Tétanos (un cuento de Héctor Massara)

            Un serafín es un ángel de Dios, con tres pares de alas y absoluta adoración a su creador. En el puesto chico de la estancia Las Liebres es uno de los hijos de Blanca Coria y Gaudencio Cabañas. Es el cuarto, el único de piel pálida y cabellos claros, producto de un antojo de la mujer, muy afecta a comerse los tendones de los cogotes de vaca que, como todos saben, te darán un niño rubio. Más aún, si visita la casa con regularidad el inglés topógrafo que mensura campos fiscales.

            El invierno es crudo y la leña escasa, las bostas secas de vaca y la leche pijotera de la chiva veterana son los tesoros a guardar. El tozudo animal se resiste al ordeñe y siempre se las ingenia para reservar una buena cantidad para su cría, que engorda tontamente sin sospechar su destino de charqui.

            Con un morralito, los niños salen a juntar la bosta. Los animales  pastan lejos, quizá cerca de las barrancas donde no debieran ir. El año pasado una vaquilla joven cayó a la hondonada y se quebró las manos, hubo que sacrificarla. A lo mejor encontraron un ojo de agua –ojalá-, la de la represa hierve de gusarapos y, aún colada en la arpillera tiene gusto a peste.

            Serafín sigue el camino de vacas hasta el borde de la barranca, ellos tampoco tienen permiso para ir allí. Asomando apenas descubre una gruesa rama de alpataco. Mira para todos lados, celoso de su joya. Sus hermanos se la quitarían, o le contarían al padre que anduvo en la barranca, y el viejo siempre está dispuesto para golpearlo. Mucho más que a sus hermanos.

            La flaca musculatura tironea el tenaz arbusto, la tierra reseca se raja de golpe y lo libera, Serafín trastabilla y rueda por la pendiente. No es mucha la altura en ese sector y nadie lo vio. Se levanta con dificultad, sin soltar la rama pero con una sensación de ardor en el pié. Una gruesa espina le atravesó el dedo gordo. No hay tiempo para llantos, un seco tirón la saca por donde entró.

            A las chuequeadas la rama es arrastrada hasta el rancho, esa noche, la última tumba de carne de vaca  se transforma en estofado. El alpataco se lleva los laureles. ¡Por fin cocinar sin bosta!, dice Blanca. Nadie reconoce su logro.

            La panza llena consuela el dolor del pié, se acomoda cerca del fogón para dormir, ¿por qué hace tanto calor?

            El sueño se acompaña de horribles pesadillas. Su padre se entera del golpe en la barranca y lo castiga cortándole el dedo lacerado. Se despierta bañado en sudor, esta mareado y  apenas puede arrastrarse al rincón más lejano, donde el aire frío se cuela por el barro cuarteado. Se sumerge en un sueño que parece inconsciencia.

            Recién aclara y el viejo ya los está llamando para la primera rutina, traer agua de la represa antes de que los animales la ensucien. Por suerte el charco está cerca y por ser menor, le toca la lata de cuatro litros, a la pasada  le cruza el cogote de una bofetada.

            -¿De qué te reís, desteñido? No se ríe, pero siente que los labios se tiran para atrás descubriendo los dientes y un dolor sordo se ha instalado en su cuello.

            El frío de la madrugada le hace bien, apagando el fuego de las orejas. Vuelve con la lata y se derrumba junto a las brasas. La helada le congeló la transpiración y le ha contracturado los músculos. No puede respirar bien. Blanca advierte su malestar y le acerca un vaso con un tercio de leche tibia, la imagen de su madre se duplica entre estrellitas, la mano choca el vaso, también duplicado y lo vuelca sobre el fuego chisporroteando. El viejo Cabañas se levanta para golpearlo, pero su madre se interpone.

            -¡Dejalo!, ¿no ves que está  enfermo? Una sucesión de calambres lo hacen gritar.

            -Está mal, se está quemando, andá a avisarle a Italo.

            -¡Mirá si me voy a hacer  dos leguas por ése mañoso! Ya se le va a pasar…

            -¡Qué vayas te digo! ¿No ves que no puede respirar?- El paisano sabe que no se discute con su mujer cuando está enojada. Monta el lobuno y galopa hasta el casco de la estancia. A las once llega la chata Chevrolet del gringo, el hombre ya sabe lo que es andar acarreando enfermos.

            -¿Cómo está mi amiguito Serafín?

            – Está hinchado, Lito, y no respira bien. ¡Mire como le asoma la panza!

            El gringo destapa el cuerpecito y su mirada se ensombrece.

            -No está hinchado, mujer, está arqueado, ya vi esto una vez, se me murió un potrillo de esta porquería.    

            -Apenas llegue mi marido…

            -Olvide a su marido, hay que llevarlo al pueblo ya mismo-  El niño está completamente rígido, sólo apoya en los talones y en la nuca, de la boca rechinante escapa una saliva espesa. Ni hablar de sentarlo, tienen que acomodarlo en la caja, tapado con frazadas junto a su madre.

            La Chevrolet arranca provocándole corcovos involuntarios y guiños exagerados, el huellón golpeado y lleno de vizcacheras no ayuda mucho, cada golpe levanta una pesada nube de ceniza que el Descabezado regaló hace apenas seis meses. Se escuchan los tosidos de la mujer, no los del niño. En el cielo de plomo una pareja de chimangos acompaña sin mucho interés a lo único que se mueve en el horizonte. No han recorrido ni tres kilómetros cuando la mujer golpea la luneta con desesperación.

            -¡Algo le pasa Lito!, pare por favor.

            El cuerpo está más combado que nunca, el gringo para la chata presagiando el final. En el silencio del mediodía se escucha el crujido de las vértebras, un músculo de la paleta se raja con un ruido obsceno y la hemorragia se extiende debajo de la piel muy blanca.

            La mujer grita el dolor ajeno, el curtido gringo deja que las lágrimas nublen sus ojos azules y oculten el horror.

            Las alas de serafín protegen al niño, dos cubren sus ojos y dos sus piernas, las dos restantes lo elevan al Creador.

Por Héctor Massara (Escritor piquense)

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