Sumeria atrás de la vía

Por Iván Wielikosielek

Con su pared descascarada de amarillo sobre rosa; con sus ladrillos pegados con un barro que se ha ido cayendo como revoque de siglos; con su puerta de madera agrietada y su pequeño ventanuco de campo, la casa de Junco es sin dudas la más antigua del bulevar Rosario. El bulevar Rosario es la única “avenida” atrás de la vía del pueblo. O sea, la calle más importante del barrio más pobre. Porque el paso del tren divide a Ballesteros en dos, el progresista y moderno al norte; el rural y atrasado al sur.

A pesar de pertenecer yo a una familia del “norte”, pasé buena parte de mi infancia en el bulevar. Ahí vivía mi abuela y ahí lo veía a mi padre las pocas veces que venía al pueblo. Por esas épocas (estoy hablando de principio de los ochenta) la casa de Junco estaba exactamente igual a ahora. Y no había nada en su construcción que me llamara la atención especialmente. Cuando se es niño, lo antiguo no tiene ningún valor alguno; porque todo parece tan reciente como si se acabara de crear. Pero una tarde de esos tiempos, una siesta de llovizna cuando terminábamos el café en lo mi nona, mi padre me dice: “Me voy a lo de Junco ¿Querés venir?” Le dije que sí, más que nada para seguir charlando con él. Por cierto que a Junco lo conocía del club. Estaba todo el día viendo partidos de bochas con un vaso de vino blanco. Un muchacho solitario que sonreía con unos dientes manchados del mismo color que su pelo y su pulóver. Otras veces me saludaba de lejos levantándome la mano mientras con la otra llevaba una bolsa res; su magra compra de soltero. Aquella siesta, mi padre llenó su bolso de las bochas con una docena de revistas: “Nippur”, “El Tony” y “D´Artagnan”. Era lo que leía en el ferrocarril durante las guardias, según me dijo. Así que salimos al embarrado bulevar Rosario y por suerte había parado de llover. Mi padre golpeó la puerta y Junco abrió enseguida. Estaba con campera, gorra y bufanda; como si adentro hiciera tanto frío como afuera. “Pasá, Ruso” le dijo a mi padre. “Esperáme acá, hijo” me dijo él a mí. Y yo me quedé en la puerta mirando cómo cambiaban revistas.

No recuerdo el interior de la casa, sólo que tenía un piso de porlan (o de ladrillo) y una cama de una plaza. Cuando nos fuimos, mi padre me dijo: “Junquito es el único que lee revistas atrás de la vía, es el único que conoce la historia de Nippur de Lagash”. Le pregunté quién era ese Nippur del cual oía por primera vez en mi vida. “Un guerrero sumerio de tiempos muy antiguos” me contestó. Yo había visto una película de romanos el otro sábado, y le pregunté si Nippur era de ese tiempo. “De mucho antes, hijo”. Alguna vez la maestra había dicho “Sumeria” pero no significaba nada y no le presté atención. Sumeria empezó a tener sentido para mí a partir de Junco. Desde ese entonces, cada nuevo dato que recogía de “la primera civilización del mundo” lo relacionaba con aquella casa amarilla que alguna vez fue rosa y que nunca más me fue indiferente. Y cada vez que pasaba al frente me lo imaginaba a Junco leyendo, investigando, escribiendo en un cuaderno sus apuntes sobre los “pakesi”. Ahora entendía su soledad. Junco no se había casado para poder leer tranquilo, para poder sumergirse en el mundo de la imaginación y del pasado. Por otra parte yo jamás había conocido a ninguna mujer que le interesaran las revistas de historietas ni las planicies de Mesopotamia ni el Tigris y el Éufrates entre los cuales (me enteré después) Dios había plantado el Edén. A ninguna mujer, por cierto, le importaba el Edén tampoco; y a eso me lo había confirmado mi padre: “Es por culpa de ellas que los hombres no vivimos en el Paraíso”.

Cuando por esos tiempos lo veía a Junco en el club un poco “tomado”, yo lo admiraba aún más. “La gente no lo comprende” me decía. No. Nadie entendía que aquel muchacho era un poeta; y que cuando sonreía era porque se extasiaba ante un paisaje interior de Ur, ante una panorámica de Uruk o un caserío de arcilla de Kish. Él había leído la saga de Gilgamesh el inmortal. Y aquel héroe había atravesado las edades desde Lagash a Nínive, Babilonia, Roma y por qué no América hasta Ballesteros. Llegué a pensar que alguna tarde en su despeinado patio, a Junco se le apareció Gilgamesh en persona. Y que el amigo de Nippur lo visitaba entre los algarrobos salvajes contándole los secretos de su cultura. Incluso me imaginé que abajo de su cama de soltero, Junco tenía un sótano que lo comunicaba directamente con Lagash. Y cuando hacía días que nadie lo veía por el pueblo, él estaba ahí. Nadie sabía que se iba de a Sumeria a visitar sus amigos.

Hace poco, una noche lluviosa y de viento sur tan intempestiva como aquella siesta, vi una silueta saliendo del boliche de “Victorio”. Caminaba como en “bajada” a pesar de estar en plena llanura; enfundada en una campera gris con gorra y bufanda. Pasó a mi lado sin registrarme siquiera. Me costó reconocerlo por una melena rubia y blanquecina y porque estaba mucho más flaco pero era él, Junco que volvía a su casa. “A veces toma una semana seguida y después desaparece un mes”, me había dicho el dueño del boliche cuando lo crucé al otro día.

Esa misma tarde fui al cementerio. No había salido el sol pero al menos había parado la lluvia. Tomé por bulevar Rosario, tan embarrado como en los días de mi infancia. La casa de mi abuela era una verdadera ruina y más que Nínive se parecía a Mosul bombardeada por el Isis. Pero un poco más allá vi la última casa antigua del bulevar, la única “construcción sumeria” y una de las más hermosas del pueblo. El mismo amarillo-huevo de antaño, la misma puerta de madera cuarteada, los mismos ladrillos viejos sin el barro del Tigris. Pasé por el frente y cuando me volví hacia el patio lo vi; Junco estaba sentado de espaldas a la calle mirando el fondo de los algarrobos. Como esperando por Gilgamesh o por un amigo del reino de la imaginación o del pasado.

Compartir

Autor