Tomás Watkins: “Los Watkins, incluyendo al bucanero irlandés Patrick Watkins, somos una gran familia”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti.

Tomás Watkins nació el 20 de junio de 1978 en Neuquén, capital de la provincia homónima, donde reside, República Argentina. Ha recibido primeros premios y otras distinciones, integrado jurados de concursos y participado en Festivales y Encuentros de escritores en su país y en Chile. También tiene su recorrido como gestor cultural, de manera independiente y desde el Estado. Entre las antologías soporte papel en las que fue incluido citamos “Desorbitados. Novísimos poetas del sur de la Argentina” (2009) y “Si Hamlet duda le daremos muerte” (Ediciones de la Talita Dorada, 2010), así como la de soporte digital“Máquina sur. Poesía actual de la Patagonia” (2013). Poemarios publicados: “Grito” (2003), “26” (1ª edición en 2004; 2ª edición en 2007), “Mitología” (2012), “Hora blanca” (2015) y “Bien de consumo” (2015).

— ¿Abundaban los libros en tu infancia?…

TW — De todo tipo, afortunadamente: desde la colección Robin Hood de mi padre hasta enciclopedias ilustradas y volúmenes de historia de mi madre. De chico nace primero la sospecha sobre los libros antes que la lectura. También me convertí en un ferviente lector de cómics e historietas: con mi hermano devorábamos cualquier cantidad porque canjeábamos en librerías de usados, ya prácticamente extintas en mi ciudad; pasábamos las tardes de los sábados entre el fútbol y la lectura. Esto siempre llamó la atención: cómo había tiempo para leer y para hacer las otras cosas que hacen los chicos. Macanas, cirujeadas, jugar a la pelota en la plaza, organizarnos para ir a las bardas o para correr carreras de carritos de rulemanes. Parece otro milenio, pero éramos nosotros. Esto lo menciono en el poema “Vendas & gasas” de mi libro“26”.
Conservo la impresión de haber pensado alguna vez: “¿Qué hay en los libros que incita a los adultos a que tengan la cabeza metida en ellos tanto tiempo?” De ahí la sospecha, la benigna sospecha que luego se transformó en constatación. Interesante esos procesos cuando todavía es el tiempo del “durante”, antes de cualquier posible reflexión. Ahora se me ocurre que los asuntos que perduran nacen o se llevan en las entrañas.
Y en mi juventud: el mismo hogar, la misma sospecha sobre los libros. Había algo ahí que hacía sucumbir a toda la familia. Cambiaron, eso sí, algunas lecturas. Ahora alcanzaba, literal y no tanto, los estantes superiores de las bibliotecas. Di de frente con varias obras del Divino Marqués. La memoria, en estas lides, efectúa recortes. Hay tantos autores y tantas obras que querría traer ahora, pero me quedo con que Marco Denevi fue el autor argentino que más había leído hacia mis dieciocho años. Otro autor que frecuenté es Montaigne. Leía con fruición sus ensayos, aun sin comprenderlos del todo. Estaba eso en las palabras, a veces tan difícil de definir. Me parece que fue Adolfo Bioy Casares quien adujo que, en general, de los libros nos quedamos con una sensación por haberlos transitado más que con tramas o argumentos. Denevi significó un norte y un reino de mi adolescencia, hasta que conocí a Borges alrededor de los veinte años. Creo que hay un antes y un después de Borges en mi vida (y en la de muchos, o en la de todos). Él fue el apuntalamiento de este lector que lee por placer casi malicioso, casi perverso.

— Y por entonces habías ya recibido algunos reconocimientos.

