Tigres de Siberia

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TIGRES DE SIBERIA

(A mi abuelo Basilio Wielikosielec; Rusia 1907- Argentina 1986)

Era una tarde soleada de invierno tras varios días de lluvia. Era (también lo recuerdo) en los años ochenta. Y hasta es posible que haya sido un sábado de junio; casi una fotocopia de este mismo día. Mi abuelo estaba sentado en una reposera de la quinta, y su pulóver de lana despedía el aroma de una oveja secándose al sol tras mojarse en una leche agria. Y algo de eso había en su perfume, acaso el de los campos de su país.

A lo lejos, algún vecino escuchaba un partido de fútbol por la radio, un relator emocionado que sufría la interferencia de sus mordiscos. Yo tenía mis deberes de cuarto grado y mi cuaderno de ruso, pero no me decidía por ninguno. Y entonces, tratando de imitar la mordida de mi abuelo en otra manzana, le hice por primera vez la única pregunta ontológica de la patria.

-Nono, ¿de qué cuadro sos?
-De Tigri –me respondió sin dudarlo. Yo no sabía si le había entendido bien. ¿Había querido decir “Tigre” pero no le salía? Le hice otra vez la pregunta y su respuesta fue idéntica. Como se produjo un silencio de mi parte, el viejo se creyó en la obligación de llenarlo con una explicación. Y la hizo en un castellano mucho más atravesado todavía; cosa que le pasaba especialmente los domingos. “Cuando venir en Argentina en año veintiocho, nosotros trabajar en Tigri cosechando manzanas, hijo… Iábloki. Como estas… Éramos muchos… Polacos, rusos, yugoslavos, ucranianos… Nono era joven… Veintiuno años… Todos trabajar de sol a sol en recolección y domingo ir a la cancha todos juntos a ver a Tigri”…

Y ahí se terminaba su explicación.

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Y entonces, con mis escasos diez años, lo vi por primera vez a mi abuelo de joven. O mejor dicho lo imaginé, lo que a veces suele ser el modo de percepción más intenso. Estaba arrancando manzanas de los árboles en una madrugada hablando en su idioma en esas “plantas de Babel” donde el eslavo era lengua oficial y el español una pobrísima minoría. Lo imaginé comiendo un sándwich de mortadela y durmiendo la siesta para paliar el calor insufrible, setenta grados más que en su país en idéntica época. Luego lo vi, anocheciendo ya, y lavándose la cabeza bajo una canilla de luz. Luego de lo cual se dirigía con sus compañeros a una pensión para inmigrantes.

Una vez mi nona me había mostrado una foto de mi abuelo antes de salir de Rusia. Estaba sentado de piernas cruzadas como en su reposera. Tenía botas de mujik y campera de cordero (allá y acá siempre fue campesino) y estaba rodeado de unos cuantos amigos amigos. Nunca supe si los volvió a ver o si alguno de ellos viajó con él en el mismo barco. Pero en la película de mi imaginación, a sus compañeros de recolección les ponía sus caras y sus gestos. Y esas caras gritaban el domingo los goles de Bernabé Ferreyra, el “Mortero de Rufino” o “La Fiera”, el goleador de Tigre en el año ´31.

En esas tardes de costura, mi nona tenía una lata de té donde guardaba las agujas y el hilo. “Té Tigre” decía. Pero el óxido no había podido carcomer el dorado del animal, una fiera de Bengala saltando, como si quisiera salirse de la caja. Y entonces esa tarde empecé a ver que todo encajaba.

Le pregunté al viejo si se acordaba de su abuelo y me dijo: “Abuelo Iulián medir dos metros y hacer servicio militar en Siberia. Cuarenta grados bajo cero allá, hijo. Abuelo Iulián contar que cuando mear afuera, no encontrarse el… ¿Entiende? Y que el pis se congela antes de caer al piso. Allá solo vivir bien el oso blanco…”

Pensé, entonces, que mi abuelo también asociaba a su propio abuelo con una fiera. En este caso con el “ursus marítimus”, el depredador más grande de los hielos. ¿Habrá tenido su abuela una cajita de té “Bieli Mishka” donde guardaba las agujas para coser el cordero?

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Un día me pregunté si el viejo no estaría delirando cuando yo le hablaba de fútbol. Así que le volví a preguntar varias veces más de qué cuadro era. Incluso lo hacía a quemarropa y en los momentos menos pensados. Y su respuesta fue siempre la misma “Tigri, hijo, ya decirte montón de veces…”
Por cierto que el cuadro de mi abuelo nunca había ganado nada. Y aunque en el pueblo nadie era hincha de Tigre, yo lo quería. No sólo por él sino también porque tenía los colores y el sobrenombre de mi cuadro, San Lorenzo. Y cuando en las tardes de soledad yo jugaba partidos imaginarios en el patio con una pelota de plástico, muchas veces “Tigri” salía campeón invicto. Una vez, incluso, le ganó la final a mi San Lorenzo querido con un gol sobre la hora de Fiori, el centroforward del club por aquellos tiempos. Y entonces veía a mi abuelo y a sus amigos llorando en el alambrado, festejando por primera vez un título en sus vidas.

Hoy vi en un diario un titular que me hizo viajar directamente a esas tardes en el patio de mi abuelo. “Tigre se juega en la final con Boca el partido más importante de su historia”. Y pensé en el viejo; en qué hubiera dicho si hubiera llegado hasta mañana domingo (tendría ciento once años). “A lo mejor -me dije después- mi nono ya vivió este día. Y aquella radio que se escuchaba a lo lejos entre sus mordiscos no eran otra cosa que la transmisión del partido que se juega mañana. Esa radio que decía que, por primera vez en su historia, Tigre era campeón del fútbol argentino. Y que los rusos y los polacos, los ucranianos y los yugoslavos que trabajaban de sol a sol en la recolección de la fruta lloraban contra el alambrado como chicos. Esa gente que había perdido su país y su familia, que se habían autoexiliado al Oeste del Edén y se ganaban el pan con el sudor de su frente. Esa gente que había probado el fruto amargo del exilio y que, por primera vez en sus vidas probaban las viejas manzanas del paraíso, gritaban por Tigre, lloraban por “Tigri” en una tarde que ya es parte del futuro y también del olvido.

Por Iván Wielikosielek
Iván Wielikosielek

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