El texto arranca en pleno estado de catástrofe («un infierno de barro») para adentrarse en la fragilidad de quien no se reconoce en lo permanente («Nada que sea eterno… es parte mía»). Hay una tensión permanente entre la parálisis —esa «pared húmeda de la quietud»— y la irrupción de la palabra. El poema da un giro feroz cuando aparece la invocación («¡Hasta que te nombré!»): nombrar al otro o a lo nombrado rompe el hechizo de la víctima pasiva para convertir al sujeto en un ente activo que reclama su visión del mundo y se pregunta qué existe tras el velo elemental de la naturaleza.
La revelación del nombre
Por Dardo Cuellar
¿A quién le importa la tormenta?
Si fue barro o infierno,
o un infierno de barro.
¿Por qué la imagen aún respira?,
como un perro huyendo,
sin saber a dónde.
A cada trueno enloquezco.
¡Esconde tu miedo!
Me grito.
Siento y pienso.
Nada que sea eterno,
Nada que sea siempre
es parte mía.
Los cráteres de mi voz
perforan mis cimientos.
Nunca vi una espada volando
en el aire,
solo la pared húmeda de la quietud.
¡Hasta que te nombré!
Y pude ver el mundo
y devorar la sumisa víctima
que quiere contemplar.
«¿Qué hay más allá?»,
de la lluvia y el sol.
Fotografía: Federico Lederhos