Un cuento de Williams Tobares
Lo que veían mis ojos incitaba mi corazón; sonreí. Aunque estaba a solo diez metros, no se había percatado de mi presencia. Era una bella dama en su mundo, un cuarto propio que ahora mi ser no podría habitar.
Todas las tardes mientras baja el sol se sienta en el jardín y la observo desde aquí. Nuestro jardín se perdió en el tiempo, se fue a otra parte con sus laberintos. Sin embargo, todavía se saborean los monumentos, los bancos, los recuerdos. Éste ha sido, es y será siempre nuestro lugar, nuestro tesoro.
Yo la protejo, la admiro. Aunque no me vea, y no sepa que estoy aquí observándola como siempre, comprende muy bien todas aquellas cosas que se han ido.
Aquí todos los días son iguales: misma rutina, misma casa, mismo jardín; y ella mirando hacia ningún sitio, o regresando al punto en que todos nacemos para esperar la muerte.
Toda vez que la miro me embarga el infinito, la eternidad. Es como si lo descubriera todo más allá de los cuerpos, y de la mente. Me quedo hipnótico, mirando a través de sus ojos taciturnos.
Sus piernas están cruzadas como una señorita, son tan largas que no tienen fin; y las uñas de las manos y de los pies son rojizas, fatigadas por el suelo. Siempre le gustó caminar descalza. Ahora le gusta la sensación de la tierra entre los dedos; a mí también. Sus cabellos largos y grises todavía llueven sobre su espalda. El dorso de sus manos es un mar de pecas que acompaña al de la nariz. Son pecas que le otorgaron una belleza salvaje, virginal. Son las mismas de las que me enamoré, de las que aún me enamoro. Sus ojos se han vuelto azules, oscuros, profundos como su misterio, su secreto.
Hoy no se parece a la mujer que fue: cansada, con sus noventa años, y con el Alzheimer como su nuevo compañero. Todavía sus ojos reflejan vida, aferrándose a ella con todas sus fuerzas, descubriéndolo todo por primera vez.
Trato de vivir lo mejor que puedo. La soledad es una sombra que me persigue, se parece a esa mujer desde que su mente la abandonó.
Todas las tardes volverá a sentarse ahí. Observará las hojas caer como si fuera la primera vez.
Desde esta ventana, aprenderé a desaparecer entre sus olvidos.
Recordaré demasiado.
Será mi forma de morir.