Una poesía de Dardo Cuellar
¿Quién sacará a un cristo de un laberinto intrincado?
¿Qué hacemos con el alma?
Cuando todos los gorriones dejen de volar,
¿Habrá un cristo en la muchedumbre?
Las manos ya sin fuerzas,
ya es oscuro el sueño.
Sus pupilas se hicieron nosotros.
¿Por qué esa copa, en nuestras manos?
La vida se ha muerto
solo mirando la llanura.
Llama de frio, que congeló todo lo que vimos.
Ese dolor perpetuo.
¡Siempre está!
Pueblo donde se quebrantaron los cielos
y todos los soles.
Se derramaron y consumieron en arena seca.
Con la boca en el suelo,
respirando tierra de instante
que nunca pasará.
Los arenales quebrados por el viento.
Testigos que consumen poco a poco, todo dolor.
El pueblo y sus ventanas se convirtieron en casa de olvidados,
los que no pueden escapar del tiempo.
El reloj consume sus vidas,
como el quebranto que nos impuso Dios,
para nunca más
volver a ser
quienes éramos,
y entender que todos somos,
vos.
Fotografía: Federico Lederhos