre sí en la inmensa calle de pinos, descendió de una camioneta la dama absoluta de esos dominios: Stella “Baby” Cárcano, la nieta del ex gobernador, con sus flamantes 101 años. Estaba con su acompañante terapéutico de gorro beige y un simple vestido floreado. “¡Pero mamá, que bella que te nos has puesto”, exclamó su hija Rosemart Millicent Ward, inglesa de nacimiento y española por adopción, apenas la vio bajar. Y tomándola del brazo fueron saludando a los presentes uno por uno. Al llegar mi turno les dije que me gustaría entrevistarlas. Pero “Baby”, que no escuchaba bien, me habló de Italia y de sus viajes con frases breves. Y Rose, con mucha amabilidad, me preguntó de qué quisiera hablar. Le dije que de la historia de la capilla pero también de la última aristócrata de la llanura.

“Quizás después de misa” me dice. Y en espera de esa promesa, repaso mis apuntes.

Cárcano, 1945. Últimos días de “su excelencia”

Hay una foto hallada recientemente (gentileza de Nelson Gheller) y cuyo escenario es una vieja llanura perdida. Allí, un anciano de frac blanco y sombrero posa junto a dos equipos de fútbol. La imagen en color sepia pareciera remontarse a épocas en que el deporte era amateur o pertenecía a países donde el fútbol nunca fue una pasión. Si no se supiera a ciencia cierta que la foto fue tomada el 25 de mayo de 1945 en Cárcano y que “su excelencia” no es otro que el ex gobernador, quizás nuestra imaginación nos jugaría una mala pasada y situaría la escena en la verde Irlanda o en las nubladas praderas de Francia. Pero para desgracia de los soñadores, es uno de los tantos partidos que se organizaron durante los días patrios en la Estancia Ana María. Y allí, la legendaria “Liga Contra el Aburrimiento” se enfrentaba a un equipo invitado. La foto tiene un valor agregado: sería el último match auspiciado por Cárcano, quien moriría menos de un año después.

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Blues de una estancia que fue pueblo

A mitad de camino entre Villa María y Ballesteros, el viajero podrá divisar desde Ruta 9 la techumbre rojiza de la estación, el remate en punta de la iglesia color nutria y un tupido bosque de eucaliptos. Si el viajero tiene suerte y da con el ángulo exacto podrá descubrir, además, entre el follaje, algún trozo de blanca arquitectura de la Estancia Ana María.En aquellos dominios, retirado provisoriamente de la política entre 1891 y 1907, Ramón J. Cárcano dejó gran parte de su vitalidad, introduciendo verdaderas innovaciones en la agricultura y ganadería argentina. Vacunó la hacienda contra carbunclo con drogas especialmente preparadas en el Instituto Pasteur de París, importó un arado a vapor y trajo la primera remesa de vacas Polled Durham directamente desde Europa. A esto lo consigna en su libro autobiográfico “Mis primeros 80 años”.

En 1894, además, creará junto a su esposa una escuela rural. Y será ella, la propia Ana Zumarán de Cárcano, quien decida impartir clases a los hijos de los empleados rurales. La escuela se oficializa en 1911 como establecimiento provincial, llegando a tener hasta ochenta alumnos.

Hoy, con apenas una veintena de chicos, la “escuelita de Cárcano” como le dicen los lugareños, todavía se levanta como un bastión contra el éxodo. Un polo de resistencia contra el olvido de lo que aquel hombre y aquella mujer supieron legar. Y amén de la estación abandonada, la escuela y la iglesia, y amén de la nostalgia de aquella estancia convertida en pueblo que luego se volvió una calle en ruinas, quizás no haya mucho más para ver en Ramón J. Cárcano.

Londres, 1945. Una mujer llamada Stella

Pero dejemos al ex gobernador dar el puntapié inicial de su último partido de fútbol y pasemos a su nieta, que es el centro de esta crónica. Con 30 años en épocas de aquel match, Stella es la bella hija del doctor Miguel Ángel Cárcano, hijo mayor de Ramón. Radicada en Europa desde hace un tiempo, esta “belleza del Sudeste” lleva una vida de viajes y placeres, frecuentando la nobleza dorada de Londres, París y Roma. ¿Qué busca “Baby” en esos lugares? Lo que toda mujer: enamorarse perdidamente. Se adivina que a la joven hija del embajador argentino en París, candidatos no le faltan. Pero cuando una mujer no tiene ninguna fricción con el mundo, la elección del hombre ideal es un fabuloso casting librado a la fantasía. Y todos sabemos lo infinita que puede ser, sin ataduras a este mundo, la fantasía romántica de una mujer.

