Trío de pobres poetas, de Héctor Massara

El Taller de literatura que se desempeña en Corpico sigue produciendo trabajos que pueblan los anaqueles de la gran Biblioteca Pampeana. En este caso se trata de “Trío de pobres poetas”, del piquense Héctor Massara, que transcribimos.

Trío de pobres poetas

Son tres los hombres en la mesa del Bar, en el reconocible horario en que se retiran las damas cultoras del té y faltan aún dos horas para los bebedores fuertes. Se estiran abusando del espacio. La pequeña mesa redonda es una flor de pétalos agrisados, grises los cabellos otoñales, grises las cortas viseras de lana y las gafas pretendidamente intelectuales. Hoy han elegido –respectivamente-, pañuelo de seda, una delgada corbata y cuello de tortuga, enumeración simple y adecuada a cierto estereotipo de moda. Fuman tabaco negro contradiciendo la reglamentación que abunda en vidrios y espejos.

El tema del día es la menguada economía de cada uno, García adorna sus quejas con alguna metáfora forzada y pausas estratégicas aprehendidas en sus días de oratoria. Los demás asienten y aportan opiniones ácidas contra los nuevos oleajes literarios y los editores de escasa técnica y sensibilidad, pero fino olfato para el dinero.

La flor agrisada se cierra por unos instantes hasta que el olor avinagrado de la madera repugna a las narices y los tres advierten que es más cómodo dar lugar a sus abultados vientres. García y Cometto son algo gruesos, Mestre es delgado, pero una adicción antigua a la cerveza le forma una bola debajo del diafragma.

La conversación vira como es lógico a lo literario; la reunión en el Bar no es más que un apéndice de la estirada tertulia de la Casa Cultural. Allí se prohíbe el consumo de alcohol y los tres exitosos de siempre critican los trabajos desde el Olimpo de sus ediciones minúsculas. Aquí dos rondas de ginebra han excitado a las musas, los cabellos se desordenan y enrojecen los ojos. La formación de un nuevo grupo literario es propuesta por enésima vez y aceptada con unanimidad y un fatalismo hijo de cien fracasos.

—Estoy enamorado —hipa Mestre y espera.
No hay respuesta a su confesión, Mestre permite que el mozo reponga las ginebras y ataca de nuevo.
—Es la empleada de la tienda, la que prepara la vidriera. Supongo que ustedes también la conocen, nos hemos detenido allí muchas veces esperando que empiece la tertulia.
Cometto hace un comentario apagado que va aumentando hasta escucharse: “cualquiera se enamoraría” y parece ruborizarse, avergonzado de su indiscreción. García observa con fingido interés.
—Le he escrito unos versos —dice Mestre—. Se los entregaré con un ramo de azucenas. Lleva una mano al corazón y recita: “Bendita la transparencia que nos separa, que me permite imaginar tu aroma, la suavidad de esos pies delicados, la elipse que acaso sea sonrisa…”
— ¡Basta! —estalla Cometto—. El último verso me pertenece, ¿es que no tiene vergüenza?
—No le pertenece, aunque creo escucharle decir algo parecido el miércoles pasado. Me extraña que se acuerde después de tanto alcohol.
El cuello de Cometto se ha encarnado y carraspea buscando enronquecer su voz aflautada.
—Yo también estoy enamorado de ella, genuinamente, no plagiaría para demostrar mi amor. Me basto solo para escribir algo mejor que esa chapucería. Además: ¿A quién se le ocurre regalar azucenas?

García ha creído necesario intervenir y hace unos comentarios ingeniosos para entibiar el ambiente. El también conoce a la hermosa mujer que se desliza etérea entre maniquíes y perchas de la tienda de la calle Mitre, una vez le ha sonreído —quizá lo hace de costumbre— y continuado su tarea sin importarle el efecto. Es joven, tal vez veinte años menos que los amigos, pero… ¡qué diablos! Recién ahora sospecha porque sus caminatas lo llevan por esa calle poco amigable y de veredas desparejas.

Mestre y Cometto se están insultando con saña y diluyen su amistad con tragos hoscos de ginebra. Hay que hacer algo.

—¡Amigos!, les propongo una solución. Los dos escribirán el mejor poema que puedan esta misma noche, yo juzgaré cuál de ellos lo es y su autor tendrá derecho a presentarlo primero a su enamorada.
Los contendientes aceptan rápido la justa, envalentonados por el amor y la embriaguez o la peligrosa mezcla de ambos. Una vez que Mestre promete no usar la palabra “elipse” comienza la batalla literaria en un campo neutral de servilletas de papel. A las tres de la mañana el mozo ya ha repuesto dos veces el servilletero y acercado un cesto para los arrugados intentos, que han muerto de mediocridad y lugares comunes. García ha aprovechado para cabecear alguno sueñitos que son cortados por el mozo bruscamente. Son las cinco y treinta y el personal repasa las mesas y el piso para cerrar. El solemne y único jurado retira los papeles de las manos temblorosas que tachan y agregan a último momento como las de estudiantes inseguros.
—Es muy tarde —afirma García con la ayuda del mozo que retira los vasos— los leeré mañana y emitiré el fallo.

Los dos agotados poetas asienten y salen a la calle. Este y Oeste son sus rumbos. García pide permiso para usar el baño, descarga la vejiga y mastica un chicle de mentol mientras se peina y arregla el cuello de tortuga del sweater. “Nada mal, nada mal” repite mientras lee los poemas. Falta hora y media para que abran los comercios, tiempo que puede gastar en el banco de la plaza donde podrá tomar un café tempranero y decidir por uno de los escritos. Tal vez mejorarlo con algún talento propio.

Sale a la calle, casi empujado por los escobillones impacientes, el viento fresco le arregla naturalmente los cabellos. Su destino es el Norte. Por la calle Mitre.

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