Entro al supermercado chino, el 23 de diciembre a la tardecita. El aire acondicionado no funciona bien, creo que derrite más los alimentos que mantenerlos en estado.
Los dueños no tienen gestos alegres y hablan entre ellos en su idioma, fuerte, casi gritando como para que se cuele su voz entre las góndolas. Hay música navideña sonando bajito, una versión instrumental de Noche de paz que se mezcla con el ruido de los carritos y el murmullo cansado de la gente.
En el carrito llevo lo básico, pan dulce chico, sidra económica.
Un pedazo de carne que no es el que solía comprar, pero alcanza para
decir “hay algo”. Me detengo frente a la góndola de turrones, esos que le
gustan a mi mamá. Miro precios. Hago cuentas mentales. Vuelvo a dejar uno.
Nadie mira a nadie. Cada cual pelea su propia matemática silenciosa.
En la fila de la caja, adelante mío, una mujer revisa su billetera como si
buscara una respuesta. Detrás, un hombre suspira con fastidio. La cajera,
argentina por supuesto, repite “felices fiestas” sin levantar la vista, como
una consigna aprendida de memoria. Me pregunto cuántas veces lo dijo hoy. Me
pregunto si alguien se lo dijo a ella. A mi me mira, me conoce del colegio,
sonríe tímidamente, nos hacemos un gesto cómico, porque la china reta al
marido.
Y entonces la pregunta en mi cabecita inquieta aparece, inevitable, casi como
una provocación:
¿quién festeja realmente la Navidad?
Porque la Navidad llega. Siempre llega. No importa si el sueldo no alcanzó, si
el vínculo está roto, si la mesa se achicó o si la tristeza ocupa más lugar que
las sillas. Llega igual. Puntual. Con luces, con promociones, con mensajes que
prometen paz mientras la realidad empuja en sentido contrario.
La ciudad se disfraza. Vidrieras brillantes, árboles iluminados, publicidades
que hablan de unión, amor y familia. Como si todas las familias fueran iguales.
Como si todas las mesas fueran largas. Como si el amor pudiera comprarse en
doce cuotas sin interés.
Desde la Psicología Social sabemos que las fiestas no son inocentes. Funcionan
como dispositivos simbólicos que ordenan, presionan, exigen. La Navidad no crea
los conflictos: los amplifica. Hace visibles las ausencias, las desigualdades,
las grietas que durante el año se disimulan con rutina.
Hay navidades que no salen en las fotos.
La de la mujer que cocina con lo justo y sonríe para que nadie note el
cansancio.
La del jubilado que elige entre el asado y los remedios.
La de los niños que aprenden temprano que Papá Noel también ajusta.
La de quienes brindan con agua, con mate, o con un nudo en la garganta.
La de quienes no tienen a quién llamar, pero igual ponen la mesa, por costumbre
o por resistencia.
También están las otras. Las navidades llenas, ostentosas , ruidosas, con
regalos envueltos y sobremesas largas. No para juzgarlas. Para entender que no
son la norma, aunque así nos las muestren.
El problema no es festejar. El problema es el mandato. Ese que dice que hay que
estar bien, que hay que reunirse, que hay que agradecer, que hay que sonreír.
Como si la tristeza fuera una falta de espíritu. Como si el dolor no tuviera
permiso en diciembre.
La Navidad, para muchos, no se festeja: se soporta. Se actúa. Se cumple. Se
sobrevive. Y eso también cansa.
Sin embargo, en medio de tanta escenografía forzada, aparecen pequeños gestos
que no cotizan en el mercado: una llamada sincera, un plato compartido sin
abundancia, una mesa improvisada, un abrazo que no pregunta nada. Ahí, tal vez,
sobreviva algo del sentido original. No en el consumo, sino en el encuentro
real, cuando existe.
Vuelvo del supermercado con la bolsa liviana y la cabeza llena de ideas. Pienso
que quizá el verdadero gesto navideño, este año, no sea brindar más alto ni
sonreír más fuerte. Tal vez sea animarse a decir la verdad. Admitir que no
todos festejan. Que no todos pueden. Que no todos quieren.
Y dejar de preguntarnos cómo celebrar la Navidad, para empezar a preguntarnos,
de una vez: ¿qué hacemos el resto del año con la vida de los otros?
Hasta pronto.
Por Maria Virginia Figal