El uruguayo que cambió el “Che” por Jesús

Oriundo de Salto, Eduardo Rodríguez militó en el Frente Amplio de “Pepe” Mujica durante la dictadura pero en el ´89 se exilió en Buenos Aires. Allí se convirtió al Evangelio y en el ´99 se radicó en Ballesteros para fundar una iglesia y trabajar en adicciones, cosa que sigue haciendo desde la “Peña de Horeb” de barrio Los Olmos. En la actualidad vende boletos en la terminal del pueblo que considera “su casa”.

Los pasajeros sacan boleto para el coche de las 13 a Villa María y Eduardo se los vende hirvientes, recién sacados de una impresora chorro a tinta con una sonrisa. Tiene tanta práctica en el “mettier” que cualquiera diría que nació en una empresa de colectivos. Pero jamás trabajó en el transporte público uruguayo. Muy por el contrario, 40 años atrás era marinero y zarpaba rumbo a Nigeria; 10 años más tarde se asociaba en la carpintería de un hermano en Buenos Aires y hace 20 años llegaba a un pueblo del que jamás había oído: Ballesteros. Desde entonces, Eduardo aún sigue aquí. Y cuando el bus sale de la dársena puntual con su chorro de humo azul y se pierde en la ruta como un cometa, el hombre cuenta la historia que lo depositó en este preciso rincón del universo.

En la barricada con “Pepe” Mujica

“Mi historia es media complicada y pocos la conocen. Yo soy de Salto, que es la cuarta ciudad de mi país después de Montevideo, Punta del Este y Colonia. Allá están las mejores aguas termales de Sudamérica y en esa zona se sigue buscando petróleo. Porque donde hay aguas termales dicen que hay crudo. Mi papá era uruguayo y mi madre, argentina de Concordia. Pero un día ella se fue de casa y crecimos solos con mis cinco hermanos. Terminé la primaria y cuando fui al secundario empecé a trabajar. Era cadete de una farmacia pero también correo clandestino de los Tupamaros, que eran los Montoneros del Uruguay. Después ingresé en la universidad y fui parte del movimiento estudiantil. Pero cuando vino la redada grande del ´73 y cayó el gobierno yo caí también. Tenía 17 años y me trasladaron a una unidad en la capital. Estuve preso más de dos años. Del ´73 al ´75. Pero como en ese tiempo me hicieron estudiar en la Armada, cuando vino la amnistía pedí quedarme dos años más para terminar. Me hice marinero y al poco tiempo viajé a Nigeria, Venezuela, Sudáfrica y Arabia Saudita en el “Oribe” y el “General Rivera” a buscar petróleo. Al volver de esos viajes pedí la baja. Porque a pesar del tiempo que pasé ahí seguía siendo fiel al “Che”. Estaba con la gorrita y todo. Pero volví del mar muy mal arreado, como se dice allá. Empecé a tener problemas con la gente por mi forma de pensar. Chocaba todo el tiempo y encima había empezado a consumir cocaína. Así que volví al partido. Hasta que una noche del ´79 acepté una misión que me cambió la vida”.

-¿Por qué?
-Porque era pesada y con armas. Los Tupamaros teníamos esa idea del antiimperialismo. Queríamos derrocar al gobierno como sea y no teníamos problemas en usar la violencia para imponer una idea. Estábamos al lado de los pesados pero también de los idealistas. Para que te des una idea, yo lo conocí de joven a “Pepe” Mujica, el fundador del partido. Estaba sentado al lado mío en un garage, como yo estoy sentado con vos. Y nos dijo: “los hijos de sus hijos van a llevar el Frente Amplio al poder, porque van a aprender lo que ustedes le van a inculcar”. Pasaron 40 años y esas palabras se cumplieron…

-¿Y qué pasó esa noche del ´79?

-Pasó que mataron a tres de mis compañeros. Yo me salvé de milagro y me retiré de las acciones pero seguí militando. Diez años después las cosas no iban mejor. Yo me había casado y estaba comprometiendo a toda mi familia, a mi señora y mis hijos. Así que mi padre me dijo “andáte a Brasil o a la Argentina, no nos sigás metiendo en problemas”. Así que tomé la decisión más sabia y me vine a Buenos Aires.

