Todos los alfabetos del mundo

Todos los alfabetos del mundo
(CUENTO)

Por aquellos días yo acostumbraba a fugarme de la escuela para irme a leer a la biblioteca. No se trataba de ninguna hazaña de escapismo. Era más bien todo lo contrario. Yo era tan silencioso e insignificante (así me había vuelto en el último período estudiantil de mi vida) que nadie notaba jamás mi presencia y mucho menos mi ausencia. Era el último año del secundario en el Rivadavia y había muy pocas horas de clase. Y la sola idea de pasarla en el aula con treinta mujeres que no me tenían en cuenta o cuatro varones hablando de motos, me deprimía primero hasta la abulia y luego hasta la acción. Una acción quietamente desesperada. Y por eso es que de manera muy tranquila, pedía permiso para ir al baño o para dar una vuelta por el patio silencioso hasta el fin de la hora libre. Ni qué decir tiene que mi pedido era satisfecho al instante y casi como un alivio. “Andá pero volvé antes del timbre” me decía Susana, la directora de curso.

Yo sabía que en una hora de ochenta minutos en el aula significaba una hora real de lectura de libros. Y aunque también sabía que estaba prohibido abandonar el edificio por cuestiones de seguridad, estaba muy lejos de meterme en líos. Así que salía por la puerta principal como cualquier docente o trabajador de la escuela. Sólo recuerdo que una vez tuve un sobresalto. Fue cuando un ordenanza me preguntó, en tono de sospecha, que a dónde iba. “Me mandaron a buscar un certificado a la biblioteca” contesté sin pensar. Lo dije con una angustia tan parecida al aplomo, que el portero me hizo seña de visto bueno y volvió a su lampazo y sus mosaicos.

Había tres cuadras de distancia a la biblioteca del colegio. Y ese trayecto era para mí, el momento más feliz del día. La verdadera expedición. La única aventura. Me había librado del tedio escolar y las charlas de motos, de las miradas no correspondidas de las chicas, de las reuniones del viaje de estudio al que nunca fui, del famoso “qué vas a estudiar”.

Y es que allí, en el primer piso de una tibia siesta de verano, me esperaban otros amigos: Edgar Allan Poe, Carl Sagan, William Shakespeare, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Ray Bradbury, Stevenson… A muchos de esos autores hace siglos que no los leo. Pero faltaría a mi palabra si negara la importancia crucial que tuvieron para mí en aquellos días.

Esos hombres que no siempre se expresaban en un lenguaje del todo claro para mi escasa cultura, pero siempre intentaban con fabuloso rigor compositivo comunicar un pensamiento o una experiencia, esos hombres que nunca había conocido ni frecuentado en mi vida y muchos de los cuales hacía siglos que se habían muerto, esos hombres me hablaban a mí, directamente adentro de mi cabeza y sin intermediarios. Y en sus palabras entendí que había un pedido silencioso. Algo así como una vibrante y muda solicitud de amistad. Acaso un aliento para que yo compartiera con ellos un mismo destino; el de escribir para aquellos a los que nadie escribe; hablarles en la cabeza a esos a quienes nadie les hablaba al oído. Y hacer de ese modo de amistad un modo de comunicación y de ese modo de comunicación, el barro con el cual amasar la propia ontología. Y estaba en mi cabeza y en mi voluntad aceptar esa misión o rechazarla.

No me sentí especialmente conjurado a dar una respuesta. Pero imagino que a partir de entonces, la fui dando cada día de mi vida. Escapándome sigilosamente de la escuela como de una vieja casa anticuada en donde no estaban las palabras ni la vida.

Aún recuerdo, incluso, que la esquina del Rivadavia hace treinta años lucía exactamente así; como un caserón de mil novecientos diez donde vivían los que no comprendían mi nueva sed. Incluso recuerdo la placa de Sobral en la esquina, que acaso (y a esto lo pensé mucho tiempo después) había fundado la escuela para que hubiera gente que se escapara de allí, y no para ser un ladrillo más en la pared. Como quien funda un laberinto.

