Una poesía de Virginia Figal
Caminar es eso,
irse quedando atrás
con un poco de sol en los
talones.
Tus pasos, los míos,
y esas dos sombras
que se nos escapan como
si supieran algo que nosotros no.
Se adelantan, se cruzan,
se rozan las puntas de los dedos
sin necesidad de cuerpo.
Yo te miro sin mirarte
y vos no decís nada
porque todo lo dice
la sombra que se ríe de costado.
Hay un instante —chiquito—
en que dudo si soy yo
o mi sombra la que te ama así,
con torpeza de mediodía.
Y entonces girás,
como para protegerme del frío
de este invierno.
El sol se acomoda,
y las sombras se besan por nosotros.