Borges: “Ariosto y los árabes”

Por Gisela Colombo

“Nadie puede escribir un libro”, declara Borges al inicio de Ariosto y los árabes, y con esa frase desarma la ilusión moderna del autor como origen. Para que un libro “sea verdaderamente” se requieren “la aurora y el poniente”, siglos, armas y el mar que “une y separa”. El libro, en Borges, no es una propiedad individual sino una confluencia histórica: una suma de tradiciones, conflictos, geografías y sensibilidades que exceden por completo la voluntad de quien escribe. La literatura no nace del yo; nace del tiempo.

Por eso Borges imagina a Ariosto como un hombre que, lentamente, “se dio al agrado” de componer su poema mayor: volver a soñar lo ya soñado. El verso es clave porque sugiere que la creación no es ruptura sino continuidad. Ariosto reescribe lo anterior —Boiardo, el ciclo carolingio, los relatos orales— y lo prolonga hacia el futuro. La épica se vuelve una cadena de voces que se responden sin conocerse: cada poeta recibe una herencia y la transforma, como si el verdadero autor fuese la tradición misma.

La estrofa sobre Italia intensifica esa idea: “El aire de su Italia estaba henchido / de sueños, que con formas de la guerra / … urdieron la memoria y el olvido.” Borges no separa la imaginación del conflicto. Las guerras “fatigan la tierra”, pero también fatigan la memoria: de ese choque nacen los relatos, los símbolos, los héroes que unifican pueblos dispersos. Roncesvalles, Durandarte, el olifante: no son solo episodios medievales, sino materia que la literatura conserva cuando la historia ya pasó.

En esa misma línea aparece Arturo: “Y de esas cosas quedó un sueño: Arturo.”  Para Borges, un pensamiento, un relato o un hecho histórico, pertenecían casi a una misma categoría: eran experiencia humana. El rescate de Arturo que hace Ariosto es para Borges otra prueba de ello: La cultura no necesita únicamente hechos; a veces requiere figuras que organicen una identidad. Si Carlomagno fue un centro histórico, Arturo es un centro imaginario. Pero ambos funcionan del mismo modo: sostienen un mundo narrativo que da cohesión, incluso cuando la realidad política es fragmentaria. La tradición, entonces, no es un archivo: es una máquina de sentido.

El poema avanza como un mapa de migraciones simbólicas. De las “islas boreales” llega el sueño de la virgen dormida tras un círculo de fuego; de “Persia o del Parnaso”, el corcel alado que cruza el aire. Borges no discute el origen exacto: le importa la supervivencia de las imágenes, con la misma fascinación que habría puesto Aby Warburg en esos “pathos” que han logrado atravesar lenguas y siglos. Todo converge en Ariosto, que mira el mundo “como desde el corcel del hechicero”: desde una altura donde se distinguen los grandes temas universales, “las fiestas de la guerra / y del joven amor aventurero”.

En el episodio de Angélica y Medoro, la épica se desarma desde adentro. Angélica —objeto del deseo heroico— elige a un joven anónimo; y Orlando, al descubrirlo, cae en la locura. Ariosto introduce así una verdad intolerable para la épica: el amor no premia al más fuerte ni al más noble. El héroe puede ser derrotado no por la espada, sino por la indiferencia del destino íntimo. Borges ve allí una grieta luminosa: la gloria se revela frágil, y lo marginal obtiene una victoria silenciosa.

La estructura misma del Furioso es celebrada con una metáfora poderosa: “pasan por el Furioso los amores / en un desorden de calidoscopio.” Borges entiende el poema como una forma de percepción: una sucesión de brillos inestables, una belleza que no se ordena en línea recta. Y en otra estrofa decisiva afirma que Ariosto “ni el amor ignoró ni la ironía” y soñó “el singular castillo en el que todo / es (como en esta vida) una falsía.” Ese castillo encantado no es solo un episodio fantástico: es una alegoría. Vivimos persiguiendo cosas que creemos reales, pero que se disuelven como espejismos. El artificio de Ariosto se vuelve espejo del mundo. Y aquí sin dudas Borges ha pensado en la alegoría del castillo interior de Santa Teresa de Jesús.

Borges define entonces la condición del poeta con una frase que condensa su metafísica: Ariosto “iba por los caminos de Ferrara / y al mismo tiempo andaba por la luna.” El artista vive dividido entre lo concreto y lo imposible: habita una ciudad real y simultáneamente un territorio imaginario. Y con la “escoria de los sueños”, con el limo que dejan las visiones, teje “ese resplandeciente laberinto”, “ese enorme diamante” donde el lector puede perderse “venturosamente”, más allá de su carne y de su nombre. La literatura aparece como un modo de salir del yo: una suspensión de la identidad personal en el tiempo largo de lo humano.

Pero el poema no es solo celebración: es elegía. “Europa entera se perdió” en el sueño de Ariosto, y Borges lo prueba con un gesto significativo: hasta Milton pudo llorar por personajes del Furioso. Luego el texto gira hacia Oriente y reconoce que el vasto sueño también viene de allí: Sherezade, los talismanes, las palabras mágicas, las criaturas imposibles. Esas “islámicas artes” se adueñan de Occidente, no por conquista militar, sino por contagio imaginario. La literatura es el lugar donde Oriente y Occidente se mezclan y se reescriben mutuamente.

Sin embargo, el final es el golpe más íntimo. Borges afirma que el Orlando ha sido reducido “a simple erudición, a mera historia” y sentencia: “La gloria es una de las formas del olvido.” La gloria convierte el libro en monumento; y el monumento se mira, pero ya no se habita. El volumen queda solo, soñándose, mientras una luz pálida de tarde toca la cubierta y hace arder —y consumirse— sus oros.

En la última estrofa el libro viaja en el tiempo en una sala desierta: las auroras quedan atrás, las noches también, y Borges concluye con una inversión definitiva: “y mi vida, este sueño presuroso.” El poema que comenzó negando la posibilidad del libro individual termina relativizando la vida individual. Frente a la duración incierta del texto, la existencia humana es breve, apurada, casi irreal. El libro persiste, pero no como objeto inmortal: persiste como posibilidad de ser soñado otra vez. Y esa es, para Borges, la forma más verdadera de la tradición.

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