Por María Virginia Figal
En mi casa siempre hubo un rumor. No venía del viento ni de la heladera vieja: venía de abajo de la mesa. Mientras los adultos hablaban de cualquier cosa —del precio del pan, del campo, de la vecina que se separó—, debajo de la mesa pasaban las verdaderas historias.
Ahí, entre las piernas cruzadas, los zapatos que se tocaban sin querer y el mantel que apenas dejaba filtrar la luz, yo escuchaba el lenguaje oculto de los cuerpos. Mi madre hacía tintinear la cuchara contra el plato cada vez que mi padre levantaba la voz. Mi abuela se acomodaba la falda cuando algo le daba vergüenza. Y yo aprendí, antes de saber leer, que el silencio también tiene acentos.
El rumor era un idioma. Uno que decía “no contradigas”, “no llores”, “no digas eso delante de él”. Las mujeres hablaban bajito, los hombres reían fuerte, y en el medio, el aire quedaba lleno de palabras sin dueño. Así crecimos, escuchando lo que no se decía, adivinando lo que dolía.
Con los años entendí que no era solo mi mesa. Había mesas en todas partes con los mismos ruidos: el de la copa que se apoya con fuerza, el de la silla que se corre para no discutir, el de las voces que se bajan justo cuando entra un chico al comedor. En los pueblos, las mesas son altares donde se bendicen las costumbres, incluso las que lastiman.
Durante años, mi madre cocinó en silencio. Yo la miraba: la espalda curva, los ojos en el plato, la palabra “gracias” pronunciada como disculpa. Su manera de callar era una forma de sobrevivir. Nadie lo decía, pero todas sabíamos que un grito podía romper algo más que un vaso.
La historia argentina también está hecha de esos murmullos. Callamos las desapariciones, los abusos, las culpas heredadas. Aprendimos a disimular las heridas con recetas, con visitas de domingo, con sobremesas que huelen a control y resignación. El silencio se coló entre los platos y los manteles floreados, y las mujeres, desde abajo, sostuvimos el equilibrio de todo.
A veces me pregunto qué habría pasado si alguna de nosotras hubiese golpeado la mesa. Si en lugar de cuchichear entre platos, hubiésemos dicho en voz alta lo que dolía. Tal vez nada habría cambiado. O tal vez sí. Tal vez una sola palabra bastaba para que el rumor se transformara en fuego.
Ahora tengo mi propia mesa. A veces también tiembla. Pero debajo ya no vive el rumor, sino la palabra. Mis nietos hablan, preguntan, interrumpen. Y yo los dejo. Porque aprendí que el verdadero peligro no es el ruido, sino el silencio que se hereda.
Bajo mi mesa no hay secretos, hay historia. Y en esa historia, el rumor se volvió voz.