Eclipse total

En «Eclipse total», Héctor Massara delinea una notable alegoría sobre la seducción del mito y la porosidad de la memoria provinciana. Con una prosa austera y de precisa carga psicológica, el relato convierte el fenómeno astronómico en un hiato ontológico: la sombra que se cierne sobre el pueblo no solo sepulta la figura grotesca y fascinante de Tunduco-El Sabio, sino que suspende las fronteras entre la fabulación de taberna y la realidad. El acierto fundamental del texto reside en el arco de su voz narrativa. Lo que inicia como una contemplación irónica sobre la muerte de un impostor querido muta, tras la irrupción casi fantasmal de los cuatro hijos sin nombre, en una inevitable aceptación del destino. Massara explora con sutileza la herencia de la culpa y la tentación del extravío, sugiriendo que la fascinación por el relato ajeno es, en última instancia, el primer paso para terminar habitando sus mismas sombras.

Eclipse total

Por Héctor Massara

            La falsa noche en que murió el viejo Tunduco-El Sabio pareció adelantarse por un fenómeno físico inexplicable para los habitantes del pueblo. Tunduco le apodó la dueña del Bar por su parecido a un pequeño roedor de su Chile natal que, sospecho, no es otra cosa que un cuis; Le daremos la derecha: su cuerpo era pequeño y grueso, cargado de hombros que sostenían una cabeza con ojillos circulares y diminutas nariz y boca divididas por un bigote ratonil. El Sabio era su segundo apodo que casi todo el pueblo usaba, aunque éramos pocos los que creíamos justificarlo y menos los que sabíamos que esta luna engulliría el sol pero lo devolvería indemne unas horas después.

            Y ahora estaba allí, en una caja de madera de embalaje apenas más larga que ancha, sin la conocida forma de féretro que indica que no es una cosa lo que contiene. Una desazón amarga me invadió al acercarme, un par de botones presionaban los párpados abultados que al menos merecían unas monedas de peso. El risorio, ese músculo que tiene la vital importancia de diferenciarnos de las bestias había jugueteado en su final regalándole una sonrisa de lado. Miré furiosamente al cura que hizo un comentario inapropiado sobre la felicidad de yacer en brazos del Señor.

Extrañaríamos el círculo de no más de seis personas que nos acercábamos a la mesa del Bar en la que doña Marcia servía un café cargado y gratuito a su parroquiano estrella. Sin apuro ni adornados prólogos el viejo contaba fragmentos de su tumultuosa vida, mechando sin orden ni razón hermosas metáforas, frases sentenciosas y una insoportable tendencia a pontificar y descalificar toda opinión que lo contrariara. Todos esperábamos el momento en que buscaba la complicidad de la vieja preguntando: ¿Recuerda usted doña Marcia cuando falté un año completo en el pueblo? Sin esperar respuesta relataba la última vez que la luna había tapado el disco solar por completo y la oscuridad y el miedo lo habían hecho caminar sin rumbo y extraviarse por la meseta. Días, decía haber caminado  con sed,  hambre y  agotamiento hasta divisar unas luces trémulas que le llamaban. Esa había sido su primera parada. Allí había vivido unos meses, preñado a una joven bella y enamorada y huido de noche cobardemente. De nuevo caminó sin rumbo hasta hallar una segunda aldea en la que repitió su negligencia y de allí a otra y otra más siempre obligado a sus fatídicos errores. Después había vuelto al pueblo.

            No importaba que hubiésemos escuchado docenas de veces el relato. La locuacidad, los ojillos vivaces confirmando los dichos y el consentimiento tácito de la tabernera eran suficientes para verse atrapado por la historia. Hoy, años después, el eclipse había oscurecido nuevamente el día y atemorizado y confundido a la mayoría. Salí a la vereda que apenas mostraba el banco de madera y me senté temiendo sufrir el extravío del Sabio. ¿Cuánto tiempo había tardado en repetirse el fenómeno? Estuve tentado a someter a la tabernera a unas cuantas preguntas, pero ella estaba sentada en la cabecera del féretro y hubiese sido de mal gusto el interrogatorio. La había visto con los ojos enrojecidos retorciendo un pañuelo húmedo. ¿Acaso lo amaba? ¿O admiraba sus incomprobables aventuras? Tal vez fuera esto último, yo mismo me encontré sufriendo su pérdida, envidiando su perversa capacidad de abandonar hijos y mujeres por allí. El cuchicheo de la sala velatoria se filtraba con el haz pobre de las lámparas y Dios sabe si continuaba por la oscuridad o retrocedía temeroso.

 El eclipse se negaba a soltar la luz, pero no pudo evitar el rumoroso arribo de cuatro figuras que, ya alumbradas por las lámparas, resultaron ser dos jóvenes mujeres, morenas y esbeltas y dos varones también jóvenes, de hombros anchos y no muy altos.

            — ¿Es verdad?— preguntó uno adelantándose.

            — ¿Es verdad que murió nuestro padre? — agregó una muchacha.

            —Murió el Sabio, creo que se apellidaba Márquez— respondí.

— ¿Podemos verlo?— preguntó otra voz desde la oscuridad.

            Me corrí como toda respuesta y los cuatro avanzaron por la puerta. Me pareció que la luz había aumentado con sus presencias y puedo asegurar que los cuchicheos finalizaron. Los cuatro salieron nuevamente, acaso un par de minutos después. Uno me tomó del brazo y me sentí calmo y algo aturdido.

            —Deberá acompañarnos — dijo un varón.

            —Debería— corrigió una de las jóvenes sin detenerse.

            ¿Debería? Conocer hermosas mujeres, volver sabio al poblado y ganarme un apodo poco feliz de Marcia, morir tranquilo rodeado de desconocidos pero amantes hijos…

            —Creo que usted puede interceder por él — dijo un joven y el pedido tuvo tono de mandato.

            ¿Interceder? ¿Por qué? ¿Ante quién? El Sabio ya estaba muerto ¿Acaso pediría por su alma?

            La luz que la luna devolvía morosamente dibujaba un arco pálido y acaso infinito en la planicie, los cuatro jóvenes caminaban en fila como haciendo equilibrio sobre el mismo y ya habían avanzado unos cien metros. En mi mente ya se preparaban los argumentos que defenderían a Márquez –sería inapropiado llamarlo por sus apodos-  y supe sin lugar a dudas que mis esfuerzos pudieran ser inútiles y hasta peligrosos para mi humilde persona. Tuve la seguridad que los jóvenes no detendrían su marcha ni me hablarían nuevamente. Apuré el paso.    

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