Un alucinado relato de Yamila Juan

Chiquita-Grande

(Versión de Alicia, para adultos)

Tengo diez años. Mi hermana es un año mayor, pero igual no puedo contarle lo que me pasa. Ella se entretiene con las historias de los libros. Está acá al lado mío creyendo que me parece interesante lo que lee poniendo voz de maestra de tercero. Estamos sentadas en la escalerita que da al patio de atrás. Miro el borde de mi pollera de jean y mis piernas, las medias blancas, los zapatos negros. Al lado de mi zapato hay un agujero, no es el que hizo mi primo con el dedo jugando a la bolita. Es otro, oscuro y profundo. Mi hermana hace ademanes mientras lee. Y yo meto el dedo en el agujero. La tierra es fresca, me raspa suavemente. Mi dedo no halla el fin, quiero meterme toda yo ahí, pasar del otro lado. Quiero ver qué hay debajo de la tierra que todos pisan, ser del tamaño de una vaquita de San Antonio y cruzar, pero no puedo y lloro. Mis lágrimas caen sobre la tierra haciéndola más húmeda. En el cuento de mi hermana hay un conejo que habla y usa reloj y pantalones. Lloro porque no quiero estar en este patio todo el verano y que se me pase el tiempo. Entonces soy chiquitita, como el tío Pablo me dice que soy cuando me abraza. Mis lágrimas de cuando era grande formaron un charco, y me deslizo, caigo en embudo, toda mojada, parece que me ahogo, pero estoy sana y salva del otro lado. Con la misma ropa, pero chiquita. Empiezo a caminar y todo es lindo, veo insectos y animales que me señalan el camino, un gusano me dice: “probá esta fruta” y le doy un mordisco, no se parece a nada que haya comido. Eso me hace crecer, soy más grande que antes de caer. Veo un jardín con muchos arbustos y una casa al final… Sigo el camino de piedras, hasta que descubro que la casa al final del camino, es tan grande que no puedo entrar sin ayuda. Estoy parada en la puerta y es imposible alcanzar el picaporte. Yo quiero entrar y no puedo. Una voz de gato que no maúlla se ríe de mí. Y vuelvo a llorar. Me siento a mitad del camino, soy una niña chiquita, pero las cosas que me gustan están dentro de esa casa grande… Miro a los costados y nadie me consuela, ahora encuentro una botella en una mesita de jardín. “Bébeme”, leo en el vidrio de la botella, es dulce lo que bebo y no siento ningún dolor en el cuerpo. Entonces abro los ojos y soy grande. Puedo entrar a la casa y descubro que es de verdad… la mesa, la cama… son de verdad. Alguien vive ahí, alguien que no está. Ahora yo estoy ocupando ese lugar, lo recorro, lo huelo, lo siento… Y cuando empiezo a sentir, nuevamente la angustia me atrapa, me miro y ya no soy una nena chiquita, como mi tío Pablo me quiere. Soy una nena demasiado grande, siento que crecí en segundos, que no entro donde estoy, las paredes me oprimen, hago lo que puedo por salir… lo eché a perder… todas las cosas se rompieron por mi culpa, necesito aire. Nadie acude, nada me ayuda salvo un pequeño bocadito que seguro me dejó mi tío Pablo, lo llevo a mi boca y escucho que me dice: “Tranquila chiquitita, no pasa nada, todo es normal otra vez”. Y vuelvo a ser yo, normal, salgo por la puerta otra vez, y atravieso el jardín contenta, con mis zapatos de salir y mi pollera de jean.

El personaje del cuento de mi hermana, me dice con la voz de mi hermana mayor, “Nena apurate, ya no tenés tiempo”. No quiero llevarle el apunte, quiero seguir en este camino siendo normal otra vez, aunque, desde este lado de la tierra, donde una enorme sonrisa de gato me aconseja disparates y me siento mejor, donde encuentro una mesa con muchas tazas y tortas de cumpleaños que no son. El tiempo no pasa acá, no pasa cuando me río, no pasa cuando me asombro, ni cuando veo tantos colores estridentes, ni cuando hablo con este señor que cambia de sombreros. No sé lo que dice, pero quiero quedarme acá, por más que no entienda sus chistes.

Mi hermana ahora habla como la reina de corazones, intento esconderme detrás de una planta, igual me encuentra. Me dice: “Ya tenés cuarenta años, ¿por qué todavía usás esa pollerita celeste? Yo miro mis piernas otra vez enormes. Mi hermana tiene un peinado rimbombante y un niño que llora en sus brazos y huele mal, huele a desechos. Y vuelve a hablarme: “Yo tengo un niño y vos no. Perdiste tu tiempo”. Entonces, miro alrededor y no encuentro ningún camino. Sólo un ejército de personas rectangulares que marchan y saben adónde van. Yo no tengo sentido. Me paro en este mundo reducido, pienso que toco las nubes con mi altura y desde lo alto veo una botella sin abrir que dice de nuevo “bébeme”. Mi salvación a tiempo, la sonrisa de mi tío se aparece en la luna. La luna es un espejo y en él me veo tan chiquita, entro mil veces en la luna, y su sonrisa me absorbe al mismo tiempo que me habla. Quiero decirle a mi hermana mayor lo que me pasa, que tengo un montón de vaquitas de san Antonio en el ombligo cuando el tío nos invita a tomar el té, ella dice que no es té, que es algo de grandes lo que sirve en esas tazas y se va afuera a saltar la soga o a leer una revista. De todos modos no puede escucharme, no sabe que yo tengo otra historia que no es para leer sino para vivir, otro jardín en el que internarme en las siestas de verano… Una casa para una sola persona en la que de repente cabemos dos. Y somos dos que crecen hasta que las paredes los oprimen, hasta que se ahogan de respirarse, hasta que… Y escuchan que afuera unos estúpidos personajes dicen que hay que apurarse, que el tiempo se termina. En el reino de la reina de corazones dicen que soy chiquita para las cosas de grandes. Personajes que quieren matar a la luna. No puedo hacer nada ya, me recuesto sobre la hierba y las mariposas muertas. Extiendo mis brazos a los costados y siento el peso de mi cabeza, pero no siento el roce de mi ropa. No hay nadie y no aprendí las palabras para explicarle a alguien qué pasó. Él desapareció, pero no su boca. Fugazmente sus ojos me miran desde cualquier lado. “Ya no soy una nena”, me digo por primera vez yo misma. Vi todo lo que tenía que ver, ya no hay límites. Me asomé al horizonte y vi del otro lado, eso no se lo puedo contar a nadie sino a mi mente. La locura abunda en todos lados y quiero ser normal, por favor, un bocadillo para ser normal otra vez. Quiero encontrar el caminito de piedras y estar contenta. Nuevamente se cruza el señor de los sombreros y me ofrece un té.

El camino se tornó de cemento. Me encuentro que estoy en un juicio… El ejército de rectángulos sigue ahí a la orden de la reina. Y alguien va a morir. Entiendo que la muerte es un alivio en el mundo de los locos, pero aún así no quiero que lo decapiten. Me opongo. Mi presencia irrumpe en el juicio y los ojos de todos se dirigen a mí. Quiero decirles que no soy una nena, que puedo salvar al injustamente condenado. Aunque todo sale mal y ahora soy yo la juzgada. Sin demora, mandan a encapucharme y todos saben que mi cabeza gigante rodará entre ellos. Será un escándalo. Será la noche amarga en que ya ninguna sonrisa me hable. Será una vez más la muerte, absurda como los sueños de una nena, la que se celebre en el reino del sentido que no va a ninguna parte.

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