Último bus a Villa Nueva

Último bus a Villa Nueva

Dicen que la espera ya es “el viaje”. Y la parada de colectivos de las vías es un buen ejemplo. Un fabuloso adelanto de lo que vendrá.

Mujeres envueltas en abrigos acurrucadas en un banco como bultos. Hombres fumando bajo el chapón de la garita como haciendo guardia.
Dos chicas que no paran de mirar sus celulares mientras las pantallas le iluminan de verde o azul el rostro; carnaval electrónico para una virtual felicidad que ignora toda la desolación ambiente.

Casi no hay autos a esa hora en avenida Alem. Y frente a la parada, los hoteles se levantan con su vieja fachada oscura. Casonas restauradas que se han vuelto hospedaje, hostales baratos, comedor para la cada vez más escasa clase media Y así, recortados contra un cielo de bruma, los techos y balcones son exactamente los mismos que vieron hace dos siglos los primeros europeos, esos pasajeros que una noche se bajaron del tren sin saber que acá se terminaba el viaje y fundaron las primeras familias.

Hoy, en esta misma noche, muchos nietos de aquellos pasajeros cenan frente a una pantalla sin sentir el frío. No padecen la desolación de las calles. No toman colectivos suburbanos en la noche. No cuentan ajados billetes para un pasaje, sino que sencillamente multiplican ganancias. Son el linaje elegido en una ciudad de advenedizos. Empresarios que toman café en el centro de Villa María y cuando los llaman por teléfono dicen “estoy en reunión”. Y sin embargo, esta pequeña comitiva de sombras, es como la de sus antepasados. Esperan en las vías por un vehículo que atraviese el río y los lleve de una villa a otra; de la ciudad vestida a la ciudad desnuda; de la pampa gringa a la pampa india como decía un historiador que murió hace poco.

El bus frena con su estrépito hidráulico de animal sin aceitar; con bufidos de búfalo mecánico y trompa de pez tuerto. Su carrocería de ballena se traga a los hijos de Jonás que serán escupidos en la playa que les corresponde; las arenas oscuras al otro lado del Ctalamuchita.

El leviatán rabioso atraviesa el puente como una exhalación y avenida Carranza es un largo corredor vacío. De un costado, las fábricas apagadas. Del otro, las casitas con luz en el porche.

El bus dobla por Tucumán y se encamina hacia los barrios del sur. Almacenes a punto de cerrar apenas iluminados por tubos fluorescentes. Perros flacos intentando dormir en los umbrales o canteros. Un trabajador que pasa en bicicleta envuelto como un musulmán en su bufanda.

Las calles de tierra hacen que el micro se balancee como una embarcación precaria y que cada pozo mueva en la ventanilla la línea del horizonte. Entonces, la lejana fila de luces puede adoptar impensados ángulos o fabulosas verticalidades; como vistas desde un avión en plena maniobra. Esas luces, me digo, apenas velan por endebles familias; como hace doscientos años las lámparas a kerosén. Todo lo que venía después era el sur fantástico y salvaje; la tierra del indio infinita y misteriosa, las lejanas fogatas. Y me pregunto si alguno de esos hombres que se asoma fugaz por la ventana o si alguna de esas mujeres que salen a tirar la basura serán producto de aquel maridaje entre europeos y aborígenes; si no serán nietos o bisnietos de alguna noche de amor bajo el fuego del petróleo o el fuego de las ramas.

Una mujer y su bebé bajan en una esquina de La Floresta. Y pienso en el nombre de aquel barrio. En algún momento debió ser, efectivamente, un bosque; un fabuloso monte de algarrobos como los que aún se levantan desolados en los potreros. Pero tras el loteo se volvió precario caserío con rejas; esquina desértica con focos bamboleándose en lo alto. La Floresta… Pienso en el barrio porteño donde venden ropas. Pienso en La Floresta de la Enajenación de Pessoa. Pienso en el modo poético de referirse a toda congregación de árboles y personas bajo el follaje.

El bus no para de doblar a toda velocidad por atajos impíos. Un tour por el ripio; un recorrido más cercano al rally que al servicio de pasajeros.

Las chicas del celular se despiden en la puerta-acordeón. Bajan en paradas cercanas y cuando la última se va, el interior se queda casi vacío; apenas perfumado por la tierra y una evanescente fragancia femenina.

Ahora sólo veo un pasajero en los primeros asientos contra la luneta sucia; una bamboleante cabeza contra la “road movie” de la Ruta Dos; que a estas horas es un camino real sin carretas ni españoles. Sólo un paso de camiones cortando el aire y los autos que van hacia los barrios periféricos del oeste como yo.

Al costado de la ruta, las moles de los silos son las únicas iglesias. Y, rematadas por luces rojas en sus pararrayos, los únicos faros de aeropuerto para guiarse en las penumbras.

Al final, el bus entra al último barrio de la ciudad y llega mi turno. Salto del estribo a implacables calles de tierra mientras el colectivo se vuelve pequeña luz lejana; una luciérnaga insignificante tragada por la noche.

Hasta la madrugada no habrá otro servicio ni otras sombras en garitas oscuras. Hasta la madrugada Villa Nueva volverá a ser umbral de la pampa india o “patio de atrás” de la pampa gringa. Último caserío con faroles. Faja póstuma de ciudad que se funde en maridaje con el desierto, hasta que la muerte los separe.

Por Iván Wielikosielek
Iván Wielikosielek

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