Por María Virginia Figal
«Donde hay poder, hay resistencia.”
—Michel Foucault
Sonó el timbre.
Ese timbre ronco que aún no cambiamos y que me
sobresalta cada vez. Me asomé al «pistillo», como dice mi madre. No
era una amiga. Era una conocida. De esas que llegan sin preguntar si podés, si
querés, si tenés ganas.
Y no, no tenía ganas.
No abrí. No me disculpé. Me quedé en silencio.
Mi cuerpo me decía basta.
Pero algo más hondo me hablaba también: el
derecho a no complacer, a no sostener una escena que ya no quiero representar.
Ese gesto simple —no abrir la puerta—
representa, para mí, un movimiento profundo: me estoy corriendo del rol que me asignaron.
No el que elegí, sino el que me fue impuesto en la trama familiar, social,
cultural.
En términos de Psicología Social, podríamos
decir que estoy transformando un rol prescripto (madre eterna, anfitriona
afable, cuidadora incondicional) en un rol construido. Es decir, me estoy
apropiando del lugar que habito, mi propio cuerpo cansado, y en mi propia
subjetividad.
Pichón Rivière decía que la salud mental es la
capacidad de asumir los propios roles y de transformarlos creativamente en
función de una tarea. Y mi tarea, hoy, es cuidarme. No sobreadaptarme. No
anestesiar el deseo. No estar disponible porque “así debe ser”.
Lo que incomoda no es la negativa, sino que una mujer diga “no quiero, sin excusas sin disfrazarlo de compromiso. Solo decir que no quiero, que estoy cansada, que no tengo ganas de maquillar mi desorden interno para la visita ajena o quiero mis tiempos. Eso incomoda.
Incomoda salirse del libreto, que no reciba con mate y la tortita chacarera o matera, ni se preste a ser la madre siempre dispuesta o la abuela amable. Incomoda la acción y a veces las palabras dichas con amor y la sabiduría que nos dio la vida, entonces hoy decido no abrir, ni la puerta ni la boca. Hoy yo decido estar en pausa, En psicología Social lo llamamos “Correr el eje del rol”. No quiero atender si no me nace, no quiero disfrazarme de fortaleza. Y eso incomoda, más que un grito, porque es una revolución en voz baja. Solo soy una mujer que empieza a elegirse, aunque todos estén acostumbrados a que me postergue o me esfuerce. A que acepte palabras ingratas, gestos incomodos.
Ya no estoy para tranquilizar conciencias ajena. Estoy para habitar la mía aunque eso descoloque a más de uno. Aunque los otros se queden del otro lado de la puerta, no siento culpa, a veces yo he gritado mi angustia, las injusticias y no me escucharon, he escrito y he recibido respuestas, o me han contestado con desparpajo “no escucho audios largos”. Ya no soy la amiga siempre dispuesta, o la madre siempre presente, la que mendiga la visita. Hoy priorizo mi madre, mi compañero y yo.
Entonces
la incomodidad aparece con caras serias, cuando una se corre del personaje
funcional que mantenía el equilibrio del grupo familiar o social. Cuando una se
baja del escenario donde se esperaba que sonriera, sirviera, contuviera. Eso
desorganiza al grupo, sí. Pero también lo invita a reconfigurarse.
Desde la mirada de Foucault, podríamos decir que
esa resistencia individual —ese “no abro”— es una forma de subversión: no
responde al mandato de docilidad, no cumple la norma de la mujer buena, paciente,
sin deseos propios.
Porque el poder opera también desde lo micro: en
los gestos, en los vínculos, en las expectativas que otros depositan sobre
nuestros cuerpos y nuestros días.
Y cuando una mujer —más aún si es mayor, si es
madre de hijos adultos, si ha sido sostén, si es cuidadora de su propia madre —
se permite cambiar el guión, aunque sea en silencio, algo cruje en el mundo
alrededor.
Yo no estoy para educar a nadie.
Tampoco para cargar con culpas heredadas.
Estoy para ser fiel a mi deseo. Y si eso
incomoda, será señal de que ya no ocupo el lugar de siempre. Porque no estoy
rara. Estoy despierta.
Estoy habitando mi historia pasada difícil, y mi
umbral a una vejez digna.
Y esta vez, la puerta
la abro solo si quiero.
¡Hasta
pronto! Virginia