Entre el decreto inmutable del cosmos y la errancia vacilante del hombre, el poema teje una meditación lírica sobre la ilusión de la existencia. A través de imprecaciones al tiempo, la tentación inalcanzable y la figura equívoca de un sabio tras la barra de un bar, los versos interrogan las fronteras donde la música, el destino y el artificio convergen para cuestionar lo que llamamos realidad.
Por Dardo Cuellar
Dios ordenó a las estrellas
que ardieran en el cielo,
a los hombres
libre albedrío,
y a los músicos
que su arte doblegara resistencias.
Pasos titubeantes,
¿Tal vez, la vista?
¿O los huesos?
El camino,
sendero sinuoso.
Una fruta madura,
dulzor en los labios.
Envuelto por el sol de frente,
el viento de costado.
¡Yuyos del campo!
¡Soplo un hechizo!
Que vuelva el tiempo.
La abominación
de la palabra no permitida,
la fruta que no hay que tocar.
Lo malo sin recompensa.
Perdido en este camino.
Pisando huellas sin forma.
Hay una sonrisa en el fondo de un bar.
Juega a ser Dios,
a ser hombre,
y se viste con sombrero.
Payaso y sabio,
sopla y suelta un deseo.
¿Qué es la realidad:
el cielo,
la música,
el payaso
o el sombrero?
Fotografía: Federico Lederhos