Gisela Colombo llega puntual, con una carpeta bajo el brazo y dos cafés que pide antes de sentarse. Acaba de lanzar su propia agencia literaria, y aunque lleva años trabajando con autores desde otros lugares —editoriales, ferias, talleres de escritura—, esta es la primera vez que el proyecto lleva su nombre. Hablamos de por qué decidió dar el salto, de lo que significa representar a un escritor y, sobre el final, de los libros que la formaron.
—Empecemos por lo obvio: ¿por qué una agencia literaria, y por qué ahora?
Porque me cansé de ver buenos manuscritos dando vueltas sin que nadie los mirara con cuidado. Trabajé mucho tiempo del lado de las editoriales y ahí uno recibe cien propuestas por semana; es imposible leer todo con la atención que merece. La agencia nace de esa frustración, pero también de las ganas de acompañar a un autor desde el primer borrador hasta que el libro está en la mesa de una librería. No es solo conseguir un contrato, es sostener a alguien en un proceso que a veces dura años.
—¿Podés dar un ejemplo concreto de ese acompañamiento?
Sí, tengo uno bien claro. El año pasado trabajé con una autora que tenía una novela de casi seiscientas páginas, autobiográfica, muy potente pero desordenada. Nos llevó ocho meses de idas y vueltas: cortar, mover capítulos, sacar personajes que no aportaban. Ella en un momento me dijo «esto ya no es mi libro», y ahí tuve que frenar y explicarle que mi trabajo no era reescribir su historia sino ayudarla a encontrarla. Terminamos con doscientas páginas menos y un libro que hoy está en su segunda edición. Ese ida y vuelta, esa confianza, es la agencia en una sola anécdota.
—¿Y cómo se elige a quién representar? Supongo que no todos los que golpean la puerta entran.
No, ni cerca. Recibo manuscritos todas las semanas y firmo con muy pocos autores por año, a propósito. Busco una voz, algo que no se pueda reemplazar por otro texto parecido. Puedo recibir una novela impecable en la forma pero que no me diga nada nuevo, y prefiero mil veces algo imperfecto pero con una mirada propia. Es una decisión bastante instintiva al principio y después, ya con el contrato firmado, se vuelve un trabajo casi de artesanía: leer, marcar, discutir, volver a leer.
—Hay quienes piensan que un agente literario es solo alguien que negocia porcentajes. ¿Te molesta esa reducción?
Un poco, sí, aunque la entiendo. Negociar contratos es una parte real del trabajo, y hay que hacerlo bien porque de eso vive el autor. Pero si te quedás solo ahí, te perdiste lo mejor del oficio. Yo disfruto más la charla de las tres de la tarde con un autor que no sabe si el final de su libro funciona, que la reunión con una editorial para cerrar un anticipo. Las dos cosas importan, pero una te llena y la otra simplemente hay que hacerla bien.
—Cambiando de tema: ¿qué es la literatura para vos?
Es la prueba de que uno no está tan solo como cree. Suena grande dicho así, pero es lo que pienso cada vez que un manuscrito me cuenta algo que yo también sentí y nunca supe nombrar. No la entiendo como entretenimiento ni como mercado, aunque también sea eso; para mí es el único lugar donde alguien puede mostrarse sin pedir disculpas. Por eso, cuando pienso la agencia, pienso menos en libros vendidos y más en esa función: sostener el espacio para que alguien diga lo que de otro modo no diría.
—Para cerrar: ¿qué le dirías a alguien que tiene un manuscrito guardado en un cajón y no se anima a mostrarlo?
Que lo mande. En serio, siempre. El peor destino de un texto no es que lo rechacen, es que nadie lo lea nunca. Yo prefiero contestar cien correos con un «no es para nosotros por ahora» a que alguien se quede con la duda de si tenía algo bueno adentro. Esta agencia existe justamente para eso: para que ese cajón se abra.
Contacto: 1125191189
Instagram: gisela.colombo

