Una poesía de Dardo Cuellar
Como las huellas de los gigantes
son los huesos del ocaso.
Tiembla por tu vida engendrado.
¿Quien?
¿O que sintió, el que te concibió?
¿Quién dibujó los pasos de tu sendero?
Sin ser el brillo del río,
sin ser el amanecer de los lobos.
Cuánto cuesta el adorno sin sentido.
Ni trigo, ni sandalia,
solo piedras del camino.
Humo de pasto verde
que arde los ojos del cielo.
Pasos de pies inciertos,
herencia del hombre sin nombre.
Se derrumba el bastión de tu morada,
porque se apagó una luciérnaga,
como tantas otras,
y nada más.
No se oye el crujir de nada,
nadie llora tormentos,
es ordinario y sin lamentos.
¡Pobre cristo!
Déjame juntarté los harapos.
¿Cómo se derrama la sangre de los nacidos, sin mi Dios del deseo?
Aun así, sigo esperándote, porque sé.
¡Qué volverás!
Antes que empiece el caos,
de la tormenta arrasando el rio.