El miedo alojado en el cuerpo: Leer el ojo en la garganta

Samanta Schweblin, la escritora argentina acaba de obtener el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, uno de los galardones literarios más importantes en lengua española, dotado con un millón de euros por el libro “El Buen mal”.

Debo confesar que el libro y su autora lograron devorarme lentamente, cuento tras cuento, con esa sensación incómoda que deja la buena literatura cuando logra alterar algo interno y no solamente entretener.
   Indudablemente, “El ojo en la garganta” fue el relato que más me perturbó y también el que más admiración literaria me produjo.
Hay escritores que narran acontecimientos. Samanta en cambio, narra climas emocionales. Construye fisuras. Instala una amenaza apenas perceptible y la deja crecer hasta que el lector empieza a sentir que el aire también se vuelve raro. Ese es, para mí, uno de sus mayores talentos: la capacidad de volver inquietante aquello que pertenece al territorio más cotidiano.

   Mientras leía el cuento que más me conmovió, recordé por momentos a Kafka y a Cortázar: esa manera de volver inquietante lo cotidiano y de hacer que el lector sienta que algo está por romperse, aunque no pueda explicar exactamente qué. 
   La anécdota del cuento parece simple. Un niño se traga una pila durante un viaje familiar. El accidente deja secuelas físicas graves y permanentes. Pero reducir el relato a eso sería perder lo esencial. Porque el verdadero núcleo del cuento no está en el accidente sino en lo que sucede después: la culpa, el silencio, la imposibilidad de reparar y la forma en que un hecho mínimo puede fracturar para siempre una estructura familiar.
   La autora, trabaja magistralmente la tensión narrativa. Nada sobra. Nada está explicado de más. Hay un manejo extraordinario del fuera de campo, de aquello que apenas se insinúa. Y justamente allí aparece una de las marcas más potentes de su escritura: el lector participa activamente llenando vacíos, imaginando peligros, completando sentidos. La autora no subraya emociones. Las deja respirando entre líneas.
   Pienso que la literatura contemporánea trabaja cada vez más, el cuerpo como territorio del trauma. En “El ojo en la garganta”, la herida física del niño deja de ser solamente médica para convertirse en símbolo. Esa garganta perforada habla de una comunicación dañada, de algo que quedó obturado dentro de la familia. El cuerpo termina expresando aquello que los personajes no pueden elaborar emocionalmente.
  Y ahí aparece otro aspecto fascinante del cuento: el manejo del lenguaje y del silencio. Schweblin escribe con una precisión casi quirúrgica. Sus frases son limpias, austeras, pero debajo de esa aparente sencillez hay una enorme densidad psicológica. No necesita discursos extensos para construir angustia. Le alcanza una pausa, una respiración incómoda, un diálogo incompleto o una llamada telefónica donde nadie termina de decir lo que realmente importa.
   La atmósfera también cumple un papel central. Como sucede en muchos de sus cuentos, los espacios parecen contaminados por una amenaza invisible. Todo resulta reconocible y extraño al mismo tiempo. Esa ambigüedad permanente entre realismo y extrañeza genera una sensación profundamente perturbadora. El lector nunca sabe exactamente cuándo cruzó el límite hacia algo inquietante. Y quizá esa sea la mayor virtud del relato.
   Además, hay en ella una capacidad notable para trabajar el miedo sin recurrir a los mecanismos tradicionales del terror. No hay monstruos. No hay escenas grandilocuentes. El horror nace de algo mucho más cercano: la fragilidad humana. La conciencia brutal de que una vida puede cambiar en segundos y de que existen errores imposibles de deshacer.
   En ese sentido, “El ojo en la garganta” también puede leerse como un cuento sobre la culpa parental. El padre queda atrapado en un instante mínimo que se transforma en condena íntima. Y el lector percibe que el verdadero castigo no es judicial ni externo, sino emocional. Vivir sabiendo que un descuido alteró para siempre el cuerpo y la vida de un hijo.
   Quizá lo más notable sea que la autora evita cualquier sentimentalismo. Nunca manipula emocionalmente al lector. La conmoción surge precisamente de esa contención narrativa. De lo no dicho. De la frialdad aparente con la que se narra algo devastador.
Terminé el cuento con la sensación de haber leído algo profundamente contemporáneo. Porque habla de familias rotas aun cuando permanecen juntas. De cuerpos que cargan lo que las palabras no pueden expresar. Y de esa vulnerabilidad silenciosa que atraviesa gran parte de la vida moderna. La depresión ocultada, las adicciones disfrazadas, las violencias estructurales, la niñez y vejez  abandonadas. 
   Tal vez por eso el cuento permanece tanto tiempo adentro. Porque todos tenemos algo atravesado en la garganta: una culpa, un miedo, una palabra que nunca salió del todo. Y Schweblin logra convertir esa experiencia íntima en literatura de altísimo nivel. 

Por Maria Virginia Figal

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