Por Gisela Colombo
Dido y Eneas
Hacia el final del Libro IV, Dido mira desde las murallas de Cartago cómo la flota troyana se aleja mar adentro. No grita ni corre a la playa: mira. Después sube a una pira que ella misma mandó construir y se deja caer sobre la espada que Eneas le regaló, maldiciendo su linaje: «que surja de mis huesos un vengador», pide, anticipando sin saberlo las guerras que Roma y Cartago librarán siglos más tarde.
Publio Virgilio Marón escribió la Eneida entre el 29 y el 19 a.C., por encargo del emperador Augusto. Roma salía de un siglo de guerras civiles y necesitaba un relato de origen que le diera sentido al desastre. Virgilio tomó el molde de Homero —hexámetros, dioses que intervienen, catálogos de héroes— para un fin distinto: no cantar una guerra ya cerrada, como la Ilíada, sino explicar de dónde venía Roma. Murió sin terminar de pulir el poema y, según la tradición, pidió que se quemara el manuscrito. Augusto se negó y lo publicó tal cual estaba.
Antes de la tragedia hubo un banquete. Dido, recién conocida con Eneas, le pide que cuente su historia: la caída de Troya, la huida, el naufragio. En los Libros II y III, Virgilio detiene el presente y deja que sea el propio Eneas quien narre su pasado en primera persona, tal como Ulises lo hace ante el rey Alcínoo en la Odisea. Es Eneas contándose a sí mismo frente a la mujer de la que se va a enamorar: el incendio de su ciudad, el fantasma de Héctor que le advierte en sueños, el peso de su padre Anquises sobre los hombros mientras cruza las calles en llamas. El lector conoce primero a Eneas como narrador de su propio duelo. Sobre ese duelo se levanta después el amor con Dido, y sobre ese amor, el sacrificio.
La pietas del héroe
Si la Ilíada gira en torno a la ira de Aquiles y la Odisea en torno a la astucia de Ulises, Virgilio elige para su héroe una tercera palabra: pietas. No es la piedad compasiva de hoy, sino algo más cercano a una brújula que señala siempre hacia otro lado del propio deseo: los dioses, el padre, el hijo, un pueblo que todavía no existe. La escultura que representa la huida de Troya lo muestra con literalidad: Eneas lleva a Anquises a cuestas y de la mano a su hijo Ascanio, mientras su esposa Creusa se pierde entre el humo. Padre sobre los hombros, hijo de la mano, esposa que queda atrás: no se avanza sin soltar algo.
Con Dido, suelta la posibilidad de una vida entera. Ella le ofrece un trono, una ciudad ya construida, un amor sin naufragios. Por un tiempo se queda: hay un invierno entero en el que Eneas parece haber encontrado su hogar. Pero Júpiter envía a Mercurio a recordarle que Italia lo espera y que Roma todavía no tiene dónde nacer. Eneas obedece. Virgilio no lo absuelve: cuando Dido le exige explicaciones, apenas dice que no navega a Italia por voluntad propia —»Italiam non sponte sequor»—, una frase que suena más a confesión que a defensa. Sabe que lo que hace es cruel. Lo hace de todos modos.
Ese «de todos modos» es la pietas en su forma más incómoda: no premia con tranquilidad de conciencia, exige dejar heridas abiertas en nombre de un destino que Eneas conoce apenas por revelación. Virgilio lo resume en uno de sus versos más citados: «sunt lacrimae rerum», «hay lágrimas en las cosas», dice Eneas ante un mural que narra la guerra que lo dejó sin patria. El mundo, sugiere Virgilio, llora incluso cuando cumple su propósito. La fundación de Roma no es la excepción.
Ni cólera ni astucia: sacrificio
Ahí está la diferencia con los héroes que preceden a Eneas. Aquiles pelea por su honor; Ulises rema diez años para volver a un hogar que ya tenía. Eneas no vuelve a ningún lado: funda un hogar que todavía no existe, para gente que todavía no nació —incluido Augusto, quien encargó este poema para narrar el origen de su linaje—. La renuncia a Dido no es un detalle sentimental: es el precio de fundación de Roma, la prueba de que el imperio nace de una obediencia dolorosa y no de la ambición. Cuando Eneas mira hacia atrás, mucho después, lo que encuentra no es orgullo sino esa certeza amarga que él mismo anticipa al consolar a sus compañeros en el naufragio: «quizás, algún día, hasta esto será agradable de recordar». Todavía no lo es. Pero el poema entero apuesta a que, alguna vez, incluso las lágrimas de Dido tendrán sentido dentro de una historia más grande que ninguno de los dos llegó a ver completa.