La biblioteca de la cual una vez había nacido la escuela, en cambio, era completamente distinta. Y esto no era una paradoja sino una feliz consecuencia. Tenía dos pisos y estaba frente al gran predio ferroviario en donde alguna vez nació la ciudad. Sólo que en el año ochenta y ocho, ese predio era casi salvaje. Me acuerdo que subiéndome a la segunda planta pedía “Hamlet” o “Los crímenes de la calle Morgue” y sentándome en el sillón de cuero frente al ventanal, miraba las calandrias en los pinos. Nadie había jamás en la sala, y el canto de las aves sonaba prístino y salvaje como la primera mañana del mundo. Todaví no había leído la “Oda a un ruiseñor” de Keats ni “El cuervo” de Poe. Si lo hubiera hecho, acaso habría intentado traducir lo que aquellos pájaros me decían en las siestas. Tan seguro habría estado de que habían firmado también el pacto de hablar con los solitarios.

Una tarde, sin embargo, algo extraño se produjo. Yo me había sentado como siempre en el polvoriento sillón rojo con un ejemplar de “Cosmos”, cuando al rato alguien se sentó al lado mío. Era un muchacho de mi edad, y a juzgar por el uniforme también era del Rivadavia. No lo había visto en mi vida pero su rostro me era vagamente familiar. Tenía algo de los chicos de mi pueblo; algo en la sonrisa ladeada y en el pelo negro aplastado de esos tiempos. Y supongo que él, aprovechando esa distracción, me sonrió desde la otra punta.

-Qué hacés -me dijo, o creo acordarme que me dijo.
-Nada. Vine a leer un rato ¿Y vos?
-Yo también me vine a leer un rato. Siempre te veo…
No supe qué contestarle. ¿Podía ser cierto que siempre me veía? Y si era así ¿Por qué no lo reconocía? ¿Por qué nunca me había saludado? ¿Por qué no nos cruzábamos más seguido?
-¿Y qué estás leyendo? –me preguntó, habiéndose resignado a que su última observación había caído en saco vacío.
Por toda respuesta le mostré la tapa del libro que tenía entre las manos.
-Es bueno…
-¿Y vos? –pregunté a mi vez.
Entonces hizo lo propio y pude leer, en un ejemplar gastado, un título en inglés que no entendí. Como por esos tiempos yo no sabía inglés ni otro idioma, me quedé callado y asentí; temeroso de cometer un acto de barbarie o de ignorancia.
Mi amigo leyó un rato más a mi lado y noté que, mientras eso pasaba, se callaron los pájaros. Al rato se levantó y se dirigió rumbo a la mesa de los préstamos. Cuando me volví para verlo, me hizo un saludo lejano y se perdió por el hueco de la escalera.

Me levanté unos quince minutos más tarde. Cuando devolví mi ejemplar, no vi nada en inglés sobre el escritorio. Le pregunté a la bibliotecaria si podía ver el libro que le había devuelto el chico que se fue. “¿Qué libro, qué chico? –me dijo con visible malhumor- Desde que me pediste el libro nadie más entró”.

Fue inútil buscarlo entre los alumnos de la promoción. Fue inútil esperarlo en la sala de arriba con un libro de Poe o de Bradbury en las manos. Pero a veces, cuando mágicamente se callaban los pájaros, me parecía que estaba cerca. Quizás estaba volviendo para charlar conmigo.

Pasaron treinta años ya, y nunca le conté este episodio a nadie. Muchas veces pienso que, efectivamente, aquel muchacho entró a la biblioteca y se fue sin ser visto; que acaso no era de la escuela pero tenía un uniforme parecido, que acaso no era de la ciudad. Otras veces me imagino que no existió nunca y que lo que viví aquella sesta fue algo parecido a una alucinación. Justamente yo, que jamás viví nada parecido. Ninguna escisión entre “la realidad” y “mi realidad”. Ninguna confusión entre el libro de mi vida y los libros del mundo.

Pero también pienso que aquel día y acaso sin querer, firmé el pacto con los libros. Que los hijos de la patria de la soledad silenciaron durante unos segundos todos los cantos y todos lenguajes, que durante un instante suspendieron todos los alfabetos del mundo para sentarse a mi lado, saludarme de lejos y luego darme la bienvenida.

Iván Wielikosielek

Por Iván Wielikosielek

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