Por Williams Tobares
En literatura solemos pensar al personaje como el centro gravitacional de toda narración. Los relatos giran en torno a sus deseos, sus conflictos, sus silencios. Sin embargo, hay ocasiones en que el verdadero protagonista no es un hombre, ni una mujer, ni siquiera un animal: es el espacio. Ese lugar aparentemente neutro que habitamos —un pasillo, una habitación, un ascensor— puede adquirir una voz propia y convertirse en el corazón secreto de un texto.
En un reciente ejercicio de taller, trabajamos con lo que llamamos arquitecturas mínimas: narrar desde un espacio reducido, íntimo, mínimo, para que no solo acompañe al personaje, sino que lo condicione, lo moldee, lo revele. La premisa era simple y, al mismo tiempo, desafiante: no describir el lugar, sino escribir desde él. Que sea el ascensor, la silla, la cocina o el umbral quienes hablen, quienes guarden memoria, quienes nos cuenten lo que el personaje no puede decir.
Los espacios como sujetos narrativos
La literatura universal ofrece ejemplos memorables donde la arquitectura deja de ser un telón de fondo para convertirse en un organismo vivo. Julio Cortázar, en Casa Tomada, erige un espacio doméstico que devora lentamente a sus habitantes. La casa no es una decoración, es una amenaza difusa, una presencia que expulsa sin explicación. En ese cuento no hay monstruo ni fantasma: la casa misma ocupa el lugar del antagonista.
Jorge Luis Borges, en La casa de Asterión, hace de un laberinto el reflejo de un alma enclaustrada. El Minotauro habla de su morada infinita como si hablara de sí mismo: la arquitectura es espejo y condena. Y de manera similar, en La biblioteca de Babel, el espacio es tan vasto y absoluto que los personajes se reducen a sombras anónimas.
Clarice Lispector, en La hora de la estrella, muestra cómo la precariedad de un cuarto miserable encarna la fragilidad de su protagonista. Allí el espacio no tiene voz, pero se filtra como atmósfera, como un peso que determina el destino de Macabéa.
Y no podemos dejar de mencionar a Gastón Bachelard, quien en La poética del espacio piensa las casas, los rincones, los cajones, las escaleras, no como objetos físicos, sino como resonancias íntimas de la memoria y del ser. Para él, el espacio vivido es el espacio imaginado: “La casa es nuestro rincón del mundo. Es —se ha dicho con frecuencia— nuestro primer universo.”
Estos ejemplos nos muestran algo esencial: el espacio es un personaje. No uno más, sino aquel que sostiene, empuja o devora la acción.
El ascensor como intervalo
En el marco de este ejercicio nació un microrrelato titulado El intervalo. El narrador no es el hombre atrapado, sino el ascensor mismo: un habitáculo detenido entre dos pisos, un espacio que adquiere conciencia y observa. El ascensor no se limita a describir: siente, respira, recuerda. Se convierte en un espejo existencial donde el hombre descubre no solo su encierro físico, sino también su encierro interior.
El ascensor habla: “No pertenezco a ningún piso, no soy el de arriba ni el de abajo. Estoy condenado al entre, al intersticio, a ese lugar donde nada llega a completarse.” Esa voz metálica encarna lo que Bachelard llamaría “el espacio intermedio”, un lugar donde lo humano se suspende y se enfrenta con su propia desnudez.
El relato funciona como ejemplo perfecto de lo que entendemos por arquitecturas mínimas: elegir un espacio reducido y dejar que hable por sí mismo, que moldee al personaje sin necesidad de describirlo. El resultado es una escritura que oscila entre lo narrativo y lo poético, entre la anécdota y la metáfora.
(El microrrelato se subirá en los días siguientes)
Decir y no decir: la metáfora espacial
Cuando escribimos desde un espacio mínimo, el desafío es decir y no decir. No basta con enumerar paredes, luces y objetos. El espacio debe cargarse de resonancia. Así, el ascensor no es una caja metálica sino “el vientre del vacío”, “la pausa de los cuerpos”, “el intervalo”. Es un entre-lugar que contiene y a la vez desnuda.
Aquí opera la metáfora: el encierro físico se convierte en símbolo del encierro existencial. Como en Cortázar, la casa que se cierra habla de expulsión; como en Borges, el laberinto habla de soledad; como en Lispector, la habitación miserable habla de destino. El espacio no se dice a sí mismo: dice al ser humano que lo habita.
El espacio como espejo del vacío
¿Por qué fascinan tanto estos espacios mínimos? Tal vez porque nos recuerdan que la existencia no ocurre en abstracto, sino en lugares concretos que nos contienen. Una habitación vacía puede intensificar la soledad más que mil palabras. Un pasillo puede prolongar la espera. Un ascensor detenido puede suspendernos en el aire, obligándonos a escuchar el murmullo de nuestra propia angustia.
El espacio, en este sentido, no es solo un decorado: es un espejo. Cada grieta, cada sombra, cada silencio proyecta una parte de lo que somos. El hombre atrapado en El intervalo no descubre al ascensor: se descubre a sí mismo en la pausa que el ascensor le impone.
Hacia una poética de lo mínimo
Pensar en arquitecturas mínimas es pensar en una poética de lo reducido, de lo íntimo, de lo detenido. No se trata de escenarios grandilocuentes, de paisajes vastos o épicos. Se trata de rincones, de habitaciones estrechas, de ascensores detenidos. Allí donde el espacio se vuelve mínimo, la experiencia se vuelve máxima.
El escritor que se atreve a escribir desde un espacio descubre que lo pequeño puede ser infinito. Una silla vacía puede narrar ausencias que abarcan generaciones. Un banco de plaza puede contar amores y duelos que nunca se nombraron. Un umbral puede encarnar la eterna espera.
Conclusión: el intervalo como metáfora del escribir
El ejercicio de El intervalo no es solo un microrrelato, es también una metáfora del acto mismo de escribir. La escritura ocurre en un intervalo: entre lo dicho y lo callado, entre lo narrado y lo sugerido, entre el personaje y el espacio que lo contiene.
La literatura, en su esencia, es un ascensor detenido: un instante suspendido donde la vida se abre y se interroga a sí misma. No se trata de llegar arriba ni abajo, sino de habitar el intermedio, de escuchar las voces que resuenan en lo mínimo.
Quizás esa sea la lección más honda de estas arquitecturas mínimas: que el espacio no es el fondo de la historia, sino su verdadero rostro. Y que, al escribir desde él, no hacemos otra cosa que enfrentarnos con el intervalo que somos.