Por Williams Tobares
I. El resplandor de una herida que no cicatriza
Hay relatos que no se escriben para ser leídos, sino para vengar a otros libros. Historias que no buscan redención, sino juicio. El Fin, de Borges, no es simplemente la narración de un duelo: es la estocada final que la literatura le propina al mito. Es la sangre derramada donde antes hubo leyenda. El eco roto de una voz que había sobrevivido demasiado tiempo.
Martín Fierro, el gaucho intocable de la épica nacional, regresa para morir. No como símbolo, sino como cuerpo. Sin guitarra, sin estrofa, sin épica. Lo que en Hernández fue rebelión lírica, en Borges es sentencia silenciada. El mito cae. Y en esa caída, Borges afila su pluma como una hoja. No celebra. No glorifica. No salva.
Hay algo inevitablemente existencial en ese gesto: todo mito que no muere a tiempo, se pudre.
II. Del gaucho rebelde al eco de su sombra
Para entender la violencia simbólica de El Fin, hay que regresar al origen: «El Martín Fierro». Publicado en dos tiempos (1872 y 1879), el poema de José Hernández dio nacimiento al héroe nacional: el gaucho rebelde, marginado, símbolo del pueblo oprimido. Fierro fue canto, queja, resistencia. Su cuchillo brilló contra la injusticia.
Pero Borges le da un segundo acto, fuera del poema. Y este acto no pertenece al género heroico, sino al crepuscular. No hay injusticia social, ni horizonte abierto, ni mate compartido. Hay un rancho, un testigo inmóvil, un silencio afilado, y un forastero que no viene a hablar. Como si Borges dijera: los versos no absuelven, la sangre no se borra, y el tiempo… siempre ajusta cuentas.
Beatriz Sarlo, en su lectura crítica de Borges, señala cómo El Fin desarma la épica nacional. El gaucho ya no es identidad. Es saldo. Es deuda. Es lo que queda cuando la gloria se seca.
III. Testigo inmóvil, duelo sin música, muerte sin gloria
El narrador de El Fin es un hombre inmovilizado, condenado a mirar.
Su cuerpo es cárcel, pero también conciencia. Representa al lector lúcido: ve el drama, pero no puede intervenir. La escena es mínima. Seca. Ritual. El duelo sucede como si ya hubiera ocurrido. Nada en el texto es sorpresivo: el forastero no llega, se manifiesta. Fierro no pelea, expía.
La escena tiene ecos de tragedia griega. No hay posibilidad. Solo cumplimiento. El silencio no es vacío: es forma. Borges no busca dramatismo, sino inevitabilidad. El lenguaje se retira para que hable el destino.
Ese forastero que mata podría ser —aunque nunca se dice— uno de los hijos del moreno que Fierro asesina en el poema. El pasado regresa, pero no como épica: «Como justicia silenciosa».
Borges corrige la literatura con la propia literatura. Mide los versos con una daga.
IV. La inversión del mito, el reverso de la épica
La tradición argentina vive de sus fundaciones: Martín Fierro, Facundo, Don Segundo Sombra. En todos ellos, el campo es escenario de redención. El gaucho es arquetipo. El cuchillo, instrumento poético. Borges interrumpe esa liturgia. No para destruirla, sino para señalar su reverso.
En El Sur, el duelo es elección estética: un gesto poético ante lo absurdo.
En El Fin, el duelo es una obligación moral: un cierre.
En El Sur, el personaje va hacia la muerte como quien elige una metáfora.
En El Fin, Fierro es ejecutado por su propio relato. No hay épica, ni belleza, ni posibilidad de leyenda. Hay un saldo moral que alguien viene a cobrar.
Y Borges no celebra la caída: la constata. La registra con la frialdad de un notario de la muerte simbólica.
V. Conclusión: El silencio que queda cuando un mito se cae
El Fin no liquida a Fierro. Lo devuelve a la tierra. Lo despoja del canto. Le recuerda que no basta con rimar para quedar absuelto. No hay redención en este cuento. Hay término. Corte. Destino.
Pero el mito no muere del todo. Como toda herida profunda, deja su resplandor. Queda el narrador inmóvil que somos. Queda el temblor. El recuerdo. Tal vez Borges no quiso matar el mito, sino mostrarnos que también puede sangrar.
Y que esa sangre, cuando es leída con lucidez, nos revela algo esencial: La literatura verdadera no glorifica, interroga. Y cuando lo hace, duele.
Al final, Fierro muere. Pero no muere solo: con él cae la ilusión de que un país puede vivir sin saldar sus relatos.
Porque cada mito, tarde o temprano, se encuentra con su lector más feroz: el tiempo.