Teresa Andruetto: “Escribo cuentos para saber cómo terminan esas historias”

Por Iván Wielikosielek

Invitada por la UNVM, María Teresa Andruetto habló sobre su último libro “No a mucha gente le gusta esta tranquilidad”, ocho cuentos sobre mujeres de pueblo, padres e hijos y el amor tras el exilio.

Acaso Gina, esa cincuentona italiana radicada en un pueblo de la provincia, sería feliz si su compañero de exilio hubiera reparado alguna vez en ella. Pero no fue así. El hombre se casó con una argentina y entonces, con cualquier excusa, Gina los visita casi a diario como “amiga de la casa”. Al hombre le habla con admiración, con un cariño indisimulable. A la mujer, en cambio, la trata con cierta condescendencia. “Esta chica te va a traer problemas” le dice al hablarle de la hija. La tragedia no se desata nunca o tal vez se desató siempre. Porque esa italiana, ex enfermera y alcohólica perdida, se la pasa tomando Gancia en casa de su amigo y subiendo y bajando de su motoneta en las calles de tierra de un pueblo oscuro. Una tarde, en casa de su compatriota, alguien golpea la puerta. Y ella se adelanta a la esposa y atiende como si fuera la verdadera dueña de casa. En esa escena está la tragedia, el corazón mismo del cuento. Y también en los vasos “azules irrompibles” que la mujer se pasa de mano en mano como las jeringas que pone a hervir; metáfora de su vida que se consume sin poder esterilizarse de un viejo resentimiento. “Gina” (tal es el nombre del cuento) es la historia que abre “No a mucha gente le gusta esta tranquilidad”, el tercer libro de cuentos de María Teresa Andruetto. Y lo cierra “La noche interminable de Villa Crespo”, donde una joven estudiante (Ada) se enamora de un muchacho al que secuestran los militares y se exilia. Treinta años después, el muchacho vuelve al país para un congreso y acaso no termina de asumir que en realidad vuelve para “empezar de cero” con aquella chica. Y en esa “noche interminable” vuelven a ser los que eran, pero a la mañana siguiente no dejan de ser los que ahora son. “¿Qué vas a hacer?” le pregunta el muchacho. Y ella: “Volver a casa. Le pedí a Roberto que se quedara con la nena. Necesitaba cerrar esto”. El “sentido común” puede ser trágico también y Andruetto lo sabe más que nadie.
El péndulo que va de un cuento a otro es una excelente metáfora de la amplitud emocional y temática de una escritora que trascendió toda frontera cultural. Porque cada nuevo libro de María Teresa Andruetto derriba la pared de lo “regional” para inscribirse en el muro de los grandes temas humanos: ¿Quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos? Al margen de los temas que nos configuran como argentinos, este libro está hecho de esas grandes preguntas. Las mismas que se hicieron los hombres y mujeres de todos los tiempos, idiomas y países.

-Hasta hace un mes, “Cacería” era tu última colección de cuentos ¿Cuál es la continuidad y cuál la novedad tras este nuevo libro?
– A “Cacería” lo escribí alrededor de los cuarenta años, era casi un libro de juventud. Este, en cambio, es el libro de una señora de sesenta. Aquellos eran cuentos de un lugar de mayor ruptura de las mujeres, mientras que en estas historias los personajes son mirados desde una edad más avanzada y por eso creo que tal vez sean cuentos más piadosos. A esta edad, una ve cosas de una y los demás que antes no veía; cosas que pudieron haber cambiado para siempre la vida de las personas. Lo callado, el silencio y lo que no se termina de decir tienen mucho peso en estas historias.

-¿Cuál fue la génesis de tus cuentos?
-El disparador tiene que ver generalmente con lo que le ha pasado a alguien cercano. Pero siempre parto de algo mínimo, algo que me dice “acá hay un cuento”. A veces pasan diez años hasta que lo escribo. De todos modos, nunca sé cómo siguen. Escribo cuentos para saber, justamente, cómo terminan esas historias. Y eso me motiva también.

-¿Por ejemplo?
-El cuento “Lección de piano” es un buen ejemplo. Una vez, un muchacho vino a casa a arreglarme internet y me dijo que antes había ido de un señor que en un momento se puso a tocar el piano. Ese señor le había dicho que hacía muchísimos años que no tocaba. Y yo me quedé pensando cuál habría sido la razón de su silencio. Y entonces me imaginé una posibilidad y surgió “Lección de piano”.

-¿Qué me podés decir del cuento como género?
-Que me fascina y me recompensa muchísimo. Es como si hubiera algo sumamente poético en su brevedad y su propia naturaleza. Siempre me preocupó lograr algo en el modo de contar una historia. Y siento que detrás de un cuento se esconde la verdad de un personaje o de varios personajes. Y esa verdad es única y particular, propia y escondida. Y encontrarla es algo maravilloso porque es encontrar las razones por las cuales el personaje hizo lo que hizo. Escribir un cuento es un hermoso modo de comprender.

-Todos tus relatos tienen epígrafes ¿Por qué?
-Los epígrafes tienen que ver con mi cuestión lectora, que es muy fuerte. Durante mucho tiempo fui docente y trabajé formando lectores en colegios y talleres. Siempre que escribo recuerdo algo que leí, lo busco y cuando lo encuentro puedo establecer esa conexión. Es un modo de decirle al lector que ese cuento es parte de algo más grande y que comparte otros universos, otros tiempos y otras posibilidades literarias.

-¿Partís de los epígrafes?
-No. Generalmente es al revés. Cuando empiezo a escribir me doy cuenta que lo que tengo entre manos también tiene que ver con algo ya leído. Y entonces voy y lo busco en libros o en un archivo que se llama “frases para citas”, cosas que he ido marcando durante años. El cuento que le da nombre al libro, “No a mucha gente le gusta esta tranquilidad”, es parte de una cita de John McGahern, un cuentista irlandés que trabaja mucho la temática del campo.
Y como ese relato transcurre en el ámbito rural, es un modo de decirle al lector que mi texto puede continuar en ese y en otros escritores. Yo nunca tuve miedo que otros me influenciaran. Al contrario. Cuando escribí “Lengua madre” me puse a leer muchísimas novelas epistolares. A las influencias no sólo no las oculto sino que las expongo con mucho orgullo.

María Teresa sonríe en la vereda del Centro Vasco y cuando cae la noche, releyendo sus cuentos reparo en este párrafo de su cuento “Hijo”:
“Hasta el día en que lo vio en la televisión, no tenía recuerdos de su padre, porque sus padres dejaron de verse cuando la madre llevaba cinco meses de embarazo, al menos eso ha dicho ella; me dejó con la panza llena y no le importó. Un niño sin nacer, un padre que se va antes que en el hijo nazca la memoria”.

Sé que esta última frase pasará a la carpeta “citas” de varios profesores y poetas; intelectuales y gente de letras. Y, sin duda alguna, al corazón y el pulso de los mejores escritores del futuro.

Nota aparecida en Puntal Villa María, domingo 29 de octubre de 2017

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