Testigos de Jehová predicando en la ciudad vacía

Ayer a la tarde, cuando el sol se ponía tras los techos y la ciudad era un desierto bíblico, vi una escena que me conmovió profundamente. Un grupo de “testigos” charlaba animadamente en una esquina. Eran dos hombres junto a dos mujeres y algunos chicos. y se estaban organizando para golpear las puertas del barrio llevando “la buena nueva”.
“Ustedes vayan por acá -dijo uno de los hombres a la otra pareja señalando el fondo de la calle con su portafolio- que Noelia y yo seguimos hasta la avenida”. “Sí, hagamos así” dijo Noelia mientras la otra mujer le tiraba gotas de alcohol en gel a uno de los chicos. El nene, camisita a cuadros en colores apagados, recibía aquel cristalino chorro en sus manos como maná caído del cielo. Y se restregaba los dedos sin dejar de sonreír.
Y esa imagen, la del niño sonriente lavándose las manos con un agua caída del cielo contra la luz del ocaso,, se quedó grabada en la retina de mi sensibilidad..
Pensé que, de alguna manera, los Testigos de Jehová eran la única faja religiosa y cultural del país realmente experta en catástrofes; el único grupo al que no le aterraba en absoluto el fin del mundo ni el corona virus. Y es que, desde muy chicos, les hablaron de la inminencia del Apocalipsis; de las siete plagas de Egipto, del séptimo sello y de Jonás diciendo que si en cuarenta días la ciudad no se arrepiente Nínive será destruida.
Pensé, también, que esta fabulosa pandemia que se desató en menos de una semana, no hace otra cosa que “darles la razón” a los Testigos; un tremendo respaldo a sus palabras.
Los he escuchado decir, más de una vez, que en tiempos de Noé todos se reían del diluvio y del arca. Y hete aquí que ahora y acaso por primera vez en sus vidas, los testigos se sienten un poco como Noé. Se sienten así porque los otros ya no se ríen tanto. Y muchos, incluso, han cambiado la burla por el temor.

PROFETAS Y PREDICADORES

Los profetas sólo se “reciben” de profetas en el futuro, jamás en vida. En el presente, sólo pasan por locos o enfermos peligrosos, o por fanáticos en el mejor de los casos. Pero cuando las predicciones llegan a término, muchos se dicen:“¡Cómo no los escuchamos!; ¡Cómo no les hicimos caso”. Y ese es parte del discurso pero también de la resignación de los profetas: saber que su prédica caerá en saco vacío y no obstante, saber que no deben dejarse vencer por la indiferencia del mundo.
El pequeño grupo de Testigos de Jehová que vi ayer, nada tenía de profético. De hecho, ellos nada habían predicho. Pero creyeron en cuerpo y alma a los profetas anteriores y son (y así se sienten) el último eslabón de la cadena; nada más que mensajeros de una noticia que lleva milenios pasándose de boca en boca y generación en generación hasta su cumplimiento.
Sin embargo, en aquellas calles desiertas de seres humanos y sitiadas por el miedo a la peste, ellos salieron a predicar igual. Tenían su obligatoria camisa a cuadros en colores ocres y opacos (nada de trajes de silicio como en Nínive) y las mujeres sus vestidos grises como gitanas desteñidas (nada de túnicas ni ganas de mirar atrás, como la esposa de Lot).
Y cuando al derramar el alcohol en gel en las manos de los nenes se reían, en realidad no se reían de ignorancia sino de pura felicidad. Porque piensan que si ya empezó el final de los tiempos, nada mejor podía pasarle al mundo. Porque a sus chicos no los cuida el alcohol en gel sino la palabra y el implacable cumplimiento de las profecías. Y ellos estaban en lo cierto. Estaban predicando en Nínive al golpear las puertas del barrio y estaban subiendo al arca al subir por las escaleras de los edificios donde les abrían el portero. Estaban escapando de la lluvia de azufre que destruyó a Sodoma y, sobre todo, estaban “camino al cielo” por haber creído. Aunque para llegar al cielo antes haya que pasar por el cataclismo la muerte. Pero el camino era el correcto.
Y por eso es que, al caer la tarde sobre los tanques oxidados de las casitas en cuarentena, aquellos testigos se dividieron en dos grupos y fueron a llevar la buena nueva» (que eso quiere decir «evangelio»). Y sus chicos, felices y de manos lavadas con gel como maná, golpearon las puertas del barrio como golpeando las puertas del cielo.

Por Iván Wielikosielek

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