«Un beso virtual», un cuento de Nidia Tineo

Un beso virtual

El despertar de Jano comenzó a partir de una noche  en París dentro de la habitación, cuando recibió ese mensaje. Lo perturbó  leer en el chat aquellas dos palabras: Chau, beso. Así se despedía por primera vez, quien estaba conectado con él desde el otro lado del mundo. 

La palabra beso llegó a Jano como un flechazo lanzado por Cupido. Quedó girando locamente dentro de su cuerpo, colgado de los labios. La piel se le erizaba de tan solo pensar en ese beso que se le  deshacía en la boca como una masa  tibia, recién horneada. Lo sentía en la lengua.

Aquellas cuatro letras lo sacudieron de pies a cabeza. Jano, sentía en ese beso, un llamado. Percibía el sudor, el aliento y hasta la emoción de la persona que lo enviaba. Y empalideció de golpe, mojó remera, calzoncillos, pantalones y medias.

Desde hacía unos meses, por las noches, ellos chateaban. Jamás habían mencionado sentimientos. Se conocían personalmente desde antes, había una atracción recíproca, aunque Jano siempre se negaba a reconocerlo.

Y recordó la tarde lejana en Buenos Aires cuando vio esos ojos que le parecieron un volcán en erupción observándolo insistentemente.

-¡Qué delirio! –exclamó en voz alta en aquella oportunidad.

Recordó también cuando se sentó en las escalinatas de la Facultad para esperar a su novia Marisa y esta persona, la que acababa de enviarle el beso, se sentó muy próxima a él y le rozó la mano, y aunque el corazón de Jano vibró, su rechazo fue tajante.

Y ahora que por casualidad, retomaban el contacto a través de las redes, Jano ya no estaba tan seguro de sí mismo, ni tampoco tan indiferente. Por el contrario,  sentía unas ganas insólitas de entregarse a la repentina caricia del amor prohibido. Sus impulsos  lo hacían  revisar una y otra vez el chat,  para ver si tenía un nuevo mensaje. Y aunque mentalmente lo negaba, este anhelo le quitaba el sueño.

¿Qué me está pasando?, se recriminaba el joven. ¿Por qué me atrae de esta manera?, preguntaba en soledad, tratando de dilucidar el extraño frenesí que lo envolvía y lo ponía a las puertas de un abismo.

Por más que intentaba desembarazarse de aquellas raras sensaciones, ya no podía quitárselas de la cabeza y con el transcurso del tiempo, fueron tomando posesión de la mente, corazón y sobre todo, de su cuerpo.

-Pero… ¿qué locuras son éstas? –se recriminaba  el joven, sin saber qué hacer con tantas emociones encontradas que se agolpaban en el pecho, atropellándose,  tironeándolo de un lado y del otro.

Era tal el estado de excitación en que se hallaba, que Jano  ya no podía estudiar, ni disfrutar del viaje de estudios, mucho menos de la ciudad. La pantalla de la computadora ocupó toda su atención. Cada tarde, sentado frente a ella, esperaba el momento de chatear con esa persona, motivo de sus desvelos. Su felicidad quedó amarrada a este posible contacto.

Poco a poco, el joven estudiante fue perdiendo las riendas de su yo. No comía, no dormía, no salía del cuarto. Por momentos, se mostraba devastado; y segundos después, gozoso de sentirse vivo.

Sin embargo, se hacía miles de reproches.

No está bien, es una locura, se repetía mirándose al espejo. La imagen del flaco, ojeroso, que le devolvía  el cristal no podía ser él… ¿o sí?

Y si daba rienda suelta a sus  instintos: ¿Cómo enfrentaría a sus padres, cuando regresase a casa? ¿Qué pasaría con Marisa? ¿Qué pensaría de él? Seguramente, perdería el cariño de todos, se quedaría solo.

-¡Por Dios! ¿Qué me  está pasando? ¡No quiero!  -gritaba pegando trompadas a la pared.

Sin embargo, una fuerza inexorable como un torrente lo arrastraba. Su vida ya no sería la misma.

Sus certezas se desvanecían como palabras escritas en la arena, dejando paso a lo ignorado: ¿Dónde buscar al Jano de antes? ¿Cómo recuperar al joven alegre, despreocupado y seductor para  las chicas?

Y todo por un maldito beso virtual…

Sí. Un maldito beso que desnudó lo más íntimo y secreto sacándolo a la luz. Que pudo contra barreras invisibles que lo sostuvieron por años. Pero ahora, irrumpe ese otro lado, el oculto, el negado, para  decirle: acá estoy, existo.

Por eso, Jano tiene grabado en el cuerpo dos tatuajes: el  de Marisa, su antigua novia; y  el  de Paco, su nuevo amante.

Por Nidia Tineo

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