Un verso vuelve a rodar por mi sangre 30 años después (a Friedrich Hölderlin)

Hoy, treinta años después, volví a recuperar un verso que me había emocionado profundamente. Un verso que de tan lejano ya no sabía si lo había oído o lo había inventado; si lo había creado porque lo necesitaba (y entonces superpuse a mi sed otras voces que no eran mías) o si había empezado a ser necesidad porque lo había oído y no quería olvidarlo.
Fue, aún lo recuerdo, una tarde de invierno en la facultad de Letras de Córdoba. Una tarde muy parecida a esta, cuando la luz se vuelve glacial y preanuncia el crepúsculo; como si el cielo fuese un inmenso vitral de hielo filtrando la claridad de una misa sin Dios.

Hacía un tiempo que había decidido dejar la carrera para siempre pero por alguna razón lo iba postergando. ¿Tenía miedo al vacío por venir, a un sentimiento parecido a la alienación, a perder el último tren y quedarme varado en la estación de una angustia sin nombre? Por esos días, mi vida era sumamente desolada. Yo no tenía cómo sostenerme en Córdoba a pesar de algunos amigos. Tampoco tenía ambiciones académicas a pesar de mi libreta de trabajos prácticos. Esas notas de dos dígitos eran (lo supe enseguida) un tremendo error. Y no debía alimentar mi ego con un fabuloso malentendido. Por si esto fuera poco, no quería ser investigador ni docente ni becario. Tan solo escritor. Y mientras de noche reventaba las teclas contra el rodillo y hacía catarsis en verso y “soñaba en borrador”, los apuntes se apilaban en mi mesa de pensión barata como boletas que un pobre no puede pagar: Ullrich von Willamowitz-Möellendorf y la cuestión homérica, el “Curso de lingüística general” de Saussure, “La princesa de Cleves” de Madame Lafayette…

Pero esa tarde, en una somnolienta clase de Introducción a la Literatura, nos dan a leer un ensayo sobre un poeta alemán cuyo nombre era pura música: Friedrich Hölderlin. El ensayista se llamaba Martin Heidegger y hablaba de cosas tan inteligibles para mí como “la cositud de la cosa” o “el poeta dentro del poeta”. Aún hoy recuerdo esas frases, que más que iluminar, me rompían la poca cordura que me quedaba. 
No recuerdo los poemas de Hölderlin pero sí su clima. Como alguien que ha olvidado la fecha de una tormenta pero en cambio puede revivir sus truenos y vendavales, el aullido del viento entre las chapas o el modo en que se arremolinan las hojas en un patio antes que caiga la lluvia. Es decir, el “Sturm und Drang”. Pero lo que jamás olvidé fue esa frase, que con el tiempo no supe si era de Hölderlin, de Heidegger o si me la había inventado para dejar la facultad para siempre, Para tener una coartada que me absolviera ante Dios o lo que aún quedaba de mi pobre alma:
“es poéticamente como el hombre habita esta Tierra”

Qué quería decir aquello exactamente, no lo supe ni creo que ahora lo sepa. Pero ese verso significaba una promesa. Y pude sentir el clima de un redentor diluvio avecinándose; un agua que limpiaría las almas contaminadas de la obligación de existir y le abriría los ojos al origen, es decir al Nuevo Mundo; ese que en realidad era ancestral pero que yo nunca había visto.
“Es poéticamente como el hombre habita esta Tierra”
Y ante esta frase, ¿qué sentido tenía la universidad, los trabajos, la finitud de la vida humana? ¿Qué sentido tenía todo si lo único que había que hacer en el mundo era “salir a buscar el infinito”?
En algún momento de esa clase, la profesora nos contó que Hölderlin había enloquecido a los treinta años y que había muerto a los 80 en una torre que le construyó un carpintero (un tal Zimmermann) que lo admiraba y lo cuidó ahorrándole el loquero. Luego, leí todos los poemas de Hölderlin que cayeron en mis manos, pero nunca pude encontrar aquel poema. Y todos los demás, seguramente debido a una mala traducción, me resultaron insoportables.

Sin embargo hoy, en esta tarde del sudeste tan lejana y desapacible como aquella tarde cordobesa, he encontrado en la biblioteca donde trabajo “Hölderlin y la esencia de la poesía” de Heidegger, con la “cositud de la cosa” incluida. Pero en medio de las especulaciones filosóficas estaba aquel fabuloso mandamiento que solo cabe en un verso. Aquel verso que más que en una antología, acaso debiera estar en las tablas de la ley de todos los hombres.

Y así, arrodillado contra la ventana, he sentido un sobresalto en el espíritu como aquel que tuve a los 18 años. Yo, que estoy viejo y ya no salgo a buscar el infinito. Yo, que llevo un trabajo burocrático de lunes a viernes. Yo, que no me he vuelto loco pero que sigo percibiendo esa tormenta prometida (“la eternidad se acerca como un mar que muge”, escribió Lautréamont); aspirando en el aire de la tarde los litros del diluvio, viendo bailar su danza a las hojas en las veredas como alguna vez bailó mi alma en los patios del mundo.

Por Iván Wielikosielek

Compartir

Autor

Avatar