Por esos días de 1945,“Baby” había encontrado en Londres a su “alma gemela”. El caballero en cuestión era un aristócrata inglés, el vizconde de Dudley, William Humble David Ward; con quien se casaría en 1946 y con quien engendraría sus tres hijos: William David, Rosemary y Anne Marie.

Pero para llegar a este punto en la vida sentimental de Stella, nos vemos obligados a hablar de una historia de amor previa y secreta. En breves momentos será rememorada por su actriz principal. En cuanto al actor; se trata de un ambicioso joven estadounidense que por ese entonces no es más que el hijo de un diplomático: un tal John Fitzgerald Kennedy, a quien sus amigos llamaban “Jack”.

“Soy Jack Kennedy y quiero salir a comer contigo”

Remontémonos, entonces, seis años en el tiempo. Como si la pelota que pateara el ex gobernador fuese dirigida hacia atrás en el tiempo, al ras del desolado césped de la memoria. Corría el 2 de marzo de 1939 y la ciudad del Vaticano se preparaba para coronar al nuevo Papa, Pío XII. Pocos días antes, una llamada telefónica atravesaba el Océano Atlántico. Desde la Casa Rosada de Buenos Aires designaban al Doctor Miguel Ángel Cárcano embajador argentino en París. Y éste, en calidad de representante de su país, debía asistir a la coronación del Sumo Pontífice.

Dos veces diputado nacional y ministro de Agustín P. Justo en 1935, el prestigioso funcionario pidió a su esposa Stella Morra y a sus hijos Stella, Michael y Ana Inés que lo acompañaran a la ceremonia.

“Había personalidades de todo el mundo –contaría la mismísima Stella 66 años después a la revista de Clarín-, al lado nuestro estaban los Kennedy, la familia entera, porque eran muy católicos”. Por ese entonces Joseph Kennedy, padre de John Fitzgerald, era el embajador estadounidense en Londres. Y al igual que su colega argentino, representaba a su país en la celebración. Pues bien, aquí llega el momento de citar un párrafo más de aquella nota escrita por Georgina Elustondo. “Como tantos otros encuentros casuales, el de los Cárcano y los Kennedy podría haberse agotado en las rígidas formalidades de la diplomacia, pero John cayó rendido ante los encantos de Baby y no paró hasta volver a verla. Una y mil veces. En Roma, en París, en Nueva York y en Argentina (mayo de 1941). Cuando nadie podía siquiera imaginar el lugar destacado que le reservaría la historia”.

Baby parece negarse elegantemente a las galanterías del futuro presidente, pero éste no se da por vencido. No hay que olvidar que este perdedor romántico en el fondo será siempre un americano, es decir, un optimista aún en la derrota. Esta es, en boca de Baby, la crónica de aquel encuentro.

“Aquella noche, luego de la coronación, hubo una gran fiesta en el palacio Colonna donde cada embajada tenía un salón para recibir gente… Al rato nomás apareció (John) Kennedy, con el pelo que parecía un cepillo, y se paró frente a mí. Tenía un jopo rubio gigante y se reía todo el tiempo. A mí me dio vergüenza… A los dos minutos me dijo ´Soy Jack Kennedy y quiero salir a comer contigo´. Yo me desmayé, por supuesto. Le dije que el Príncipe Asprenno Colonna me había invitado a una boite” (Jonh Fitzgerald, ni lerdo ni perezoso, agendó el nombre del antro). “Estaba bailando con Asprenno –continúa Baby- y el descarado (JFK) vino muy sonriente y le tocó el hombro: ´Can I dance with Baby?´ (¿Puedo bailar con Baby?) le dijo. ¡La cara de Asprenno! ¡En Europa eso no se usaba! Yo tenía terror de quedar mal con los italianos, entonces le dije que no era apropiado…”

Pero a pesar de ese desatino, la historia continuó.

Stella Baby Cárcano

Historia de una pasión americana

“Venía mucho a la Embajada en París y siempre insistía en salir conmigo. Se le había metido algo en la cabeza… No le gustaba que le dijeran que no. Mi hermano Michael me decía: ´yo lo veo a Jack entusiasmadísimo contigo y tú no le llevas el apunte´, y yo le contestaba ´si éste ni siquiera sabe jugar al polo, no sabe ni montar a caballo´… Es que mi máximo en aquella época era un polista, porque eran guapísimos. Yo estaba en la pavada. Después de su visita a la Argentina lo conocí mejor y me cayó bárbaro”, declaraba Stella.

