El abrigo

Un cuento de Williams Tobares

Llovía.

No la lluvia tibia que invita a la nostalgia, sino una lluvia mezquina, fina, obstinada, que se filtra por las costuras de la ropa y por las fisuras del ánimo.

Julián cruzó el umbral de la tienda empujando la puerta con el hombro, como si cargara algo más que su cuerpo. El piso de madera húmeda crujió a su paso. Olía a encierro, a polvo viejo, a cosas que alguna vez fueron de alguien.

La tienda no tenía nombre. Solo un cartel desvencijado que decía “Ropa útil”, colgado como una excusa. Era uno de esos lugares donde las prendas cuelgan sin orden, como si esperaran que alguien las devuelva a la vida. Julián buscaba un abrigo. Nada más. Nada menos. Había pasado las últimas tres semanas envolviéndose con una manta para ir a trabajar al campo. La helada no perdonaba, y sus huesos ya no respondían como antes.

Lo vio al fondo. No era el más nuevo ni el más barato, pero había en él una dignidad extraña. Oscuro, largo, de lana gruesa. Tenía el cuello gastado, una mancha cerca del bolsillo izquierdo, y los botones no coincidían del todo. Pero parecía haber resistido inviernos peores.

Cuando Julián lo tomó, sintió un leve escalofrío. Como si el abrigo no se dejara levantar con facilidad, como si se negara un poco, apenas.

—Ése es bueno —dijo el dueño de la tienda, un hombre enjuto, de mirada triste—. Fue de un médico, creo. O de un escribiente. Alguien que hablaba poco. Nadie vino a buscarlo.

Julián no respondió. Se lo probó frente a un espejo opaco y deslucido. El abrigo le calzaba perfecto. Como si lo hubiese estado esperando. Como si ya supiera de su cuerpo, de su espalda encorvada, de sus manos ásperas.

Desde ese día no volvió a quitárselo.

Al principio, por el frío. Luego, por costumbre. Finalmente, porque no podía. Cada intento de colgarlo le resultaba artificial, violento. El abrigo, más que una prenda, se volvió una extensión. Un silencio adherido al torso. Una segunda piel que lo contenía… o lo ocultaba.

Comenzó a caminar distinto. Más erguido. Hablaba menos. Se sorprendía pensando frases que no eran suyas. “Las palabras sobran”, se repetía, sin saber de dónde venía esa certeza. En el pueblo, la gente empezó a mirarlo con distancia. No por miedo, sino por incomodidad. Como si Julián ya no fuera Julián, sino alguien adentro de un abrigo que caminaba por él.

Una noche, mientras cenaba en silencio, creyó escuchar una voz. Venía de adentro. Del abrigo. No era una voz humana, tampoco una alucinación. Era algo más íntimo.

Una forma de pensamiento que no pasaba por el lenguaje.

“De a poco, vas entendiendo.”

No era un mensaje. Era una certeza. El abrigo no quería decirle algo. Era algo. Algo que exigía ser habitado, pensado, continuado.

Pasaron los días. El calendario se volvió una anécdota lejana.

Julián seguía yendo al campo, pero ya no hablaba con los demás. Cuando alguno intentaba saludarlo, apenas asentía con la cabeza. El abrigo lo protegía del frío, sí, pero también de los otros. De sus miradas, de sus preguntas, de su recuerdo.

Una madrugada, al ponerse las botas, notó que ya no recordaba el color de su camisa. O si llevaba camisa, siquiera. Buscó con la mano por debajo del abrigo, y no encontró tela distinta. Solo oscuridad. Una materia densa, profunda, como si su cuerpo estuviera siendo absorbido por dentro, convertido en una sola cosa.

El espejo ya no devolvía su rostro. Solo una silueta oscura, una forma vertical, imprecisa, que parecía deshacerse en los bordes. Intentó reírse. Pero la risa no salió. Como si la garganta le perteneciera a otro. Como si el cuerpo fuera una cáscara que aún no ha entendido que ya está vacía.

“Ahora sí”, dijo la voz. No con palabras, sino con algo más hondo: la certeza del abandono.

Julián salió a la calle, y nadie lo reconoció. Ni siquiera el perro viejo que siempre lo seguía. Atravesó la plaza, pasó frente a la iglesia, entró a la tienda de segunda mano. El hombre del local lo miró sin sorpresa, como quien ve regresar a alguien que nunca se fue.

—¿Te gustó? —preguntó el dueño.

El abrigo asintió.

—Se nota. Te queda perfecto.

Y sin más, colgó el cartel de “cerrado”.

Julián —o lo que alguna vez fue Julián— quedó allí, de pie, entre los percheros, como un abrigo más. Esperando. Sabiendo.

Si alguien entraba y lo tomaba, volvería a caminar.

A vivir.

A pensar.

Pero ya no como Julián. Nunca como Julián.

Él era, ahora,

el hueco dentro del abrigo.

Un vacío con memoria.

Un pensamiento que busca cuerpo.

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