Una manchita blanca entre los tilos

Durante la primavera y el verano, Tolstoi se levantaba temprano, tratando de escapar a las miradas de los visitantes demasiado madrugadores. En el bolsillo de la blusa mantenía siempre una libreta de apuntes; mientras vagaba por el bosque vecino, si algún pensamiento pasaba por su mente, se paraba de repente para apuntarlo, ya fuera sobre el tiempo, sobre la muerte o sobre la vida futura. Una hora después regresaba, llevando en la ropa el aroma del campo y del bosque: llevaba consigo alguna flor y de vez en cuando la llevaba a la nariz para aspirarla.
El visitante venido de cerca o de lejos -Chejov o Rilke o Bunin o Gorki, algún político inglés, un psiquiatra italiano, un apóstol de cualquier fe, un inventor de cualquier invención, un periodista, un joven nihilista- le salía al encuentro en la avenida. Veía primero entre los tilos una manchita blanca, como la que el sol proyecta en un muro a través de la fronda de los árboles. La mancha crecía y pasaba alternativamente de la sombra de los tilos a la luz. Caminaba lentamente, apoyándose en una caña, como un viandante algo cansado. Al fin, llegaba un viejo de gran barba blanca, con paso aún juvenil, las piernas apenas arqueadas, vestido con una larga blusa y con pantalones tan anchos que se hubiera podido tomar por pantalones turcos.
El biógrafo italiano Pietro Citati escribió “Tolstoi” en 1983 y allí hace una semblanza de la actitud del autor de “La guerra y la paz” y de “Ana Karenina”, ante la presencia del caminante conocido o desconocido. Lo examinaba, de entre el bosque de las cejas salía una mirada dura, nada bondadosa, impenetrable, agudísima. Una “mirada de lobo” que daba la impresión de un barreno que taladrara la mente. Turgueniev decía que le parecía ver salir la punta por la nuca de las personas. Después, la escena se transformaba. Tolstoi adoptaba un extraño aire paternal: se inclinaba levemente hacia adelante, le tendía, o más bien le lanzaba al visitante una mano grande, rugosa, nudosa, en la cual encerraba suavemente la suya. Le sonreía con una sonrisa encantadora y buena, un poco triste y llena de compasión, mientras el visitante se daba cuenta de que aquella mirada terrible era tan sólo una mirada fija.

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Con la gracia de un viejo señor, Tolstoi invitaba al visitante a entrar, le indicaba una silla y empezaba a escucharlo. En cuanto el tema de conversación se volvía serio, se encendía: el rostro se estremecía, los ojos brillaban con todos los matices; mientras movía las manos de leñador o de picapedrero, agitaba los dedos, los cerraba lentamente, luego los abría otra vez, de repente, y pronunciaba una bella palabra popular, rica en significado, elegantemente precisa. Si Tolstoi quería agradar, lo lograba más fácilmente con una mujer bella: sonaba su orquesta verbal de mil instrumentos, hablaba de Lao-Tsé y de Buda, de Pushkin y de Maupassant; dibujaba caracteres terribles, refería aventuras de su juventud y anécdotas del gran mundo, alternando la flauta, el violín, el violoncello y el tambor, como un extraordinario hombre orquesta.
Todos los días escribía en su diario, o más bien, en sus dos diarios: uno más pequeño, que reservaba para la taquigrafía inmediata de los pensamientos; y otro en que desarrollaba las primeras anotaciones. Tolstoi trató de ocultar la libreta secreta de los celos de su mujer y la escondió en una bota. Pero era perfectamente inútil: después él mismo le encargaba a su hija Masha que copiara una parte de los diarios y se los mandara a Chertkov para que extrajera de ellos opúsculos morales. Así, su vida perdía todo carácter de intimidad: no había nada que no fuera leído o no fuera publicado; la existencia de cada día parecía una escena teatral para diversión del público.
El diario de Tolstoi no era, por otra parte, uno de los grandes textos de la vida interior donde se sigue paso a paso cada sobresalto del ánimo: él sólo podía confesarse en tercera persona, transpuesto en una figura novelesca. En esas páginas que hablan siempre de él, lo que nos llama la atención es la minuciosa contabilidad cotidiana. Tenía necesidad de ser acompañado por un espejo más fiel que un archivista, que registrara cada gesto suyo. Precisamente él, que declaraba que vivía sólo en el presente, no permitía que el presente huyera quedando vivo tan sólo en el recuerdo, y lo asentaba, lo anotaba, lo transcribía para estar seguro de haber vivido.

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Autor

Raúl Bertone