TW — Tuve buenos incentivos. A los dieciocho en las categorías de Relato de Vida, Poesía y Cuento, en concursos organizados por la “Casa del Neuquén 2020”, perteneciente a la Secretaría de Estado del COPADE (Consejo de Planificación y Acción para el Desarrollo). La presidenta del jurado era ni más ni menos que la gran Irma Cuña [1932-2004]. Fue un hito en mi vida aquel concurso; me fue enseñando que tenía un destino literario al que no podría obviar. A los veinticuatro conocí a varios poetas con quienes conformaríamos el grupo músico-poético “Celebriedades” (denominación que adoptamos del libro “Celebriedad”, del ecuatoriano Edwin Madrid). Recorrimos entre 2003 y 2007 gran parte de la Patagonia argentina y la región de la Araucanía, en Chile, ofreciendo un espectáculo de poesía, música y humor. Éramos Miguel Ángel Sabatini, Raúl Mansilla, Pablo Betesh, Carlos Blasco, Juanse Villarreal, Cristian Carrasco, Sebastián González y yo: más de una veintena de presentaciones en los más diversos escenarios. Fue el lapso de mayor creatividad hasta ahora, de “estar en poesía”, como decía la poeta Macky Corbalán [1963-2014]. Las presentaciones celebrias eran más bien caóticas, no siempre hacíamos lo mismo ni de la misma manera. Empezamos leyendo nuestros textos de manera “convencional”, uno por vez, en línea, parados y sentados…: como cualquier mesa de lectura. Con el tiempo empezamos a despegarnos de ese formato porque nos aburríamos e inferíamos que el público también se aburría. De a poco fuimos incorporando histrionismo, improvisación —como la inolvidable versión del poema del brasileño Affonso Ávila [1928-2012] que Carlos Blasco y Raúl Mansilla hacían en vivo, o el “Poeta Universal DJ Ámbar” que ponía yo en escena disfrazado de bailarín de danzas contemporáneas— e instrumentos musicales. De ahí que hacia el final dimos forma a una puesta tutelada por la noción de espectáculo, algo ameno, entretenido y divertido. El grupo, más que durar, ardió (en términos barthianos), y hoy nos queda el bello e hiriente recuerdo. Ahora, después de casi diez años del último recital, estamos urdiendo una reunión. Ya veremos qué pasa.
En 2004, con veintiséis años, publiqué mi primer libro en la editorial El Suri Porfiado, dirigida por el poeta y docente Carlos Juárez Aldazábal, y además obtuve el Primer Premio de Poesía del último concurso literario organizado desde la UNCo. Importante en lo íntimo porque el primer ganador de un certamen convocado por esa institución fue Raúl Mansilla, en 1984: él abrió y yo, 20 años después, clausuré. Todo en casa (je). Raúl es mi compadre de casamiento y del alma, o sea que hay cosas que pueden mutar, pero no desaparecer.
Cuando el fuego celebrio hubo sido trasplantado a sus respectivas ánforas domésticas (imagino que cada integrante debe tener un espacio especial para su porción ígnea), yo incursioné en radio y actividades culturales de manera individual o colectiva. Realicé en 2009 un segmento denominado “El maridaje Watkins” —libros, vino y música— dentro de un programa radial de abundante audiencia llamado “Rudasmacho”. Gustó tanto el segmento que después fue pedido para ser utilizado como separadores de un programa de Radio Del Plata, en Neuquén. Tras varios años de añorar volver al espacio radial, durante 2015 trabajé en 88.5 FM Capital, de la Municipalidad de Neuquén, con mi programa “Tigres de Papel”. Fue un reencuentro muy disfrutable con el mundo de la radio.

— ¿Y la revista “Coirón 2.0”?…

TW — Es un mítico órgano de difusión cultural post-dictadura que otorgó visibilidad a las producciones del Centro de Escritores Patagónicos, un ardid que rápidamente prendió fuego y ganó adeptos en aquel momento histórico. Muchxs escritores patagónicxs se situaron bajo la tutela del CEP. La revista es dirigida desde entonces por el escritor chileno Eduardo Palma Moreno, arribado a nuestro país “becado” por Pinochet, como él dice. Verdaderamente fue uno de los primeros instrumentos que en los ‘80 recorrieron la Patagonia literalmente, dado que Palma Moreno, junto con los poetas Raúl Mansilla y Sergio Sarachu —integrantes del Consejo de Redacción del organismo—, surcaron el territorio en busca de corresponsales con apenas una carpa que nunca abrieron, según cuenta la leyenda, dada la hospitalidad y el cariño de lxs pares que los recibían en cada ciudad. Eduardo lo ha mencionado en alguna oportunidad como “Poesía patagónica a dedo”, lo que ahora parece ciencia ficción, con tanto dispositivo comunicacional bien o mal intencionado. Lo cierto es que la “Coirón” le torció el brazo al lema de que las revistas culturales no superan los cuatro números: en efecto, fueron cuatro en su primera época, y desde su resurgir como “Coirón 2.0”, en 2012, lleva más de 10 números. Con Cristian Carrasco también estamos juntos en esta aventura de representar la revista en Neuquén.

