Una confesión inesperada (cuento con mujer evangelista)

Una confesión inesperada (cuento con mujer evangelista)

1-
Tras un camino polvoriento, la chata de Hugo entró en un atajo. “¿Te bajás a abrirme la tranquera?”, me dice. Salto de la chata y cuando vuelvo, me dice “capaz que en la estancia está el Mario” agrega. Se trata de un amigo suyo que crucé un par de veces y que apenas recuerdo. “Le di la llave y algunas tardes se viene a fumar un puro”.

Y en efecto, frente a la vieja estancia de Hugo veo un coche deportivo. Su color brillante contrasta con el apagado ladrillo de la casa. Y me pregunto si los abuelos de Hugo se hubieran imaginado hace cien años semejante tecnología en el patio.

En la galería, Mario fuma un cigarro negro con aroma a chocolate. Pero al contrario de lo que imaginé previamente, su estampa no es la de un empresario excéntrico que deja su oficina y viene a contemplar la naturaleza. Hay algo en su mirada, en la brevedad de su saludo, en la pesada economía de sus gestos (gestos que parecieran emerger como fragmentos de un barco roto desde el fondo pesado de su ser) que me hacen pensar en otra cosa. Y hasta Hugo, que viene hablando fuerte y le dice “ponéte la pava para un café”, se da cuenta. Y así, sin que nadie le pregunte, Mario cuenta todo.

2-
“Se me acaba de morir un amigo Hugo, el Tato Rossi… Bah amigo… En realidad era un cliente pero en el último tiempo nos habíamos hecho muy compinches con su familia… El Tato era un tipo al que yo respetaba mucho porque se hizo de abajo. Era casi analfabeto y todo lo que heredó de su familia fue una máquina de hacer pastas. Pero el tipo le supo encontrar la vuelta. Hizo tallarines frescos y los empezó a vender en la ciudad. Al poco tiempo lo asoció al hermano, el Zurdo, y entre los dos empezaron a vender a Tío Pujio, Oliva, James Craick… Anduvieron tan bien que cuando los hijos del Zurdo crecieron, entraron a la fábrica también. El tema es que el Tato no tenía hijos para poner en la empresa. Seguía soltero y creo que por eso trabajaba tanto. Hasta que en un asado en casa de su hermano conoce a la Lili, una amiga de su cuñada. La Lili era profesora de algo pero trabajaba en un estudio. El tema es que el Tato ya tenía cincuenta pirulos y la Lili no llegaba a los treinta. Y cuando me contó que la mina estaba re buena y era súper inteligente, yo pensé que nunca le iba a dar bola. Porque las minas así son como de otro mundo y siempre se la enganchan otra clase de tipos, empresarios con autos como el mío –Mario se rió por única vez durante todo su relato-, tipos con más chamuyo y no un bruto que sólo sabe hacer fideos. Pero un mes después, cuando el Tato me invita a su casa y me presenta a la Lili, yo me puse muy contento. La chica era realmente preciosa y…

3-
“¿Nunca te pasó, Hugo, de ver una chica que sentís que podría haber sido tu mujer? Bueno, eso me pasó aquel día. Sólo que como uno ya está grande y tiene ganas de que le vaya bien a los amigos, me puse contento de verdad. Al poco tiempo se casaron y si hoy la fábrica es la que vos conocés, se lo debe en mucho a la Lili, que es una mina con mucho más cabeza. Ella le dijo “pongamos la sucursal en Córdoba, pongamos más empleados, hagamos ravioles”. Al poco tiempo tuvieron hijos. El Nano y la Malena, que vos los conocés… Y cuando terminaron el secundario, los chicos también se pusieron a trabajar… Pero entonces vino el problema. O a lo mejor el problema venía de mucho antes… El Tato empezó a maltratar a su esposa. Bueno, maltratarla suena fuerte, pero doy fe que a veces la rebajaba en público. Le decía que a la fábrica la había hecho él solo, que de no ser por él, ella seguiría en esa oficina de mierda con el jefe que la acosaba. Y si ella daba una opinión de cualquier cosa, la hacía callar. Que yo sepa no le pegó nunca. Pero la Lili era una mina independiente y no le debía nada al Hugo. Creo que si estaba con él era, sencillamente, porque lo quería. Son esas cosas mágicas que pasan una sola vez en la vida. Y a mi amigo le pasó. El caso es que la Lili empezó a tomar…

4-
“Ya sabés, una botella de whisky con las amigas por acá, un vodka con naranja jugando a la canasta por allá… Y empezó a tener serios problemas. Y cuando se picaba, le decía “un día de estos vas a llegar a casa y no me vas a ver más”. Dicho y hecho. Un día, efectivamente, la Lili se había ido con otro. Había empezado a ir de los evangelistas por su problema con el alcohol y un día la mandan a predicar con gente de otro pueblo. Y ahí se encuentra con un ex novio del secundario; un pobre diablo que trabajaba de sereno. Era un amor espiritual, me dijo la Lili una vez que la crucé en la calle. El Tato estaba desesperado. No podía creer que la mina se le fuera con un muerto de hambre por razones teológicas, cuando él le había dado la gran vida, le había comprado un auto y cada pelea la resolvía con un par de zapatos. Esa vez que la vi en la calle, la Lili estaba más linda que nunca. Te juro. Ya tenía 50 años pero había dejado el chupe y parecía de treinta ¿Y sabés lo que hizo el Tato cuando se enteró? ¡Se fue a la iglesia a hablar con el pastor! ¡A pedirle por favor que la hiciera entrar en razón a su mujer! ¿Y sabés qué le dijo? Le dijo que en ningún lugar iba a estar mejor que compartiendo la vida con un siervo de Cristo. Desde ese entonces, no la vio más. Hablaron varias veces por teléfono porque estaban los hijos de por medio. Pero ella tenía la decisión tomada. Yo lo empecé a ver mal al Tato. Pero nunca pensé que le iba a dar un infarto con la salud que tenía… Lo de Lili le aceleró todos los achaques. Hace dos años parecía de sesenta y el mes pasado, que fue la última vez que lo ví, parecía de ochenta… Hoy me llamó la Malena para contarme, y al final me dijo que la Lili ni fue al velorio, que se había ido con el novio a un encuentro a Rosario. ¿A vos te parece que eso es de buen cristiano?”

Mi amigo Hugo hace una seña y cuando Mario lo mira le dice “¿azúcar o edulcorante?” Y ya no vuelve a tocar el tema.

Por Iván Wielikosielek

Compartir

Autor