Por Williams Tobares
I. Donde la muerte afila sus dos lenguas
Hay muertes que nos sorprenden y otras que simplemente nos alcanzan. Algunas llegan por azar, pero las más terribles vienen escritas desde antes, como si el tiempo no fuera una línea, sino un cuchillo de doble filo. El Fin, de Borges, fue ese primer filo: una herida que clausura la épica. Pero hay otra herida, más profunda y silenciosa, que Cortázar deja abierta como un sueño que no quiere despertar. La noche boca arriba es el segundo filo. Y no corta menos.
Ambos cuentos, en apariencia disímiles, comparten una certeza subterránea: No hay forma de escapar del sacrificio. El mito debe morir para ser verdad. Y el sueño, para ser real, debe doler. Borges mira a Fierro morir como quien ajusta cuentas con la historia; Cortázar, en cambio, deja que un hombre moderno despierte en el altar de una civilización que lo esperaba desde siglos. No se trata de qué relato elegimos creer, sino de cuál nos cree a nosotros.
Estos cuentos no se oponen: Se espejan. Y en ese espejo, el lector queda atrapado entre dos realidades que no le pertenecen, pero que lo atraviesan como un destino que nadie pidió.
II. El filo de Borges: El mito ante su verdugo
Ya lo dijimos: El Fin no es solo la continuación apócrifa del Martín Fierro, sino su sentencia. Borges no reescribe, corrige. Allí donde Hernández construyó un símbolo nacional, Borges impone la ley del tiempo: todo héroe debe pagar su precio. El cuento entero se apoya en una tensión callada, un duelo inevitable, donde la justicia no es ruidosa, sino exacta.
El narrador es un testigo inmóvil: un hombre paralítico, incapaz de intervenir, reducido a la conciencia pasiva. Esa inmovilidad es clave: representa al lector lúcido, al que ya no se engaña con versos. Fierro muere sin honor, como un ladrillo que cae del mito. Y ese golpe seco no solo clausura un personaje, sino la posibilidad misma de la épica.
El cuchillo de Borges corta hacia el pasado. Pero aún falta la otra dirección.
III. El filo de Cortázar: El sueño como condena
La noche boca arriba, en cambio, no parte del pasado, sino del presente. El protagonista —un hombre cualquiera, moderno, accidentado— se debate entre dos mundos: el hospital donde yace herido y una jungla precolombina donde huye de sus captores. El lector, como él, cree que sueña con el pasado. Pero el final revela la verdad: La modernidad era el sueño, y la realidad era el sacrificio azteca. Lo real es la muerte. El resto, distracción.
Cortázar nos ofrece una inversión brutal: el sueño no es fuga, es preparación. Lo que parecía onírico era destino. Y cuando el personaje despierta, lo hace bajo la piedra del altar, con el cuchillo descendiendo desde los dioses.
En términos simbólicos, este cuento funciona como el negativo de El Fin. Borges juzga al pasado con el presente; Cortázar demuestra que el presente es apenas un suspiro ilusorio dentro de un ciclo más vasto. Borges mira cómo muere un mito nacional; Cortázar nos recuerda que todos somos sacrificables, aunque vivamos rodeados de semáforos y quirófanos.
IV. Cuando el tiempo no perdona y los sueños no salvan
Ambos cuentos comparten algo esencial: La idea de que el tiempo es un ciclo de pago y sangre. En El Fin, el pasado vuelve a cerrar su herida. En La noche boca arriba, el pasado jamás se ha ido: solo espera, paciente, hasta que la vigilia se canse. Ambos protagonistas son víctimas de algo que los trasciende: Una fuerza que los empuja hacia un final que ya fue escrito.
Lo que Borges hace con la Historia, Cortázar lo hace con el Sueño. Borges sentencia al héroe; Cortázar despierta al hombre moderno en su propia condena. En ambos casos, la muerte no es un accidente: Es la estructura misma del relato.
Y es que tal vez la literatura no sirva para salvarnos, sino para mostrarnos el mecanismo. Para dejarnos ver —como un rayo que ilumina un instante— que todo relato verdadero tiene su cuchillo oculto.
V. Conclusión: El cuchillo que escribe la realidad
El Fin y La noche boca arriba no se contradicen. Se completan. El uno cierra una leyenda, el otro la repite bajo una nueva máscara. Y en ese juego de reflejos, Borges y Cortázar nos revelan una verdad más honda que cualquier argumento: El destino no siempre avanza en línea recta. A veces gira. A veces espera. A veces finge ser sueño.
El lector, como el protagonista, también está boca arriba. Inmóvil. Esperando que caiga el cuchillo que ya fue levantado. Porque leer —como vivir— es aceptar que algo más fuerte que nosotros nos está escribiendo.
Y quizás la literatura sea eso: El arte de mirar cómo el mito sangra por segunda vez.