Sobre el tamaño de este mundo (Pequeño ensayo sobre Kafka, Drácula, San Martín y Jesús de Nazareth)

Sobre el tamaño de este mundo
(Pequeño ensayo sobre Kafka, Drácula, San Martín y Jesús de Nazareth)

Hace poco volví a escuchar la anécdota que ya conocía de la primaria. San Martín, abriendo la ventana, le dijo a la mosca: “El mundo es tan grande… ¿Para qué vamos a estar molestándonos en la misma pieza?”. El gesto del general, más cercano al budismo que a la milicia, me recordó a otro conductor de ejércitos; a Vlad Tepes, el empalador rumano que pasaría a la historia como el conde Drácula. Dicen los biógrafos que, durante su prisión, el futuro “voivoda de Valaquia” se “entretenía” cazando pajaritos a los que torturaba hasta la agonía. Estas dos historias contrapuestas, como el anverso y el reverso de una moneda irreconciliable, me hicieron preguntar acerca del tamaño del mundo.

¿Cuál es, verdaderamente, la dimensión del espacio material y cuál la de nuestro “cielo espiritual”? ¿Puede ser el mundo un lugar infinito para ese pajarito rumano? ¿Puede ser una habitación cerrada de terror y claustrofobia para aquella mosca sudamericana? En una palabra y pasando a los seres humanos ¿el mundo es igual de grande para un navegante que para un oficinista; para un hombre que viaja en autostop que para otro que trabaja en un kiosko desde hace veinte años? Es evidente que no. Y también es evidente que, si el oficinista y el empleado del kiosko soportan su encierro, es porque pueden imaginar el mundo de acuerdo a la percepción del navegante. Y esa facultad de “imaginar” por encima del “padecer” la suele proporcionar, como nadie y como nada, la literatura.

Sin embargo, las letras han parido también verdaderas pesadillas claustrofóbicas causando el efecto inverso. Es decir, haciendo que un “hombre libre” se sintiera repentinamente aterrado y oprimido. Basta con leer un cuento de Lovecraft para temer al “ominoso universo” y sabernos habitantes de “un islote de ignorancia” con “horror cósmico” a las estrellas. O con leer a Kafka y sus inquietantes paradojas que vienen a decirnos algo muy parecido a Loveccraft: que el mundo es un sitio gobernado por fuerzas oscuras donde el hombre es una cucaracha que nunca llega a destino. Y, sobre todo, que los lúgubres mecanismos celestes ya decretaron nuestra sentencia de muerte mucho antes, incluso, que pusiéramos un pie en el camino.

Para Kafka es tan condenado e infeliz el oficinista como el viajero. Y, volviendo al reino animal, hay una fábula suya, “Una pequeña fábula”, que también es un pequeño ensayo sobre el tamaño del mundo:

“¡Ay! -dijo el ratón-. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que le tenía miedo. Corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, a la distancia. Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último cuarto y ahí en el rincón está la trampa sobre la cual debo pasar.

-Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo -dijo el gato… Y se lo comió”.

Esta breve pesadilla es una cosmovisión; una fascinante y oscura concepción del libre albedrío y el destino de los seres que habitan el mundo. Si la “pequeña fábula” de Kafka tuviera una segunda parte, sería sin dudas la muerte del gato; tan víctima como el ratón de las oscuras potencias; tan ignorante del espantoso límite de su propia libertad.

He pensado, finalmente, en cuántos hombres y mujeres que fueron diseñados para ser felices y “hacerse uno con Dios” (para “habitar poéticamente la Tierra” como diría Höelderlin) envejecen en cuartos estrechos o en cárceles; pasando sus vidas en oficinas o cuchitriles de tortura; en calabozos o en pensiones miserables, entre paredes cuya escenografía se parece demasiado a la del pajarito de Valaquia. ¿Vendrá algún día algún redentor San Martín a abrirles la ventana? ¿O es que hay seres que nacieron para habitar en torres oscuras a pesar de su propia voluntad? ¿De qué modo se escapan esos seres de la estrechez mientras padecen? ¿Con novelas de aventuras? ¿Con música y canciones? ¿Con planes de evasión tan irrealizables como sus propias esperanzas? ¿O acaso con la promesa de un reino de los cielos?

Cuando pienso en el ratón de Kafka y en la mosca de San Martín, me digo que no hay otra proporción de certeza que un cincuenta y cincuenta. Una mitad para creer en el evangelio de Jesús y otra mitad para creer en el “disangelio” de Kafka. Y un cien por ciento para entender que no hay respuesta unívoca a la hora de entender la realidad primera y última del universo. Por otra parte y para finalizar este pequeño ensayo, en sus terribles “cuadernos en octava” Kafka escribió: “El Mesías sólo llegará cuando ya no haga falta. Sólo llegará un día después de su propia llegada. No llegará el último día, sino el ultimísimo”.

¿Cuál es, entonces, el tamaño del mundo para aquellos que no creen en el Mesías? ¿Y cuál el tamaño del cielo para aquellos que creen y aún esperan su segunda venida? No tengo la menor idea de la respuesta de esta ni de ninguna pregunta de este pequeño texto. Y esta constatación, lamentablemente y amén de mi propia fe, está mucho más cerca de Kafka y Lovecraft que de esa fabulosa luz que alguna vez alumbró en este mundo.

Por Iván Wielikosielek
Iván Wielikosielek

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