En Tempus Fugit, Héctor Massara personifica al tiempo no como una abstracción, sino como un antagonista físico, perverso y acechante. Con una prosa signada por la ironía sutil y un lirismo desgarrado, el autor traslada la contienda metafísica al territorio de la carne que declina: la huella de la infancia, la juventud inalcanzable y la pesadez del cuerpo. El relato alcanza su cima ontológica en la tregua del sueño, donde el yo se reconoce en una procesión de ancestros y herederos. Lejos de la claudicación, Massara compone un elogio de la dignidad existencial: una victoria íntima y callada que transforma la finitud en la última sonrisa frente al devorador.
Tempus Fugit
Por Héctor Massara
El tiempo, el mío, acaso el mismo que el de ustedes, ha tratado de pasar desapercibido. Se ha deslizado sigiloso, como pidiendo disculpas por las molestias causadas, pero ya no me engaña. Tempranamente lo descubrí en su verdadera y malvada forma, mirando por encima de mi hombro, escondido en lugares recónditos o mimetizado en obviedades. Sus apariciones siempre fueron fugaces y adoptando formas conocidas o extrañas, olores, densidades, tactos, colores y hasta gustos.
Creo, aunque no puedo afirmarlo con certeza, que lo advertí en mis cinco años, cuando Quintino, el padre de mi vecino Daniel lo golpeó con sus nudillos en la cabeza por estornudar sobre la torta de su sexto cumpleaños llenándola de mocos. “Solo tiene seis años” fue el intento de justificarlo de su madre y el tiempo, mi tiempo, me acarició la cabeza pretendiendo tranquilizarme. No me gusta que me toquen la cabeza desde ese día.
Muchas veces lo descubrí tratando de sorprenderme, engañoso siempre, encubriendo sus intenciones con alguna imagen agradable, un comentario, una caricia leve. Creo que el tiempo me odia, y yo a él. Creo que es un mal escapado de los infiernos, prefiero esta idea a pensar que es obra del Creador en un intento de apaciguar nuestra humana resistencia a abandonar este mundo.
El tiempo ha redoblado sus esfuerzos en burlarse de mí, lo que, lejos de molestarme, me ha hecho sentir orgulloso y digno. Ha pasado por mi puerta tomando la forma de una mujer corriendo en su escasa ropa deportiva, los muslos temblando bajo una fina capa de traspiración, su olor animal bastardeado por una fragancia importada. Mis pies se movieron sin la más mínima posibilidad de alcanzarla. El tiempo-mujer me ofreció una sonrisa que se alejaba ingrávida por el asfalto caliente recordándome que ya estaba un poco viejo.
Conocí a una mujer, bella y madura, que llamó mi atención. Sus labios se movían desgranando palabras que consideré sabias o apropiadas al menos. La vigilé, temeroso de que fuera otra de las trampas del tiempo o el tiempo mismo encarnado. La mujer parecía hallarse a gusto conmigo, la invité a cenar, la besé al despedirla y me sentí enamorado. No volví a verla. Con gran desencanto tuve que admitir mi derrota, quizás me había apurado, quizás la relación necesitaba más tiempo. Y hubiera fallado lo mismo. Lo que le sobra al tiempo es… tiempo.
Esa misma noche, y habiendo diluido mi pena con una botella de Merlot, me entregué a un sueño pesado y liberador. El tiempo no entra en los sueños, le está vedada esa invasión, creo, como mecanismo protector de nuestra cordura. ¿Solo somos cuerdos en nuestros sueños? Muchos dirán que no, confundidos por lo fantástico y alocado de algunos pero convengamos que la idea no es mala. Esta que relato puede ser probatoria de mis dichos: Estaba yo en mi lecho ¿de muerte? Muy tranquilo, gozando de la desaparición del tiempo. Si miraba a mi izquierda entraba a una interminable fila de personajes de mi pasado a los que solo por respeto no llamaré fantasmas. Allí estaba mi padre, con esos ojos celestes que me negó y las piernas chuecas que son las mías. Mi abuelo al que no viví, pero acaso reconocible por su gesto adusto en las fotos sepia, seguía más atrás un tipo algo grueso y cabellos rizados como tuve alguna vez. Y más atrás aún hombres o mujeres con mi risa, con algún imperceptible temblor de manos, con caderas doloridas, quejosos de sus orinas nocturnas. Todos eran ellos y, de alguna manera, yo. Ahora tocaba mi derecha. Mi hijo me miraba con alguna tristeza, mi hija con alguna lágrima. Les dije alguna ocurrencia, acaso graciosa, y ya estaban riendo, como esperaba que sucediera. Me golpeó cariñosa y duramente el hombro el uno, me acarició y regañó la otra. Seguían gentes que yo no conocía, nietos quizás, o sobrinos y más al avanzar. En todos creí reconocerme.
Los sueños suelen engañarnos y disfrazar nuestros disparates con el vestido de la epifanía, pero supe que no era este el caso aun antes de despertarme. La cadera me dolía bastante, lo que consideré un aviso del tiempo referido a mi cercana vejez. El muy maldito, no conforme me envió un recordatorio de mi mortalidad haciendo aletear mi ritmo cardíaco. Casi pude advertirlo rabiando furiosamente al ver mi sonrisa todavía atada a mi sueño. No le contaría nada, no repetiría eso en voz alta para que lo escuchara. Lo guardaría, haciendo uso de su tiempo, hasta que pudiese refregárselo por la cara en mis últimos respiros. Y lo habré vencido para siempre.