Última excursión a la patria de los wichís

ÚLTIMA EXCURSIÓN A LA PATRIA DE LOS WICHÍS -FOTOS GONZALO VEGA-

Esa nena, de momento, no tiene nombre. Sencillamente porque Gonzalo no se lo pudo preguntar jamás. La nena no hablaba castellano como tampoco lo hacían sus ocho hermanos. Y como él no conocía el wichí, sólo se entendieron mediante señas y sonrisas. Pero al claroscuro del retrato que consiguió tomarle aquella tarde de 2015 en el Techat 5 del Chaco, esa nena sí lo tiene. Aunque ese nombre no tenga, de momento, traducción a nuestra lengua ni lo sepamos pronunciar. Pero yo me imagino un nombre dulce y poderoso como su mirada; un hermoso nombre de mujer que fue pasando de boca en boca como las leyendas y que sigue gritando algo desde el silencio de aquella foto.

LA “OTRA” CONQUISTA DEL DESIERTO

Gonzalo Vega no es un fotógrafo cualquiera. Amén de su calidad artística, siempre estuvo preocupado por narrar las temáticas sociales más duras que atraviesan a los argentinos (hay que ver su serie dedicada a los femicidios o a los vendedores ambulantes). Así fue que un día trabó conocimiento con un miembro de la Fundación “S.O.S Aborigen”, la misma que desde 1994 viajara desde Santa Fe al Impenetrable Chaqueño para brindar ayuda humanitaria. Fueron seis los viajes que hizo Gonzalo desde entonces, intentando documentar una realidad que nunca sale en los diarios.“Cuando llegué, no podía creer que estuviéramos en Argentina. La mayoría de las familias que viven ahí no tienen nada. Y cuando te digo “nada”, quiere decir “nada”. Ni agua ni ropas ni alimentos. Viven en ranchos de palos revocados con adobe y no reciben ni recibieron jamás ayuda de ningún gobierno. Ni subsidios ni educación ni salud. Y sin embargo, esa gente tiene una consciencia de comunidad y un corazón inmenso. Para que te des una idea, un día en una escuelita repartieron caramelos y uno de los nenes, al verme sentado en un banco sin nada, me dio uno de los dos que tenía” me dice con un nudo en el estómago. Con Gonzalo hemos trabajado juntos en un diario de Villa María. Y cada vez que nos tocó cubrir alguna nota “social”, él me contaba de sus viajes al Impenetrable. A pesar de la crudeza de su testimonio, no terminaba yo de hacerme una idea de aquella situación. No sólo de la miseria en la que viven las comunidades Qom y Wichí sino también del olvido insidioso al que fueron sometidas por los gobiernos de turno; desde los más “socialistas” a los más “neoliberales”.Sin embargo, nada fue igual el día en que Gonzalo me mostró algunas fotografías. Allí vi niños descalzos, hombres casi desnudos y gente desnutrida; mujeres de veinte años que parecían de sesenta y muchachos golpeados hasta la vejez por la inclemencia de la vida. Vi, además, casas más parecidas a escusados que a tolderías y vasitos de plástico mugrientos para que los nenes tomen agua de los charcos. Vi suciedad y desidia pero también vi dignidad y dulzura en esos ojos que no mienten. Y vi, sobre todas las cosas, el fabuloso trabajo que llevan a cabo desde hace 27 años los miembros de “S.O.S Aborigen”, la fundación creada por el doctor cordobés Alejandro Montagne (actual presidente) junto a Gustavo Galarza y Raúl Bufarini. “Alejandro quería ir al África a dar ayuda humanitaria–cuenta Gonzalo- Y le dijeron que había un cura que había misionado doce años allá. Cuando lo fue a visitar, el misionero le dijo que si quería ir al África para conocer estaba todo bien; pero que si quería ayudar, ya se podía ir quedando en el país que acá hacía tanta falta como allá. Y lo invitó al Impenetrable Chaqueño, donde el cura se había instalado. Alejandro fue y le pasó lo mismo que a mí: no podía creer que eso estuviera pasando en Argentina. Desde entonces, Alejandro viaja entre 8 y 9 veces por año. Y en ese tiempo logró levantar no sólo puestos sanitarios y escuelas, sino controlar la salud de la comunidad y llevarles agua, ropa y alimentos”.-¿Y vos?-Yo fui como fotógrafo a registrar lo que había, pero también a colaborar en lo que pudiera. Y de hecho, hice varias cosas. Incluso colaboré desde Villa María y Rosario juntando alimentos. Allá se necesita de todo, desde pintar una escuela o hacer conexiones si sabes electricidad hasta poner un mástil de palo o cavar cimientos. -¿Por qué volviste tantas veces al Chaco?-Porque a pesar de lo dura que es la realidad que ellos viven, generás un vínculo tremendo con la gente y sentís que te necesitan. Para que te des una idea, en el segundo viaje, apenas me bajé de la chata en una de las escuelas, uno de los chicos me dice, “¡Volviste!”. Yo pensaba que era uno más, pero se ve que para ellos todos éramos importantes.