El 26 de mayo de 1941 y tras haber terminado con honores su carrera de abogacía en Harvard, John Fitzgerald Kennedy llega al Aeropuerto de Ezeiza. Sus amigos los Cárcano, lo esperaban con ansiedad. Stella rememorará las dos semanas de estadía de JFK en Argentina, el viaje a la Estancia de San Miguel en Ascochinga, muy cerca de la ciudad de Córdoba, la desesperación del gringo por comer un asado apenas bajado del avión, el primer y último mate que tomó con asco y sacrificio, su cumpleaños el día 29 de mayo y los largos paseos a caballo donde JFK, alérgico al contacto de los equinos, calzaba “ridículas bombachas blancas”. Una verdadera colección de frivolidades.

Pero luego, a modo de epílogo, la “femme fatal” de aquellos tiempos, revela:

“Nunca hubiera aceptado casarme con él… Era muy guapo, viajaba mucho… Lo de Kennedy para mí se había acabado. Seguimos como amigos, nos visitábamos, pero nada más”.

Lo cierto es que en 1945, Miguel Ángel Cárcano es designado embajador argentino en Londres. Y antes de la recepción, los Cárcano pasan por Nueva York camino a Inglaterra y se encuentran con los Kennedy por última vez. “Cuando llegues, llama a mis amigos Dudley y Astor”, le había dicho Jack a Baby.

“Y mirá lo que es el destino: yo me casé con Dudley y mi hermana con Astor…”.

Pero hay algo que Stella calla o que quizás nunca podrá decir de su relación con JFK. Lo que quizás digan algún día las cartas del ahora ex presidente que ella guarda con romántico recelo.

Cárcano 2016. Fin de fiesta.

El interior de la iglesia se parece a un templo de Las Cruzadas. Arcadas inalcanzables se entrecruzan en las alturas donde pende una araña de fierro con velas clor cera. La misa se pasa rápido y las 70 almas agolpadas toman la comunión. La primera hostia es para “Baby” y la segunda para Rose, ambas en el banco principal. Cuando todos se dispersan en la calle de pinos tras el final de la ceremonia, una voz española me corre por detrás y me dice: “¡Atiende un momento tú, periodista!…” Es Rose, la hija de “Baby”.

“Es que me estuve acordando durante la misa… -dice algo agitada-. Y es que a pesar de los orígenes italianos del bisabuelo esta iglesia tiene, sobre todas las cosas, elementos franceses. Es una Notre Dame en miniatura… También quería contarte que mi bisabuelo la levantó en memoria de su esposa, Ana Zumarán; y que no es una mera pieza arquitectónica. Acá también fue a parar todo su amor por ella y toda su fe en Dios, porque él era muy religioso. Y por eso hizo este templo, que es como un Taj Majal en medio de esta llanura… En fin, periodista, sólo quería decirte eso… Y también que esta estancia nos ha dado de comer durante muchos años a los de mi familia, desde 1860 que la compró Ramón hasta ahora. Y que a su vez ha dado trabajo a mucha gente. Mi madre ha estado como clavo aquí desde hace doce años para cada 17 de marzo y eso es lo que queremos seguir haciendo. Mantenerla y estar presente. No sólo como una fuente de trabajo sino también como una obra de amor. No estás grabando nada de lo que te digo ¿no es así, periodista?”.

Le juro que no. Pero siempre tuve buena memoria para los diálogos y lo transcribo.

Fue la última vez que “Baby” fue vista en público en sus dominios, para el cumpleaños de la Capilla a la que aventajaba por dos años. Y pienso, a raíz de esta imagen, que en cierto modo la vida de Stella también fue un templo. Una iglesia exótica nacida en esta pampa desnuda pero con diseño europeo. Un Taj Majal de materia orgánica cuyo principal mandamiento fue el de todas las mujeres románticas: ser la actriz principal de una historia de amor digna de un cuento. O acaso de una película de Holywood, que son los cuentos modernos, plagada de príncipes, atardeceres y futuros presidentes. Acaso ese haya sido su legado más grande y su leyenda haya empezado exactamente la semana pasada. Señorial como un castillo. Gigante como la torre-aguja de su iglesia.

Reloj aguja

Por Iván Wielikosielek

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