A una diosa de mi pueblo

Iván Wielikosielek

Iván Wielikosielek
A una diosa de mi pueblo

Ella no se muda ni envejece. Sólo está ahí, blanca y joven como una aparición al frente de mi casa. O como lo que realmente es, una diosa adolescente.

Sin embargo, alguien la trajo algún día. Fue hace 80 años ya Y durante la intendencia de Lafourcade, el hombre que quiso darle a Ballesteros un jardín francés. Quizás (pero a esto me lo imagino yo) a la diosa la enclavaron en un atardecer de invierno como este último en que la fotografié. Acaso nadie sabía que se trataba de una diosa y todos pensaban que era una simple estatua, una más de molde como tantas hay en plazas y paseos. Pero el yeso que la cubre apenas si es su casa; del mismo modo que una casa no son los ladrillos que la levantan sino la gente que la habita.

Sin embargo no todos pueden ver la diosa que habita esa talla de mujer desnuda. O mejor dicho, no a todos se les manifiesta. Eso es lo que yo pensaba cuando era chico, cuando leía una enciclopedia que se había olvidado mi viejo cuando se fue para siempre de casa. Eran varios tomos de mitología griega y ahí se hablaba de dioses que se convertían en cisnes para fecundar ninfas, o d0iosas que bajaban del Olimpo y se acoplaban con los hombres.

Aquella enciclopedia (todavía la recuerdo) estaba ilustrada con pinturas y fotos de estatuas griegas. Y los bustos de Afrodita o Tetis se parecían tremendamente a mi vecina del cantero; a esa mujer que cada día me veía desde su pedestal jugando en la vereda.

Un lejano atardecer de invierno tal como el último en que la fotografié, la diosa me miró a los ojos. O yo quise creer que me miró a los ojos. Crecí con esa convicción y puedo asegurar que así fue; por más que la talla estaba vaciada de pupilas como en el arte heleno. Ella había reparado en mí con sus ojos vacíos. Y me me vio crecer, irme (fue la única mujer de la cual me despedí) y volver, viejo y cansado.

A veces, cuando cae la tarde sobre el bulevar y las luces de calle aún no se han encendido, me digo que es el mejor momento para ver la luz en sus ojos. Y entonces le saco fotos de frente y de espaldas. Y su silueta contra el cielo se parece a la de una gigante que camina por los techos.

Si los dioses se pueden convertir en cisnes, como Zeus, ¿por qué una diosa no puede convertirse en estatua o meterse adentro de una? A veces creo que eso fue lo que pasó. Que la inmortal que vive adentro del yeso, bajó mucho después del año ´38. Quizás 40 años después, cuando en una vieja tarde del mundial yo leía esos fascículos para invocar en secreto a mi padre. Y acaso, sin saberlo, activé algún conjuro y la invoqué a ella.

Hoy sólo le pido que me diga, por última vez con su mirada, que por más que los cuerpos envejezcan, la belleza es eterna. Que acaso se puede manchar como una lluvia de otoño que ensució el yeso de su casa, que no envejece jamás. Y que en un reino que no es de este mundo, la juventud no es efímera como un breve atardecer, mientras se prenden las luces en Roque Sáenz Peña y ella vuelve a mirar el bulevar como una mujer triste y vacía.

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