EN EL TECHAT 5

Gonzalo me muestra varias series de fotos. Las tiene clasificadas por año y lugar. Algunas fueron tomadas en una escuelita durante su primer viaje; otras durante la consulta médica de un asentamiento al dispensario o en un río con chicos pescando o bañándose. Pero cuando veo las del Techat 5, le digo “¡Pará, pará!”. Y es que al ver el retrato de esa nena, ya no puedo seguir. Acaso porque algo se ha detenido en mí. Y me he imaginado que con ese mismo rostro, una nena Qom o Wichí habrá mirado a los conquistadores españoles; esos que no pudieron poner de rodillas al “País del Chaco”. Y acaso por eso lo dejaron abandonado como un “territorio salvaje” entre los cuatro nuevos países que se formaban: Argentina, Brasil, Bolivia y Paraguay; un nuevo desierto sin defensas ni armas, sin salud y sin nombre. Cuando en 1870 comenzó la Guerra del Chaco, (una contienda “de limpieza étnica”, según la entendía Sarmiento) se ponía en marcha una de los peores masacres en territorio argentino ordenadas por el Estado. Y esa masacre duraría 47 años más, hasta la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen. Una vez anexado al país, el Impenetrable siguió devastado. Y como en tiempos de aquella guerra, continuó siendo un país dentro de otro, ese en donde los chicos nacían hablando otras lenguas y adorando otros dioses, contando otras leyendas y llamando con otros nombres a los niños y a la naturaleza.Cosa curiosa, a lo largo del siglo veinte ninguna de esas etnias recibió ayuda de gobierno alguno, como si no pertenecieran al país en el que habitan. Tampoco la recibieron en lo que va del siglo veintiuno. Ni del partido que habló de la “década ganada” ni del otro que anunció el “inevitable derrame del campo”. Así que le pregunto a Gonzalo por esa última serie de fotos.“Fue en agosto de 2015. Ya nos volvíamos a Rosario cuando pasamos a ver los “Techat”, que eran algo así como asentamientos. Empezamos por el número “uno”, que era de los mejorcitos. Pero te ibas al “dos” y las cosas ya empeoraban. En el “tres” eran directamente terribles… Así que imagináte lo que sería el cinco… -¿Y cómo llegaron?-Fuimos invitados por Delfín, que era el líder espiritual del Techat 1. Él nos llevó para conocer una familia amiga, la de Manuel. Así que llegamos a una casita de madera muy precaria con un cartelito en la puerta que decía “María la-wet” (“La casa de María”). Y había una muñequita colgada afuera que representaba a la dueña. -¿Y quiénes vivían allí?-Manuel, que era el esposo de María, con sus 9 hijos. Él apenas si hablaba el castellano pero nos contó que vio morir a su mujer, María precisamente, mientras daba a luz en pleno monte, entre bolsas de nylon una noche cerrada y de lluvia. Esa noche, María tuvo gemelos que adoptó una familia de Miraflores, un pueblito cercano. Hasta que crecieron y los devolvieron con el padre a la comunidad.-¿Cómo hiciste los retratos de los nenes?-Fue gracias a Delfín también. Él nos hacía de traductor y de guía. Y mientras hablaba con Manuel, no podía dejar de sacarles fotos a los chicos… No podía dejar de mirarlos.Ni yo. Y me digo que es muy probable que esa niña de la foto ya sea mayor, que quizás haya tenido oportunidad de ir a la escuela o tal vez haya sido mamá y no haya muerto en el parto como María, su madre. Que acaso un día vea estas fotos y piense que era igual a su hija o a su nieta. Y si se pone a recordar con todo su ADN, seguro se verá igual a su abuela y a su bisabuela también. A todas las Marías de su sangre. Tal vez, igual a cualquier mujer de su nación desaparecida. Esa donde algunas niñas tienen nombres duros como el fuego y dulces como las estrellas. Y aunque nuestra etnia no los sepa pronunciar, acaso se parezcan a la palabra “dignidad”.

Por Iván Wielikosielek

(*) Esta nota salió ayer en la revista «VIEJO MAR», de General Pico, La Pampa. Gracias, Eduardo Senac, por publicarla, y gracias Gonzalo Vega por tus fabulosas fotos; verdadera antropología de la Argentina del siglo XXI que está prohibido olvidar.

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