Concurso de cuentos «Goles piquenses»

La Biblioteca Popular Municipal «José Manuel Estrada» de nuestra ciudad convocó el año pasado al Concurso de cuentos «Goles piquenses». En lo que fue la última actividad de 2014 se procedió días atrás a la entrega de premios y certificados, resultando ganador Fermín Matilla. Hubo menciones para Camila Solange Sosa, quien, con el seudónimo «CSS», presentó el texto «Confesión de un arquero»; Claudia Riva, «Cibeles», por «Serendipia del alma» y Ana Pía Vico «Crono-pia», por «La tarde con el nono». El Jurado estuvo integrado por Eduardo Senac, Agueda Franco y José Aguirre. A continuación les entregamos el texto ganador.

El rayo que entraba por la ventana le jodía la vida, pero era peor levantarse a cerrarla. Giró lentamente, intentando no perder la posición. El olor a cerveza hizo que recordara que no la había tapado, y respondió con una mueca rústica y despreocupada. Su casa parecía un horno en un día de verano como ese. Cuando no aguantó más, se sentó al borde de la cama y reposó la cabeza apoyando los brazos en las piernas. Los ojos lo mataban, y el ruido de los pájaros afuera era como si le martillaran la cabeza. Se quedó un rato así hasta que la sensación se fue.
Estiró una mano para abrir la puerta que daba al amplio patio delantero. Esta no era más que un pesado trozo de hierro oxidado con dos grandes espacios; y el jardín un gran baldío donde un viejo amargado y de buen corazón le había dejado poner su casita. O usar la que ya estaba, quien sabe. Apenas entraba en ella una pequeña cama y un perro, que constituían todo su mobiliario. Siempre tenía un amigo fiel que no le pedía lujos y que lo ayudaba en más de una pelea.
Todavía sin poder componerse del todo intentó levantarse, pero decidió conservar la dignidad y volver a sentarse solo antes de que la gravedad y la falta de equilibrio conspiraran en su contra. Picasa lo miró sin girar la cabeza y se estiró de manera exagerada, pero perezosa, como el dueño. Intentó despejar de obstáculos el corto camino hasta la puerta sacando una taza con su respectiva cuchara de plata, muy ornamentada y vieja. Tomó la cerveza en una mano, y sosteniendo el pantalón con la otra salió decidido, pero frenó dos metros después, cegado por el calor y ahogado por la luz del sol de mediodía. Derramó lo que quedaba de alcohol, prefería no darle revancha por hoy. Puso el envase cerca de la puerta y la dejó abierta para que circulara el aire. Esquivó lo que ahora no era más que una alfombra y se acostó boca arriba, cubriéndose los ojos con la camisa. Era una estampa pintoresca. Cuando sintió que las gotas desaparecían de la espalda y el pensamiento empezaba a desenredarse, se abrochó el cinto y la camisa, dejando el cuello lo suficientemente expuesto como para que fueran visibles las inclemencias del tiempo en él. Con un silbido que era más aire que melodía despertó a la hermosa cruza con husky. Salió tan rápido y armonioso como la resaca se lo permitía.
Llegando a la calle se dio cuenta que el camino iba a ser largo y tortuoso. Pero estaba resuelto a llegar hasta las canchas de Argentino para ver el partido que le prometieron sería espectacular. Así que, con compañera de viajes y ánimo renovado, emprendió la odisea de siete cuadras y media en plena siesta de verano. Hizo una pausa en el porche de una casa con sombra, se secó la frente y observó el panorama por unos segundos. Nada le llamó la atención aparte de un perro, que parado al borde de la calle, no podía decidir si cruzar o quedarse de ese lado, el calor le estaba jugando una mala pasada. Volvió a la marcha cuando se sintió listo. No había mucho con lo que entretenerse para acortar el viaje, pero sin embargo disfrutaba del silencio. El letargo se había apoderado también del dueño de un almacencito donde paró a reponer combustible. El hombre estaba echado contra el respaldo de una silla, los brazos cruzados sobre la panza y un gorro hacia abajo para tapar los ojos. En la tele había fútbol –¡cómo no!–, pero no se fijó en los equipos que jugaban sino en las patas delanteras del asiento que se encontraban en el aire. Se le escapó un pequeño soplo mezclado con risa y una mirada de asombro. Lo observó por un minuto, pero prefirió no arriesgarse a que despertara bruscamente y lo viera ahí parado, sería difícil de explicar. Tampoco lo quiso despertar, por lo que decidió aguantar el hambre, pero al llegar a la puerta su estómago gruñó con fuerza al adivinarle las intenciones. Picasa giró la cabeza, confundida, sin dejar de jadear. Se volvió, tomó unos «sánguches» y una botella de Coca –no había cerveza– y dejó un billete de 10 pesos del otro lado del mostrador.
Afuera del club, compartió con el animal algo de comida y se quedó a gusto con la panza llena. Estuvo un rato mirando los pocos autos que pasaban hasta que vio que empezaba a llegar gente al partido. Eran los mismos de cada domingo, saludó a los que conocía y buscó un lugar con sombra para atar al acalorado can. Una vez adentro, se acomodó cerca del arco local, que en el segundo tiempo pasaría a ser el del contrario, sin saber que no se quedaría tanto. Se disputaba un ascenso y ambos equipos iban a poner mucha garra. Lo que le prometieron iba a ser una batalla entre gladiadores y fieras salvajes, resultó una riña entre gatos flacos y esclavos con palos. Antes de que terminase el primer tiempo se fue porque no aguantaba más, prefería la tranquilidad a las puteadas dirigidas en vano a los jugadores. Tomo al chucho y se fue del club con el ceño fruncido, aún confundido sobre lo que había presenciado.
La ciudad seguía bajo el hechizo de la modorra. Pasó por la despensa y no pudo ver al dueño –se debe haber caído y está en el suelo – pensó y se le quiso escapar una sonrisa que enseguida extinguió con el pesar de la tarde vacía. Volvía a donde siempre, a sentarse, a ver la gente pasar, a emborracharse, a dormirse cerrando los ojos con fuerza para no perder lágrimas. El camino se le hizo corto en contrapartida con el viaje de ida, estaba desconectado de la realidad y caminaba con la mirada pesada orientada a la nada. Llegó a la vereda donde pasaba muchas tardes sentado con su animal. Ambos cayeron desplomados, el sol todavía estaba alto, aunque ya no se sentía ahogado. Estiró una mano para mimar a la perrita, pero al verla sofocada intentó no molestarla. Estuvo unos minutos así, sin noción del tiempo, hasta que escuchó una pelota rebotando por la casa de al lado. Giró hacia la husky con una mirada compinche y esta le respondió levantando las orejas y la vista sin mover su cabeza de entre las patas delanteras. Cuando oyó que se acercaba comenzó a mover la cola y al abrirse el portón salió corriendo a recibir al jugador. Un enano, con su pelotita de futbol verde flúor, salió a disputarse un aguerrido campeonato con la fiera. Atrás del contingente se asomó el entrenador, que sonriendo le dijo –Te lo dejo-. Ahora sí, el partido valía la pena.

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