«Un demonio más» se erige como una elegía sombría sobre la dignidad de los heridos. Mors —el can sin sombra, forjado en la fragua de la crueldad humana y bautizado por el aliento de un paria— no es un perro rabioso, sino la encarnación misma de una lucidez trágica: una bestia que rechaza la piedad farsa de la sociedad para comulgar con los desahuciados. En la danza breve con el niño y su pelota color sangre, la prosa toca un claroscuro poético memorable: la comunión efímera de dos almas que celebran la vida en el umbral del abismo. Su marcha final hacia la tierra baldía transfigura la rendición del cuerpo en un reclamo soberano y mineral ante la muerte.
Un demonio más
Por Renzo Burgos
Un perro. Un pelaje que parecía el de una alfombra de las más usadas y pisadas. ¿Pisadas? Puede ser. A la vez, hay algo que no cuadra en este perro: no tiene collar ni dueño, nadie lo baña. Camina sin un lugar adónde ir. Su mirada parece la de un hombre que no consiguió lo que soñó o la de una mujer que no conoció el amor.
Este perro vaga de un lado a otro sin dejar que nadie se le acerque.
Tiene una rabia que no viaja entre los dientes, sino en el alma. Cuando le ofrecen comida, se niega y torea como si le faltaran el respeto. ¿Pero qué respeto espera? Al estar solo, no detiene a nadie por su fuerte carácter y busca en la basura antes de recibir ayuda.
Lo que genera en los demás. Se
resumen en expresiones como:
“Su sangre quema”, “ese color es de rabia”, “sus ojos maldicen”.
Pocos en el pueblo buscaban la manera de domesticarlo; varios de encerrarlo en un patio, encadenarlo, en lo posible en la puerta del infierno, como si fuera el guardián de todo el mal que lleva encima. Su madre murió luego de dar a luz, y por primera vez vio que la muerte tenía un hedor que contenía muy poco entendimiento. La muerte era algo triste, y comprendido rápidamente que se parecía a la vida.
Al cumplir un año conoció un hombre que disfrutaba del placer que procura la violencia, ya sea la psicológica con su familia y la física con los perros que simulaba rescatar bajo eslóganes que subía a sus redes sociales, tales como:
“Almas olvidadas hasta por dios”, “yo lo voy a salvar”.
El “Salvador” martirizó al perro con múltiples humillaciones, no le permitía ladrar, apagaba cigarrillos en su cuerpo; y a la mínima respuesta del animal, lo encerraba en un galpón sin agua y comida por unos días.
Una vez lo encerró entre chapas oxidadas por el tiempo, agujereadas por balazos, ya que así practicaba sus tiros. Se le ocurrió hacerlo mientras estaba el animal dentro, aquel perro veía como se iban reflejando la luz con cada disparo, aullaba, con tal dolor que le causaba gracia a este hábil tirador, y se podría decir que su plan era que fuera como una piedra; de otro modo no se puede explicar la fuerza que contiene ese animal. Al poco tiempo que parecía eterno, como el sufrimiento, lo abandonó.
Las luces y las sombras dan un contraste claro: se lo ve tomando agua en un cuenco que dejó un vagabundo plácidamente dormido, el único ser que respeta. Un día aquella persona cerró los ojos para siempre sobre el banco de la plaza. Sin que la gente se percate le seguían dejando dinero en una caja de cartón hasta que el perro empezó a aullar, señal de que la muerte ahí. Y tendió la mano sobre su cabeza y le dijo:
—Mors.
Ese momento fue un bautismo. Pero dio algo a cambio de aquella maldición: perdió su sombra y ganó un nombre. Desde ese extraño y claro inicio, todos en el pueblo se alejaban de su presencia por la sensación de algo que los absorbía.
Vagaba de un lado a otro sin mucho que hacer más que sobrevivir. Hasta que se cruzó con un joven, en la avenida. Se acercó a él con una sonrisa distinta. ¿Distinta? Si es que era un muerto en vida. Su mirar no era corto como su edad, atenuaba en su color Marrón, una sencillez, unas ganas de seguir jugando. Pintarse las ojeras de su color preferido, era escuálido, pero una sonrisa que parecía ignorar la muerte, porque tal vez ya la había visitado alguna vez, podía olerse, en el algo de lo que ya conocía el animal.
Mors, en lugar de apartarlo con sus severos ladridos, que era dirigidos a las personas que lo merecían, prefirió, saludarlo con su lengua negra como el alquitrán. Parecía que se había formado una amistad que iba en contra de la naturaleza. Todo se volvió un juego que olvidaba lo inexorable.
Mors corría cada vez que aquel niño aparecía con su pelota color sangre. Los adultos decían que esa pelota era una representación de la vida danzando con lo inevitable: la muerte.
Pero ninguno de los dos paró de jugar durante cuatro días.
Al cuarto día ocurrió algo que desconcertó a todo el pueblo.
El niño lanzó la pelota lejos de Mors, como si supiera el destino que le aguardaba. A la cuarta vez, cayó de rodillas. El perro olvidó el juego, que repetían todos los días y fue en busca de su verdadero compañero.
Al verlo tirado en el suelo, olió y sintió en aquel cuerpo, la nada. Tironeó con todas sus fuerzas la campera color esperanza, que lo hacía retrotraer, a cuando se conocieron, pero rápidamente ese color se volvió negación, como el cielo que llueve con sol, se le tiñeron los ojos de rabia.
Mors comprendió que no había lugar donde contener tanto sufrimiento. Un interior sin control, unas voces que no le regalaban, un paraíso, se dejó ir, en línea recta, pero sin a una dirección concreta, en su interior había un hedor de desesperanza, que la humanidad, alguna vez había sentido, en el llanto de un bebe, en el silencio, en la poca tierra, que existe para enterrar a una madre. Se dejó caer, como si le quebraran los huesos. Con el alma rota y un eco de ladridos viejos. Caminó en línea recta, cargando el dolor universal de los que están solos. En aquel vacío, se echó sobre el pasto seco. Apoyo el hocico en la tierra baldía. Con una quietud de piedra, se dispuso a exigirle a la muerte que cumpliera su promesa.