Una tarde del `79 en el Circo «Tihany»

Nunca pensé que asomándome a un catalejos de plástico pudiera ver mi pasado. Pero eso fue exactamente lo que me pasó ayer, cuando en una vieja caja de fotos lo encontré. Eran, en realidad, cinco visores del tamaño de un llavero. Y en uno, por la mirilla del tamaño de una aspirineta, volví a verme al contraluz del sol y del tiempo con mi madre, cuarenta años atrás. Más precisamente en una noche de septiembre del ´79 en el Circo Tihany.


Todavía recuerdo esa tarde depresiva y tormentosa como la mujer que me acompañaba y que (estaba seguro) me había llevado a Córdoba no para que me viera el médico del asma sino para asesinarme. Fue, de hecho, algo que me dijo varias veces en esos días a raíz de mi comportamiento. Pero al percibir el nubarrón que se había posado en su mirada depresiva, yo temí lo peor.


Esa tarde, además, mi madre se había peleado con su hermana, es decir con mi tía. Y deberíamos cambiar de alojamiento al caer la noche. Pero a la tarde y para esquivar el trámite molesto, y sobre todo sabiendo de mi fascinación por los tigres, me había llevado al circo.


Aún recuerdo aquel anfiteatro circular levantado en butacas de color turquesa sobre un piso de tierra como los que a veces venían al pueblo. También recuerdo el fuerte olor a felinos, a pralinés y pururús mezclado con lociones baratas y el azúcar de un copo rosado derritiéndose en la boca de una nena; perfumes evanescente que no recuperaría ni con el mejor sintetizador de recuerdos.


En cambio aún me acuerdo de la trapecista del circo; una chica de maya plateada saludando al público desde las alturas, y de la excitación que sus piernas causaron en mi incipiente masculinidad de ocho años. También del mago, del hombre andando en una bicicleta minúscula y del globo de la muerte.


Pero nada me impresionó tanto como los tigres.


Apenas los vi entrar a la jaula, me escapé del control de mi madre y salí corriendo por el pasillo. Acaso prefería morir devorado por las fieras antes que asesinado por esa mujer que ya me había sentenciado. Digamos que un accidente podía ahorrarle a ella un filicidio y a mí un karma espiritual de cara a una próxima reencarnación.


Aún recuerdo que, en mi loca carrera, alcancé a tocar los barrotes no ya de la jaula sino de la valla que la cercaba, pensando que esos fierros me transmitirían algo del poder de aquellos animales para subsistir.


Pero entonces uno de los guardias, tomándome con las tenazas de sus manos, me llevó de nuevo a mi sitio. Allí, la creadora de mis días me recibió con una cachetada fulminante, un tirón de pelos (que involucró buena parte de las mejillas y una oreja) y una frase que me quedó sonando toda la noche: “te voy a matar cuando salgamos de acá… Todavía no, pero sí cuando salgamos”.


Lo cierto es que yo, aterrado por los brazos de esa mujer que ahora me sujetaban como una camisa de fuerza (prefería infinitamente las tenazas del guardia), me sentí por primera vez morir. Y una vez más, los viejos terrores del pueblo hicieron nido en mi corazón: el silencio demencial de los sábados a la noche cuando mi madre se iba a bailar y me dejaba solo en la casa, o su depresiva ceremonia de lavarse los dientes a la una de la mañana en invierno con su boca babeando espuma, rabia y dentífrico enfermo.


Pero me sentí morir, sobre todo, al imaginarme lo que vendría en la noche: la salida del circo, la caminata hasta el corazón del parque y quizás el asesinato llegaría en las inmediaciones ¿Cómo estar tranquilo? ¿Cómo pensar en dormir si quiera?

En el preciso instante en que estrenaba en mi cine mental la película de mi brutal asesinato, ella, mi madre, sacudiéndome del brazo me dice “infeliz, mirá a la cámara que el hombre nos va a sacar una foto”. Y antes de que yo tomara conciencia de sus palabras, el hombre disparó su flash. Sentí lo que imagino debería experimentar un condenado a muerte al que fusilan sin avisarle. Y algo de cara de fusilado hay en mi tez repentinamente pálida, en mis ojos curiosos pero sobre todo asustados; en mi aura de niño insoportable y a la vez desvalido. Y algo de una depresión sin nombre (la violencia del divorcio, el resentimiento de la soledad) hay en los ojos de mi madre que me vuelven a mirar a mí (y no a la cámara) desde aquel desvaído fotograma del pasado.

Yo no sabía (yo no podía saber) que aquel momento de flash artificial estaba preparando de alguna manera este momento preciso; esta toma de conciencia como un fogonazo que acaba de iluminar mi pasado.


Pero tras mirar aquella película inmóvil en la pantalla cerebral de mi cine privado, abrí el catalejo de plástico. Y fue como abrir un corazón para entender a dónde se alojaba el humor de la melancolía. Y entonces extraje aquella diapositiva. Una pastilla pequeña como un chicle plano, delgada como el papel, evanescente como un perfume de copo rosado que se pierde en la platea.


Pero allí no había sentimientos ni depresión. Tan solo una película microscópica como la radiografía de una muela brillando al sol.
Y pensé, si de alguna manera, algo de la luz de esta mañana no habría llegado a mi corazón de niño para sobrevivir a aquella noche. Y, también si algo de esta luz no iluminó, por efecto rebote, los ojos de mi madre para volverla una mujer más comprensiva. Porque al otro día ya se había olvidado de sus promesas homicidas. Sólo había guardado aquel mirador de plástico en su cartera junto a sus pastillas para los nervios y las mías del asma. Y nos tomamos una cada uno cuando el tren nos trajo al pueblo al otro día. Ella leía una revista “Antena” y yo miraba por la ventanilla de primera clase. Era una interminable película donde no había asesinatos de niños, ni madres chifladas ni tigres ni trapecistas de maya plateada saludando en las alturas. Las cosas que, al fin y al cabo, eran las que me interesaban. Así que lo mejor era dormir durante el viaje y fue lo que hice.

Por Iván Wielikosielek

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