Por Maria Virginia Figal (Profesora y Psicóloga Social)
Dicen que los relojes se detienen cuando alguien
muere. El de mi tía Leonides no.
El suyo siguió andando, testarudo, como si no
hubiera recibido la noticia.
Me lo traje conmigo el día que con mis primos
repartimos su vida. No tuvo hijos, nunca se casó, tuvo sobrinos y alumnos.
Entre
sus pertenencias, había fotos y cartitas de diferentes promociones. Lo encontré
sobre su mesa de luz, al lado de la manta que usábamos para tomar el sol. Era
un reloj común, redondo sin brillo, gastadito de tanto medir el tiempo de otra
época. Lo guardé en mi bolso y cuando crucé la puerta de su casa, ocurrió algo
extraño: el tiempo me tironeó hacia atrás, como si la memoria tuviera su propia
fuerza de gravedad.
De golpe tenía ocho años otra vez. Estaba descalza
en el patio de mi tía, sobre la manta rayada que ella extendía al mediodía. El
sol caía lento, y ella decía, como siempre:
—El sol no
se traga de golpe, nena. Hoy se toma
de a cinco minutos, mañana de a diez.
Y yo asentía sin entender del todo, pero
fascinada con esa idea de que con el sol podía aprender a crecer.
Ese día, además, ocurrió algo que nunca olvidé:
Me regalo el libro “Mi Planta de Naranja Lima”, y me dijo: – Si vas a llorar que sea por un libro, jamás por un hombre.
–Los hombres pasan, el tiempo queda. Aprendé a mirar el sol, no las
espaldas que se van.
Cuando volví del recuerdo, ya estaba en mi casa.
El reloj seguía en mi mano, tibio, como si hubiera guardado el calor de su mano
durante todos esos años. Desde entonces descubrí su secreto: ese reloj roba y
regala minutos.
No siempre. Solo cuando lo quiere. Hay días en
que me despierto y han pasado horas que no viví. Otras veces, el tiempo se
vuelve elástico: en un solo parpadeo caben tres atardeceres. Aprendí a no
pelearle. El reloj decide. Si escribo, o si leo el tiempo se detiene.
A veces, cuando la extraño, lo apoyo sobre la
mesa y espero. Si cierro los ojos, el tic-tac se mezcla con su voz, y entonces
puedo volver al patio, a la manta, a sus advertencias contra los hombres y a
sus lecciones sobre el sol.
Me roba minutos cuando el dolor es insoportable.
Me regala minutos largos, estirados, cuando la memoria necesita un respiro para
abrazarla otra vez, para verla sentada en su manta, sonriendo como si el tiempo
fuera una invención nuestra.
Quizás eso sea lo que hace el reloj: equilibrar
el mundo a escondidas.
Algunos dicen que los relojes miden el tiempo.
El de Leónides no. El suyo mide la pasión por la lectura, la escritura y sobre
todo me permitió no llorar nunca por el amor de un hombre