-¿Alguien te esperaba?
-Sí, mi hermano, que se puso una carpintería cerca de Fuerte Apache. Empecé a trabajar con él. Hacíamos muebles de algarrobo y al poco tiempo ya sabía lustrar. Pero volví a caer en la droga, producto de la joda y de la noche. Hasta que un día mi señora me dijo “o la cortás o se termina todo y me voy con los chicos”. Yo había decidido que quería cambiar de vida pero no sabía cómo. Hasta que en una persona de la iglesia evangélica me vino a ver un día. Gracias a esa persona yo descubrí a Jesús… Y volví a nacer…

-¿Tenías alguna creencia religiosa antes de ese día?
-No… Yo iba para donde me llevaba el viento. Había estado en la revolución, en las adicciones y en pillerías, pero estaba vacío y enfermo. Me hice tratar con psicólogos y especialistas. La cocaína me producía unas migrañas horribles y lo único que me calmaba era meter la cabeza en la heladera. Se me estaba destruyendo todo a mi alrededor. Pero luego de conocer a Jesús, todo fue reconstrucción. Y en Buenos Aires, mientras estaba en la carpintería, me hice parte de la iglesia. Así que empecé a trabajar con gente joven que tenía problemas de sida y adicciones; como alguna vez los tuve yo.

-¿Y cómo llegás a Ballesteros?

-Porque en el ´90 empecé a hacer viajes misioneros. Íbamos al sur y al norte, juntábamos cosas y le llevábamos a la gente más pobre. Fui a Chubut en El Maitén y a Salta con los indios. Y así durante diez años. Hasta que un día me recomendaron la misión de venir a Ballesteros y fundar una iglesia. Y por cierto acepté. Cuando llegué no conocía a nadie. Pierucci me alquiló dos garajes y ahí arrancamos. Antes hubo iglesias evangélicas pero ninguna se quedó tanto. Enseguida hicimos un comedor y dábamos la merienda. Y también me empecé a dedicar a sacar chicos de la droga. Cómo será que mi hija, que era chiquita y me ayudaba, ahora es trabajadora social y está en Casa Nazaret de Villa María…

La “Dama de Blanco” que desembarcó en el pueblo

-¿Y había chicos que consumían en el Ballesteros del ´99?

-¡Claro que había! Pero en el pueblo nadie lo quería ver. Cómo será que un día el “Cocho” Latino de la FM “Polaris” me hizo una entrevista. Y cuando dije que había droga en Ballesteros lo llamó un montón de gente diciendo que yo mentía, que decía eso para ganar adeptos. Pero cuando los casos empezaron a saltar, los mismos padres vinieron a la iglesia a pedirme ayuda. Por suerte, a varios los sacamos adelante. Incluso algunos se hicieron parte de la iglesia. Otros se fueron y algunos, lamentablemente, se siguen drogando. Los que hemos tenido problemas de adicciones la detectamos en cualquier lado. Yo siempre digo que el que no pasó hambre no sabe lo que es el hambre.

-¿Y cómo la detectaste?
-El primer lugar donde vi chicos drogándose fue acá en la Terminal. Habrán tenido 16 o 17 años. A los pocos días los volví a ver. Era un grupito más grande. Me acerqué y les hablé y por suerte me escucharon. Les dije que aunque no lo supieran, con eso se estaban matando; que Dios y las personas que los querían tenían otros planes para ellos, que me vinieran a ver para lo que necesitaran. Por suerte muchos vinieron. Pero desde que me fui de la iglesia de acá, que ya no se trabaja en adicciones. Es un vacío terrible. En Ballesteros hay cinco iglesias evangélicas más la Católica pero ninguna encara las adicciones.

-¿Por qué te abriste de la iglesia del pueblo?

-Porque falleció quien llevaba adelante la institución desde Buenos Aires y asumió otro pastor. Y como yo no estuve de acuerdo con su nueva visión, me fui. Mandaron a otro pastor y está todo bien. Pero yo no puedo trabajar donde no estoy de acuerdo. La visión del pastor que me puso era ayudar a los niños, a las madres solteras y a los jóvenes con problemas de adicciones. Y para los pastores actuales eso no es una prioridad. Por eso me fui a Villa María. Ahora estoy en una iglesia pequeña de barrio Los Olmos, la “Peña de Horeb” en la esquina de Aguirre Cámara y Mercedarias. Es la Iglesia Pentecostal de Santidad. Trabajamos muy bien con el pastor Miguel Almada. Pero sigo queriendo abrir un lugar para las madres que dejan a sus hijos en guarderías. Ya compré el terreno acá…

-Decís que las iglesias de Ballesteros no trabajan en adicciones ¿Hay chicos con problemas en la actualidad?
-Hoy en día, sin temor a quedarme corto, hay unos 50 o 60 jóvenes que consumen. Y lo peor de todo, hay gente que vende. Las adicciones se han instalado en todas las clases sociales, pueblos y ciudades. Al igual que las enfermedades, la droga no hace ninguna diferencia social. Y las iglesias no trabajan porque es un laburo muy duro. Nadie te lo paga y nadie te garantiza que vas a tener éxito.

