Una librería donde los textos se venden, alquilan o regalan

Es loquísimo lo de esta señora. Lo único que se entiende, lo único convencional del negocio que tiene sobre Jorge Newbery al 2400, es un cartel con nombre: El Arca de Noé. La confusión empieza, como corresponde, en la puerta.

De afuera se ve un escritorio, un velador, un teclado y una mujer que escribe sin parar. “Permiiiiiso, ¿puedo?” La extraña sensación de tener que pedir permiso para meterse en un comercio es todo una característica. Iris Demirtsian tiene un local que da a la calle pero ella no se piensa del todo pública. “Adelante, pase”. No lo dice con tono de sucursal. Las sucursales se caracterizan por contestaciones de una cordialidad maquinal. “¡Pase!” El salón tiene una mesa larga donde se hacen lecturas de escritores argentinos. Hay una biblioteca con estanterías dedicadas a clásicos y libros que, de lejos, son fáciles de desechar: Majul, Pigna, neurociencia, una turba de autoayuda. En el canasto de los que se venden a 30 pesos está El Pasado, de Alan Pauls. El estante del fondo es para libros de Balzac editados en 1901. Hay rarezas como un ejemplar de César Aira muy bien exhibido, pero cuando preguntás, Iris dice que preferiría no venderlo. Bartleby, el personaje más querible de Melville, se negaba con idéntica elegancia.

La señora pide un minuto para terminar de escribir un verso. Aclara que es poeta y señala un libro de poemas propios.

Como los dibujos de Escher que mirás y creés entenderlo todo aunque después descubras otra realidad, así te sentís tratando de averiguar si esto es una librería, si es una biblioteca o si nos metimos en el living de la señora.

Podría ser la locación perfecta para una película de Roberto Arlt. Predominan el color pastel, los marrones y un olor a libro viejo que te lleva de las narinas hasta que recibís un cachetazo de novedad: otro Majul nuevito, como recién salido de fábrica.

La vidriera tiene un tamaño respetable. Si rápidamente pensás en una librería, te quedás corto. No vas a entender nada hasta que te amigues con la curiosidad.

“Llegué a tener alrededor de 1.200 socios. Empecé con los alquileres de libros en el ‘92. Ese año puse el fichero porque los ‘90 fueron una década de poca lectura y poquísima venta. No se leía y se me ocurrió lo de alquilar y lo de aceptar donaciones sin descartar la venta de libros. Yo empecé intentando tener un negocio tradicional que ha ido mutando. Hice lo imposible por salvar mi librería”.

Yo empecé con un negocio tradicional que ha ido mutando. Hice lo imposible por salvar mi librería, dice la dueña.

Dijo librería. ¿Un fallido? ¿Un genérico? En los volantes que ella misma reparte se lee “Biblioteca circulante”. Y se lee una súplica: “No renuncie a la lectura”. En algunos casos, los precios son tan inverosímiles que podrían pasarse por alto. Para los nostálgicos del viejo y querido “Deme dos” argentino esto es la Meca. La mesa larga que ocupa casi todo el salón tiene un frasco de Arlistán y tres pocillos.

Iris hace un ademán para que cerremos la puerta y ofrece café.

Está ahí desde hace casi 30 años, pero todavía existe gente que intuye sin saber muy bien qué pasa adentro. De golpe entra una estudiante de Ciencias de la Comunicación para saberlo todo, todo, todo. El local vende libros (claro), alquila libros (!!), presta libros (!!!) y, llegado el caso, regala. La librería utópica de Buenos Aires no tiene días ni horarios fijos. Está abierta o está cerrada. Iris es la dueña y la única empleada que lo atiende desde 1989. Donde ella gobierna, lejos de las ordinarias leyes de mercado, lo único que importan son las intenciones literarias.

“Donaciones acepté en su momento, pero no me gustan. Yo quiero elegir qué libros tener y qué libros recomendar. Compro nuevos y usados y si este lugar es muy sui géneri es todo por mi culpa”, sonríe. “Me gusta estar y me gusta irme de viaje a cualquier parte. Hay días en que no entra nadie. Si El Arca funcionara como un negocio común debería decirte que estoy en serios problemas. Pero yo vivo de otra manera”. ¿De qué manera? “Este es mi refugio. Si no se entiende, vos preguntá. ¿No percibís que este lugar tiene una vibración contenedora? Sí. “Es mágico, ¿viste? Es un resguardo para escapar de todo lo que pasa afuera.

La chica de Sociales quiere que Iris le cuente su vida. “Las ideas raras vienen de papá. Papá era un poco loco. Fue un inventor, trajo el volquete a la Argentina y corrió en Turismo Carretera. Era una personalidad llamativa”.

El Arca de Noé tiene clientes, socios y beneficiados. A los primeros, les vende (obvio). A los segundos, les alquila (cada novela: 20 días). Los terceros son de una cetegoría antojadiza y sin requisitos mínimos.

Librera 2
Una librería donde los textos se venden, alquilan o regalan
En Jorge Newbery al 2400, Colegiales, Iris está al frente de un local que es un mix entre librería y biblioteca.

En Sociales hay quien quiere estudiar El curioso caso de la librería de Colegiales.

“Tenía que ser una librería. Cuando dejé de ser profesora de Instrucción Cívica le dije a mi marido que necesitaba una librería y me vine a este local”. ¿“Necesitaba”, dijo? “Sí, era una necesidad. Me fui adaptando a los tiempos de este país y lo fui haciendo sin proponérmelo. Simplemente se fue dando. Pensá que yo empecé con la librería en plena híperinflación, a finales de los ‘80” La mujer habla, la chica toma nota. “Primero vendí hasta que la pasé mal y se me ocurrió lo de los ficheros y los socios como si esto fuera un videoclub. Ahora todas esas modalidades coexisten con fichas de socios, precios de libros y precios de ofertas que yo considero. Incluso regalo libros… depende”.

Después llegaron los talleres, las lecturas de poesía, sus propio libro, las donaciones, la compra de usados. Su tentativa librera hace que hasta allí vaya el hombre que lee caminando, auténtico innovador del “movimiento literario” que deambula la zona con un libro y mira de reojo para no pisar a ningún caniche toy.

“Los recomendaciones que hago no tienen ni una pizca de compromiso con las editoriales”, dice para rivalizar con el ambiente. Son sugerencias a las que nunca se atreverían Eugenia Zicavo y demás agitadores culturales. “A veces traigo libros de casa, mis propios libros, y los alquilo para que los disfrutemos entre todos. Sólo recomiendo lo que leería”. ¿Me definiría al lector de Colegiales? “Colegiales es de leer novelas, igual pueden pasar días sin que entre nadie. Socios me quedan nada más que 15… ¿Te gusta Follet? A este libro de (Ken) Follet le tengo mucho cariño porque se alquiló muchísimo. Si te gusta, te lo dejo a $ 20 pesos los 15 días”.

Fuente: Clarín. Nota Diario de cultura

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