— Además de la isla Watkins y de un navegante irlandés (Patrick), tu apellido es el de, por lo menos, un músico, un director de cine, un deportista, un pintor, un dramaturgo, un director de televisión y fotografía, un actor…

TW — En un poema llamado “Lilíada” dedicado a mi hija Lila, menciono que la isla Floreana, del archipiélago de las Galápagos, era el lugar de residencia de un pariente mío, el navegante Patrick Watkins. Hace unos años pude conocer la cueva que hacía de hogar de este bucanero que trocaba carne y grasa de tortugas gigantes por ron, armas y municiones. Los Watkins somos una gran familia.

— Así comienza un párrafo del relato “El maestro de escuela de pueblo” de Franz Kafka: “La mayoría de los viejos se conducen con respecto a los jóvenes de una manera algo confusa, un tanto engañosa.” ¿Cómo te resuena…?

TW — Lo primero que se me viene a la mente es algo que leí hace poco, “El héroe de las mil caras” de Joseph Campbell. En el prefacio, Campbell introduce una cita de Freud que establece que hay toda una tradición en decirle la verdad a los niños pero camuflada de símbolos. Al desconocer qué significa ese andamiaje simbólico, el niño tiende a desconfiar de los mayores. Que ahí radica el inicio de una desconfianza y hasta una hostilidad hacia el mundo adulto.
Por otra parte, estimo que la vejez puede tornarse un lugar común: la etapa donde ocurre el olvido de que alguna vez se fue joven. Personalmente no creo que sea algo que pueda generalizarse, no acepto que ninguna edad presente trabas para las comunicaciones.
Me queda una tercera resonancia, una que va por el lado del parricidio literario. Como autoficción, no me parece que se justifique; sí creo que es fundamental en casos donde el supuesto padre funciona como punto de fuga; tuve la fortuna de aprender mucho de los mayores “escritores del barrio”, como sugirió Ernest Hemingway.

— “El vértigo es algo diferente del miedo a la caída”, establece Milan Kundera en su novela “La insoportable levedad del ser”. ¿Algo tuyo querrías transmitirnos respecto de tus vértigos o visión de ellos, y de tus eventuales miedos a la caída?

TW — El vértigo puede resultar placentero, como el mareo y la embriaguez. No se me ocurre ahora una sola circunstancia en la que el miedo pueda tener signo positivo, salvo brindando alarma. Pero no genera bienestar en tanto goce. El vértigo de la lectura, de la escritura, el vértigo de los sentidos alterados, la vida y la obra en vértigo. El vértigo de posar los pies en el aire, como dice el poema de Jorge Spíndola. He sabido darle el suficiente vértigo a mi vida. No me arrepiento.

— ¿Te sería posible trazar un mapa de lo que podríamos llamar campo cultural en tu provincia durante las últimas décadas?

TW — Neuquén tuvo una importante afluencia de artistas hacia fines de la última dictadura cívico-militar. En general, toda la Patagonia se había convertido en receptora de gente que elegía escapar (o debía hacerlo) de sus ciudades. Gracias a esos arribos hubo un auge del teatro, la plástica y la literatura. Había una vida cultural tremenda en los ‘80. Sé que muchos se dirigieron a Neuquén dado que el obispo, Jaime de Nevares, no compartía la posición pro-dictadura de la iglesia católica, sino todo lo contrario: acompañaba a todos los que necesitaran contención. Por eso también vinieron artistas exiliados chilenos y uruguayos, varios de los cuales tuvieron incidencia directa en la gestación de asociaciones culturales y gremios de artistas. Podría decir que no hubo parricidio dado que todo estaba fundándose y maestros y alumnos trabajaban juntos. Había grupos antinómicos, por supuesto: estaba la Sociedad Argentina de Escritores y el Centro Sanmartiniano, vinculados a la iglesia y a la derecha, y por otro lado el Centro de Escritores Patagónicos, el Teatro del Bajo, organizaciones que apuntalaron el teatro, los títeres, la pintura y la literatura incluso en el interior de Neuquén. En la ciudad de Zapala, por ejemplo, se constituye el embrión de la recurrente revista “Coirón 2.0” en medio de procesos dificultosos, de condiciones precarias ya que no había editoriales y todavía se publicaba en otras provincias. El CEP fue importante no sólo para Neuquén sino también para el desarrollo e intercambio cultural de toda la Patagonia.

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Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Neuquén y Buenos Aires, distantes entre sí unos 1100 kilómetros, Tomás Watkins y Rolando Revagliatti, 2017.

www.revagliatti.com

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