Abigail Andrioni: La arquitectura del ritmo y el refugio de la voz

De las peñas folclóricas al bajo eléctrico de Quimérika: una crónica sobre el pánico escénico, la redención de los 80 y la voz como único mapa de la existencia.

Por: Eduardo Senac

En el ecosistema musical de General Pico, pocos nombres resuenan con la dualidad de Abigail Andrioni. Poseedora de una voz que parece extraída de las raíces del soul más profundo, su historia no es la de un ascenso lineal, sino la de una lucha cuerpo a cuerpo con su propio don. Entre el saxo tenor de la Banda Municipal y las cuatro cuerdas de un bajo que hoy le sirve de escudo, Abigail nos abre las puertas de su «línea de tiempo»: un recorrido que va desde el folclore de la infancia hasta la explosión eléctrica de Quimérika.

El origen: La niña de las grabaciones

La identidad de Abigail es pampeana por decantación, aunque su origen sea neuquino. En su hogar, la música era un lenguaje cotidiano, pero el canto era un territorio exclusivamente suyo y de su hermana.

«Yo no soy de allá [Neuquén]; me crié acá en General Pico. Vine de meses, así que me crié aquí. Tengo grabaciones cantando desde los dos años. Mi papá escuchaba mucha música, le gustaba mucho; tocaba la armónica, pero cantar no, no cantaba.»

Ese impulso natural la llevó, con apenas siete años, a los concursos que marcaban la época dorada de la televisión de talentos, bajo la influencia de figuras como Roberto Galán.

«A los siete años me anotaron en un concurso que hacía Juan Ramón… en esa ocasión era como ‘Si lo sabe, cante’. Bueno, me anotaron y ahí me escuchó Miguel Touceda. Él me ofreció a mis papás ser mi músico junto con el ‘Coco’ Sanes y  Machingo Sanez; así fue que arranqué con el folclore. Fui a La Cumbre a representar a La Pampa y también a Tucumán.»

La búsqueda del tono: Del saxo al Rock

A pesar de su éxito temprano en las peñas, Abigail buscaba una vibración que la «atrapase» de otra manera. Esa búsqueda la llevó a la Banda Municipal, donde el rigor del instrumento de viento le dio una nueva perspectiva técnica.

«A los once años me llamaron para la Banda Municipal de Verne Olivieri. Me escucharon cantar en un acto escolar y me citaron. Estuve hasta los diecisiete años allá, donde también aprendí a tocar saxo tenor. Lo tengo, pero no lo toco; es como que necesito cantar. Luego me aparté y después me llamaron para una banda de rock; me propusieron cantar en inglés y, como yo no había estudiado el idioma, lo aprendí mirando películas. Fue un desafío total.»

Tras el paso por el saxo, el rock se volvió inevitable. Bandas como Solo por hoy y Ziel marcaron su etapa de hard rock y versiones pesadas.

«Tuvimos una banda que formamos entre amigos que se llamaba Ziel. Hacíamos hard rock, versiones de temas más pesaditas. Me divertí mucho con ese proyecto; fuimos a tocar a distintos lugares, como Realicó. Era más que nada para compartir entre amigos y nos divertíamos mucho juntos.»

El muro invisible: El pánico escénico

Detrás de su naturalidad en el escenario, Abigail convivía con un secreto: un pánico paralizante. Una vulnerabilidad que la maternidad puso en pausa y que la madurez la obligó a enfrentar.

«Tengo pánico para cantar. Lo he ido manejando un poco, pero hoy en día está un poquito más controlado y más escudado bajo mi instrumento. Antes, directamente no podía sostener un micrófono: cantaba con el pie del micrófono ahí porque, si lo agarraba, se me movía la mano; era terrible. Me he llegado a quedar sin voz antes de un show; no podía hablar, estaba bloqueada.»

Para ella, el canto no es una elección, sino una condición vital.

«Yo digo siempre que el día que no esté cantando es porque me morí. Todo el día estoy cantando; me he dado cuenta de que estoy muy mal cuando noto que no canté en todo el día. No importa qué sea, aunque sea cualquier cosita… el canto es mi medida.»

El factor Quimérika: El bajo como salvoconducto

El destino de Abigail dio un giro inesperado durante unas vacaciones, cuando un mensaje la invitó a un proyecto que ella misma consideró un error de destinatario.

«Cuatro meses antes de que me llamaran de Quimérika empecé con el bajo. Estaba de vacaciones y me llegó un mensaje de Néstor Bessoni diciéndome que me querían como bajista para su banda. Yo le dije: ‘No, se han equivocado, me estarás diciendo para cantar’. Me respondió: ‘No, como bajista’. Yo insistí: ‘Pero hace cuatro meses que toco el bajo, no soy bajista’. Y me dijo: ‘No es problema, vos vení’.»

Abigail aceptó el reto con una disciplina feroz, ensayando hasta siete horas diarias para su debut.

«Llegué al estudio y les dije: ‘Son unos corajudos por traerme a tocar el bajo’. Preparamos los temas e increíblemente me dijeron que continuara con ellos. Con la banda, estando atrás de un instrumento, es distinto; me siento más confiada, más escudada. Me ocupo de otras cosas y eso me ayuda un montón.»

El presente: Soul, Rock y temas propios

Con influencias que van desde Amy Winehouse hasta Etta James, Abigail aporta una textura de soul y blues al rock de los 80 que interpreta con Quimérika.

«El rock de los ochenta tiene magia. Tiene una estructura y una forma tan lindas que siento que se puede hacer mucho con eso. Hay música hoy en día que es totalmente viral, la escuchamos, pero no me llega. En cambio, ese tipo de música tiene tanto contenido para dar… Black Velvet o Alone son clásicos que siento que pude ‘romper’, que pude hacer míos. El rock de esa época tiene mucho amor; incluso cuando están gritando, están gritando amor. Queen, gritando por libertad, es revolucionario.»

De cara al futuro, el horizonte de la banda se expande con composiciones originales y una química grupal que traspasa el escenario.

«Estamos metiéndole mucho trabajo a los temas propios, originales. Por el momento tenemos dos. Y después viene lo de Médano el 18 de abril; estamos preparando el brazo y la voz para unos temas que no hicimos nunca. Somos muy felices en el escenario; tenemos mucha alegría, nos reímos mucho y todos queremos ir para adelante.»

Disfrutar el hoy

Al final, Abigail Andrioni se muestra como una artista que ha dejado de perseguir la perfección para abrazar la plenitud.

«Yo estoy disfrutando lo que me está pasando. Estoy confiada de que, mientras más pueda disfrutar esto, mejores cosas van a venir. Me han pasado cosas que no me imaginaba, como esta entrevista. Quiero disfrutarlo. Obviamente quiero lo mejor para la banda y para eso estoy laburando; que venga lo que tenga que venir… y hasta el Maipo no paramos.»

Compartir

Autor

Eduardo Senac