Los elegidos de Adriana Maggio (escritora, poeta y docente)

Un libro: «Pedro Páramo», de Juan Rulfo.

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«Libros, tantos…Me gusta leer poesía. Toda. La clásica, la nueva, por temas, por traducción. Tal vez sea mejor elegir autores: Juan Gelman, Julio Cortázar, Kerouac, Olga Orozco. Si somos capaces de sentir, temblar y/o encontrarnos con la buena literatura, estamos a salvo. Siempre refuerzo ese pensamiento -y emoción- cuando leo cualquiera de estos elegidos. Pero vamos con un libro, con un libro-biblia: «Pedro Páramo». ¡Ah!, una poeta para niños: Cristina Ramos, de Neuquén: “Anteayer mientras leía/una historia de piratas/pensé que el amor nos hace/inmortales o nos mata…”

Fragmento: «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
(…)
Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas.
(…)
Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde me tienes ahora. Sólo se me ocurre que debería ser yo la que te tuviera abrazado a ti. ¿Oyes?. Allá afuera está lloviendo.
(…)
Tengo la boca llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados, duros como si mordieran oprimidos mis labios… Trago saliva espumosa; mastico terrones plagados de gusanos que se me anudan en la garganta y raspan la pared del paladar… Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada por los dientes que la taladran y devoran. La nariz se reblandece. La gelatina de los ojos se derrite. Los cabellos arden en una sola llamarada.»

Una canción: «Entre un hola y un adiós», de Joan Manuel Serrat.

«Solo porque es cotidiana y «pedestre», y me identificó más de una vez. No quisiera dejar olvidar a «Todas las hojas son del viento», del Flaco Spinetta. Con ese verso sólo, para mí ya está».

Un disco: «The Köln Concert», de Keith Jarrett.

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«Escribí un poema, hace años, en un verano en el mar en donde su música y ¡gemidos! me sanaron -seguramente- de algún desamor…

Poema del pianista sabio que ama dos veces
O de cómo el mar suena desde un piano

Ella se hundió en el mar, y
después de un rato, volvió mojada a la cabaña.
Se sacudió como los perros y echó toda la arena,
libre,
sobre el piano.

El ama el piano
pero también la ama a ella.
Entonces?
La mira dulcemente, y empieza a tocar.

Keith Jarrett no hace música.
Trabaja de quitar, cuidadosamente,
cada grano de arena de su piano…

Una película: «Los amantes del círculo polar», de Julio Medem.

«Este film de Julio Medem, un sicoanalista y cineasta exquisito, me lleva a la gloria de la ternura y el amor como con cada una de sus películas. Pero no puedo con una, debo mencionar también a “Gato negro, gato blanco“, del serbio Emir Kusturica: todo él, su música, su ideología. Y para ver en la tele cada diez minutos “El asesino perfecto” con León maravilloso en el trabajo de Jean Reno, en mi criterio, inigualable».

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