-¿Y vos, por qué lo hacés?

-Porque siempre sentí ese mandato. Alguna vez tuve el mismo problema que esos chicos y un pastor me ayudó a salir. Uno que tampoco ganó plata. Pero la plata no importa- El Evangelio dice que recuperar una oveja perdida te alegra más que saber que las otras 99 están bien. Y algo de eso nos pasa a quienes abrazamos esta misión.

-¿No sos optimista sobre la juventud del pueblo?

-Te diría que no sé lo que podrá pasar en dos o tres años si esto sigue así. Por más que pongan en la publicidad “que la Dama Blanca no te agarre” hay que hacer algo más contundente. En Buenos Aires, muchos chicos que llegaban me decían “vuelvo en tres días porque tengo que hacer un trabajito y empiezo la rehabilitación”. Pero en ese “trabajito” los mataban y ya no volvían.

-Sin embargo, hay iglesias más comprometidas ¿no?
-¡Totalmente! En Villa Nueva por ejemplo, la Iglesia Católica trabaja en forma conjunta con la Iglesia Evangélica. Eso es muy bueno porque ambas detectaron la necesidad de intervenir. Y la idea no es inculcar la religión sino ayudar. Mi idea es que en adicciones, además, se pueda enseñar un oficio. Porque muchas veces los chicos salen y no tienen trabajo y vuelven a recaer. Las adicciones no se tratan únicamente desde la parte médica sino espiritual. Y esa es mi principal función.

-¿Qué es lo más difícil para un adicto?
-Superar la abstinencia. Porque donde pase una semana que no consumís, te desesperás. Y ahí es cuando hay que hablar, ayudarles a los chicos a entender que ya no lo necesitan porque hay gente que está a tu lado y quiere un futuro luminoso para vos. Yo me empecé a drogar porque me sentía un paria. De chico se fue mi madre y me sentía un pibe abandonado. Había algo que necesitaba llenar y no tuve peor idea que llenarla con droga. Pero cuando empezás a depender de la droga te convertís en un zombi dominado. Sin embargo, muchos logran volver a ser libres. Hay chicos que ayudé a salir y al día de hoy me vienen a visitar desde Buenos Aires. Otros son pastores y eso me llena el alma.

-¿Cómo ves, a la luz del Evangelio, tus tiempos de militancia?

-Yo tenía un ideal que coincidía con el del “Che”. Pero con el tiempo uno entiende que hay otra manera de cambiar las cosas sin usar la violencia. No sé si voy a cambiar tantas pero es mejor proponer amor antes que golpes. Y el socialismo sólo consigue dividir a la gente. Te dicen que la clase obrera está oprimida por la clase alta y que le va a sacar a los ricos para repartir pero es mentira. La prueba es Venezuela y Cuba, donde sólo hubo hambre y miseria. Nada que viniera de Dios.

Bus llegando lentamente

La charla se interrumpe porque empieza a llegar gente para el servicio de las 14. 15 con destino a Bell Ville. Y cuando el bus arriba a la dársena, inmenso como un avión a chorros que aterrizó en el pavimento, aprovecho para hacer unas fotos a Eduardo. Pero al despedirnos y casi sin venir a cuento, vuelve a surgir la parábola de la oveja descarriada.

“Ese versículo tiene más vigencia que nunca –dice Rodríguez- Porque acá se ha naturalizado el dejar a la oveja descarriada que se pierda; que se quede tirada que por algo será. Pero yo no actúo así. Sé muy bien lo que significa haber sido la oveja que se cayó en el pozo. Y si veo una persona borracha en una canaleta voy y la levanto. Acá en Ballesteros he levantado a varios. No lo hago sólo por mí sino también por los míos. Tengo nietos y estaría bueno que el día de mañana, si necesitan algo, la gente diga: el abuelo de este chico me dio una mano cuando estuve mal, así que ahora le voy a dar una mano también. El mundo es muy grande pero también puede ser muy chico”-

Y la vida entera de Eduardo Rodríguez es la prueba de su conclusión. Tras los océanos de la Tierra recaló en un pueblito de cinco mil habitantes. “De acá no me voy más –dice- Esta es mi casa y si Dios quiere me voy a quedar hasta el fin de mis días. Ojalá todos me sigan queriendo y aceptando como hasta ahora. Amén”.

Iván Wielikosielek
(Desde diario El Puntal de Villa María)

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